Un peón laico de Occidente convertido en su peor enemigo

Javier Otazu

Bagdad, 5 nov (EFE).- Sadam Husein, el hombre que hoy fue condenado a
la horca, pasó en pocos años de ser un peón laico de Occidente contra el
naciente peligro de la República Islámica de Irán, a convertirse en uno de
sus principales enemigos.

Sadam siempre se preció de haber nacido casi en el mismo lugar que
Saladino, el kurdo que, el 2 de octubre de 1187, arrebató Jerusalén a los
cruzados al frente de un ejército árabe y ha pasado a la historia como héroe
del Islam.

Pero Sadam ni siquiera puede preciarse de ser héroe del arabismo, como
antes lo fue el egipcio Gamal Abdel Naser, pues sus sueños panárabes,
que eran los del partido laico Baaz, pronto se toparon con las rivalidades o
los recelos de poderosos vecinos como Hafez el Asad o el rey Husein de
Jordania.

Así que Sadam tuvo que construir su república laica a escala iraquí,
logrando éxitos innegables en ámbitos como la enseñanza obligatoria, la
emancipación de la mujer y las infraestructuras, todo ello a costa de una
feroz represión de toda disidencia y el apartamiento de la religión de la vida
pública.

Además, el régimen se apoyó en las tradicionales elites suníes (veinte por
cien de la población) y marginó a la mayoría chií y a la población kurda del
norte, sin temblarle la mano para enviar al ejército a matanzas masivas
cuando estas poblaciones se atrevían a desafiar a su régimen.






















El carácter laico del régimen hizo que los países occidentales lo cortejaran
contra la naciente revolución islámica iraní, y fue con armas occidentales
-principalmente estadounidenses y francesas- con las que Sadam se
enfrentó a su vecino chií durante ocho años (1980-88).

Aquella guerra desangró al país, militarizó al régimen y terminó en tablas,
pero no por ello Sadam Husein dio muestras de abatimiento. Dos años
después del final de la guerra, lanzaba a su ejército contra el pequeño
emirato vecino de Kuwait para convertirlo en su "provincia número 19".

Aparte de haber violado la legalidad internacional, la invasión de Kuwait
hacía que Irak, al hacerse con los pozos petrolíferos del emirato, pasara a
convertirse en uno de los países más poderosos en el mercado del oro
negro.

Entonces comenzó el divorcio con Occidente: una coalición de varios
países occidentales, apoyada por la mayoría de los árabes, desalojó en
aquella Guerra del Golfo a las fuerzas iraquíes de Kuwait, pero no quiso
seguir hasta Bagdad y acabar con Sadam, por recomendación del
entonces jefe militar estadounidense, Colin Powell.

Sadam fue derrotado pero no derrocado.

Comenzó entonces el "giro islámico" de Sadam, que cada vez con más
frecuencia iba tiñendo de religiosidad sus intervenciones y acabando así
con el carácter laico que un día le había servido para ganarse a Occidente.

Este giro ya era tardío: los grupos islamistas internacionales le habían
condenado muchos años antes de que lo hicieran las potencias
occidentales y los países árabes. A fines de los años noventa, con la Unión
Soviética desintegrada, a Sadam ya no le quedaba ningún amigo.

Por eso, en 2003, cuando Sadam ya había sido designado como puntal del
"eje del mal" por George W.Bush, nadie, ni siquiera en el mundo árabe,
quiso o pudo oponerse al derrocamiento de un hombre que se había
pasado los últimos años buscándose enemigos.

Lo más paradójico fue que la caída de Sadam, el que un día fue el bastión
del laicismo árabe, atrajo a Irak a una serie de grupos terroristas islámicos
que han encontrado en las tierras del Tigris y el Eufrates, las del Paraíso
terrenal, un campo abonado para sus delirios religiosos. EFE

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