Mónica Franco

Sus hermosos ojos azules y sus finos rasgos europeos hicieron
pensar que la protagonista de Juliana, qué Mala Eres era
extranjera. Algunos incluso dijeron que era mexicana y otros que
estadounidense; pero no, Mónica Franco es colombiana, caleña,
para ser más exactos. Y aunque creció entre americanos en
Estados Unidos, no ha olvidado para nada las costumbres de su
raza. Advierte que vino a trabajar y aprender de sus compatriotas.
«No vine con ínfulas de estrella, porque no lo soy; no puse peros
cuando firmé mi contrato y tampoco los pongo ahora». Lo dice
porque sabe que muchos creían que llegaría a exigir y exigir por
el hecho de que venía del extranjero.  
















AVENTURERA

Vino al mundo un 25 de agosto y vivió hasta los 10 años en Cali,
porque luego su familia se trasladó a Nueva York. Pese a la
lejanía de Colombia, sus padres siempre se preocuparon porque
no perdiera su identidad y costumbres. No dejó de comer frijoles,
ni de bailar salsa, ni mucho menos de celebrar las Navidades
rodeada de pesebre, natilla y buñuelos. Desde muy pequeña,
Mónica quiso figurar. Recuerda que cantaba con el cepillo del
cabello como micrófono enfrente de sus dos hermanos, uno de
ellos la  conductora Diana Franco. Cuando era adolescente se
convirtió  en reina de belleza, en un certamen que organizaron los
empleados de la compañía en que laboraba su padre. Para ese
entonces, ella soñaba con convertirse en bailarina. Por eso, una
vez terminó la secundaria, estudió danza.  

Su vida cambiaría muy  lejos de casa, en Miami, durante unas
vacaciones. Estábamos en un centro comercial con mi hermana y
alguien nos dijo que si nos interesaba modelar; ambas dijimos
que sí y fuimos a un casting. Nos aceptaron y ese fue nuestro
primer trabajo: un comercial de una firma hotelera. Fue delicioso
porque además de que nos pagaron, fuimos gratis a las
Bahamas». De regreso a casa, ya Mónica estaba decidida a
convertirse en modelo y anhelaba ser portada de las mejores
revistas del mundo. Como si hubiera nacido con estrella, pronto
empezó a convertirse en realidad esa meta.

Lo que siguió fue una vida de trotamundos: viajes a diferentes
países. Fueron siete años al estilo de las top models del mundo.
El último viaje lo recuerda con especial cariño: «Tenía dos meses
de embarazo y me ofrecieron ir a Osaka, Japón; no dije que
estaba embarazada porque era una gran oportunidad y deseaba
aprovecharla».  

Cuando nació Vianka, quien hoy tiene 4 años, la vida de Mónica
comenzó a ser más sedentaria, aunque afortunadamente para
ella, la pequeña heredó ese espíritu aventurero de su madre y se
adapta fácilmente a cualquier lugar. De hecho, la niña solo lleva
unas semanas en Colombia, país al que nunca había venido, y ya
se siente como en casa con nuevas amigas.

Mónica vivió primero en Argentina con su esposo, y luego, tras
una separación amigable, se trasladó a México, pues tenía
intenciones de incursionar como conductora de televisión. Una
vez más la buena estrella la acompañó y estuvo en los
programas Cita con el amor y Hola América. Luego llegaría la
oferta que cambiaría por completo su vida: actuar en la novela de
TV Azteca, AI norte del corazón, que la lanzó a la fama. Ella admite
que esa experiencia le sirvió para darse cuenta de dos cosas:
que quería ser actriz y que no estaba preparada. Por eso, al
terminar la novela estudió arte dramático durante un año.
Después actuó en Señora y se convirtió en la revelación de la
televisión.


EL SUEÑO SE CRISTALIZA

El gran sueño de Mónica era regresar a su país y ser reconocida
por sus compatriotas. Por eso vino a Colombia con su
representante cuando supieron que Caracol estaba buscando la
estelar de Juliana, qué mala eres. «El personaje me encantó
desde el principio, no solo porque no es la típica protagonista que
llora todo el tiempo, sino porque, entre otras cosas, tengo mucho
en común con él. Ambas somos mujeres aventureras y
luchadoras, de buen corazón y muy alegres».  

Para esta caleña trabajar en Colombia es más que una
oportunidad laboral. Para ella significa reencontrarse consigo
misma, con sus raíces, y eso la emociona. Todavía recuerda a
Armando, un novio de su niñez que tuvo en Cali, a quien dejó de
ver a los 10 años, cuando partió. Claro que ahora no quiere saber
de amores. El último novio que tuvo fue un productor azteca
llamado Raúl Quintanilla.  

«Estoy disfrutando mi soledad, con todas las cosas buenas que
tiene. Hacía mucho tiempo que no estaba sola y era algo que
buscaba y necesitaba. Por eso por ahora no quiero amores».
Aunque también confiesa que, cuando sea el tiempo, le
encantaría que su próxima pareja fuera un colombiano; de hecho
lo es el padre de su hija. «¿Por qué no?, si me encantan los
colombianos. Tal vez aquí me enamore»  

De estelar a villana

LA ACTRIZ CALENA REGRESÓ AL PAÍS FELIZMENTE CASADA Y
CON EL RETO DE CONVERTIRSE EN LA MALA DE `EL PRECIO
DEL SILENCIO'  

A penas finalizó su trabajo como protagonista de la telenovela
juliana, iqué mala eres, Mónica Franco viajó a Miami, se casó con
su novio, el director Germán Porras, y se dedicó a su nueva vida
de casada.  Organizó junto a su esposo el apartamento, hicieron
campañas publicitarias y se dedicaron a vivir a plenitud una
relación que siempre ha coexistido con el trabajo de ella como
actriz y de él como director de televisión.  

EL REGRESO  

Sin embargo, la dicha de ser dos seres anónimos que recorrían
cogidos de la mano las calles de la Capital del Sol les duró poco.
Una llamada de Amparo de López, de la productora
TeleColombia de Bogotá, acabó con la tranquilidad de estar en
casa sin el estrés de las grabaciones y los libretos. Al otro lado
de la línea, Germán escuchó una propuesta directa de dirigir la
telenovela El precio del silencio y de que su esposa se convirtiera
en la antagonista de la trama.

Lo pensaron, lo meditaron al compás de los días y, vía e-mail,
discutieron el contrato. Luego de lo meses sabáticos, Mónica y su
esposo regresaron a lo suyo: al mundo mágico y real de las
telenovelas.  

El retorno la maravilló. Se reencontró con viejos conocidos, con el
ambiente de los sets y con su transformación en los personajes
ajenos, que tanto le gusta. "Hacer caracterizaciones que no tienen
nada que ver conmigo me fascina, me hace sentir una verdadera
actriz", dice la joven caleña que nació el 25 de agosto de cuyo año
no quiere acordarse.
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