Cinco cámaras
Esta sucesión de trepidantes imágenes se condensará en el
tiempo récord de un fugaz minuto. Arranca con los compañeros
del comisario vigilando una nave. Le mandan un SMS al jefe:
"Corre", reza el mensaje. El comisario Gerardo Castilla lo recibe
al amanecer y se pone en marcha. Ducha, café y carretera hasta
abandonar la ciudad. En mitad de la polvareda, una decena de
coches y un helicóptero se suman al comisario. Un caso y la
cabecera que da paso a la serie comienzan.
"¡Fuera inmediatamente!", grita un miembro del equipo de
producción a los curiosos. Dos helicópteros de la Policía
Nacional están a punto de aterrizar. Los pájaros huyen
aterrorizados. El cielo, libre de nubes, acompaña, pero el polvo
nubla la vista, y, el ruido, los oídos. Picazo tiene que gritar para
explicar los detalles: "¡Tenemos tres cámaras de vídeo de alta
definición, una de 16 milímetros y la del helicóptero!".
Los pilotos son verdaderos agentes de la Policía, un paso más
en la asociación de esta serie y las Fuerzas de Seguridad.
"Algunos coches nos los presta la Policía", continúa Picazo, que
reconoce que "la productora paga el combustible". Tantos años
de trabajo han desembocado en una amistosa simbiosis: "La
Policía supervisa los guiones y, gracias a 'El comisario', ha
ganado voluntarios".
Es hora de la formación en cremallera de los vehículos y el vuelo
rasante de los helicópteros. Por lo tanto, también del trabajo de
los dobles. "Se juegan la vida por dos duros y nosotros nos
llevamos la gloria", sentencia sin tapujos Andina. El comisario
cree que sus hombres no los necesitan: "A Fernando lo he visto
saltar cinco metros en una explosión y Marcial le rompió a Charlie
una costilla de un abrazo. Son dos toros".
Nueve años de 'El comisario' dan para mucho, incluso para
albergar sentimientos gremiales. Tombovskaya ya no suena a
marca de vodka y le prestan "más atención a ese tipo de noticias,
como lo del sheriff de Coslada". El uniforme parece haber
poseído a un orgulloso Valverde: "La Policía Nacional son los
nuestros. Somos los que nos la jugamos. Les llamo 'mis chicos'".
Sus compañeros los recompensan, pero a algunos más que a
otros. "Te ponen las multas, pero con una sonrisa. Luego te piden
un autógrafo y se hacen una foto", explica Andina. Enmudece al
escuchar a Álvarez, quien reconoce las simpatías que despierta
su personaje, Pope: "Yo me he librado de unas cuantas... Está
feo decirlo".
Otros no se han beneficiado tanto. José Luis está en la serie
desde el primer capítulo. "En el 99, empecé sin perilla. Era policía
de proximidad, con una moto. Luego, por la edad, me pasaron a
la comisaría", expone, orgulloso de sus galones. A pesar de esta
fidelidad, apenas ha pronunciado media docena de frases en la
serie. Es un extra. Como su compañera, la benjamina Sonia, que
también trabaja por las noches como auxiliar de enfermería. Es
su turno, así que abandonan el bar del aeródromo, donde les
acompañaban unas cervezas que desentonan con el brillo
inmaculado de las placas policiales, "las únicas de la televisión
que son metálicas", subraya José Luis.
La última secuencia, tras cuatro tomas, concluye con éxito: los
coches y los helicópteros han armonizado sus movimientos
hasta que el comisario Castilla baja del vehículo y alcanza a sus
compañeros. Todo el equipo aplaude, sin que los vítores rivalicen
con la atronadora presencia de los helicópteros. Esperan que su
regreso sea igual de ruidoso, un regreso con tintes
cinematográficos: en las pantallas, a partir del viernes.


