XPLICACIÓN DEL PROYECTO
La comedia romántica pocas veces ha sido tratada  desde un
punto de vista tan negro y divertidamente pesimista como en
Llamando a  un Ángel.
Los protagonistas de esta historia deciden embarcarse  en un
viaje emocional y físico al permitirse obedecer el instinto de su  
corazón.
Un torcido sentido del humor adereza estas tres  historias de
amores imposibles que suceden un mismo día en distintos
lugares de  una región: una ciudad caótica e impersonal, los
elitistas suburbios de una  clase alta sin identidad y el inquietante
paraje rural de un México perdido.
Tres hombres llamados Ángel Flores Fuentes. Tres  ópticas.
Tres estilos cinematográficos distintos. Tres directores con la  
consigna de retratar las inclementes jugadas de la soledad
desde su particular  punto de vista.


















LOS TRES  CAPÍTULOS DE LLAMANDO A UN ÁNGEL
Visión de Los  Directores

La ciudad  doliente se  ocupa de reflejar la sordidez de un una
urbe caótica donde Ángel Flores  Fuentes, un solitario maestro de
Lógica, recibe el mensaje de una mujer  enamorada y la
confunde con Ivette, una coqueta estudiante que le ha llevado a  
romper la ética desde hace meses.
El concepto visual de La ciudad doliente acude a la  imagen
monocromática, deslavada, fría y de grano reventado, ideal para
reflejar  la existencia autómata de esa monumental preparatoria
agonizante o las torres  de los condominios de segunda mano
que apilan inquilinos inconformes. Prisiones  absolutas de bajos
instintos que perecen ante el  domo de un cielo contaminado. El  
desequilibrio de los personajes es enfatizado con una puesta en
cámara carente  de cualquier equipo para amortiguar el
movimiento del emplazamiento, logrando  así, imágenes
inestables propias de la cámara al hombro.
A esta tendencia fotográfica se unen además el  perverso
concepto de Lolita que explora el Anime, la violencia del cine
Japonés  y el humor oscuro del cómic “Tales From the Crypt” de
William M. Gaines.


















Por su parte, El  eterno sufrimiento, explora un elitista
fraccionamiento alejado de la urbe,  elegante jaula de oro donde
Fátima, una arribista mujer que vive inconforme al  lado de su
millonario esposo, decide cumplirse el capricho de localizar  
nuevamente a quien fuera el hombre de su vida cuando en su
panfletaria juventud  ella militaba como anarquista de café: el
“revolucionario” Ángel Flores  Fuentes.
El estilo con que se narra esta ruleta rusa que  Fátima activa al
marcar los tres números telefónicos, acude a captar el
desencanto  de esos colosales espacios alejados de la miseria y
la vida real. Decorados  carentes de toda identidad fotografiados
con grandes angulares, donde la  blancura de los muros y los
muebles se extiende hasta el infinito en  imperceptibles
movimientos de cámara, iluminados por la potencia del día que  
penetra esos amplios ventanales, convirtiéndolos en un limbo de
alquitrán.
El universo níveo y minimal de El eterno sufrimiento  irá
degradándose a medida en que la protagonista regrese a los
lugares de su  pasado: calles de cortinas metálicas grafiteadas,
cantinas de bohemios  anacrónicos, solitarios vagones de tren y
esos multifamiliares donde el  enjambre de asalariados
subsisten como las peores obreras de un panal.  Saturación total
de imágenes solarizadas, de retratos que pretendieron ser  
perfectos y que estaban destinados a ocupar el sitio de las
fotografías  veladas.
La ironía encuentra su blanco perfecto de tiro en  este típico
melodrama digno de fotonovela y lo convierte en una dulce
parodia  de la vida misma, fomentada por los cantos
latinoamericanos de protesta y por  la ácida crítica social y cultural
de las historietas “Real Life” de Greg Dean.



Finalmente, en La gente condenada, el absurdo toma por asalto
al surrealista paisaje rural  de un desierto perdido, ruta marcada
por el joven Ángel Flores Fuentes,  fotógrafo de bodas y amante
novato, quien tras la llamada emprende un viaje  para localizar a
Eva, una castrante ex pareja con quien sostuvo la más  enfermiza
de sus relaciones y que ahora vive al lado de Joel, su marido, en
un  rancho olvidado.
La estética de La gente condenada aprovecha las  posibilidades
que ofrecen el contraste y el claroscuro; pues recurre a los  
candentes rayos del atardecer para azotar un bar de motociclistas
donde el  polvo del camino y las aspas en movimiento cercenan
los trazos del sol que  logra colarse a tan siniestra antesala,
confronta la implacable luz del fuego  con la frialdad de la noche
azul para pincelar las macabras cavernas del  laberinto que anida
en esa antigua hacienda infernal, y le concede autoridad  total a
las ridículas figuras de neón y al espesor de la niebla nocturna
para  exhibir la perdición del inframundo encallado en la abismal
presencia de un  motel de paso en construcción.
Espacios errantes, barrocos, donde la desilusión ha  encontrado
el mausoleo perfecto para encriptar las almas de quienes han
sido  condenados a romperse el corazón eternamente.
Esta radiografía mordaz de encantadores  irresponsables es
captada por una cámara que nunca les concede un momento de
paz,  acentuando con arriesgados ángulos y frenéticos
movimientos de grúa la esencia  de ese humor desequilibrado y
negro, sostenido en ocasiones por el inclemente  asedio del
steadycam. Un humor que se nutre de la comedia de enredos
inglesa,  el cinismo de Dashiell Hammet, la ironía del cine negro
y la crueldad de  algunos cuentos de amor de Enrique Serna,   
Baudelaire  y Jorge Luís Borges.