Una historia milenaria llena de luces y sombra

Por Jaime Ortega Ciudad del Vaticano, 14 abr (EFE).- El Papado, una
institución que se ha perpetuado desde la antigüedad hasta los tiempos
modernos, atesora una historia cargada de fe y de gloria, pero también
de intrigas por el poder, conspiraciones, leyendas y revoluciones.
Desde San Pedro -cuya presencia al frente de la Iglesia no está
documentada- hasta Juan Pablo II se han sucedido 264 papas, muchos
de los cuales hicieron grandes aportaciones a la religión (78 han sido
proclamados santos), el conocimiento, las artes y la política, mientras
que otros usaron la tiara pontificia en beneficio personal.
En sus veinte siglos de existencia, el Papado enfrentó cismas y
rebeliones, convocó concilios y cruzadas y se alió o se enfrentó a
emperadores y reyes, razón por la cual algunos pontífices murieron en
prisión, desterrados o martirizados, como Juan I, que gobernó de 523 a
526, Silverio (536-537) o Martín I (649-653).
El apogeo de la institución llegó en la Edad Antigua con León I Magno
(440-461), a quien los historiadores consideran el primer gran Papa,
porque imprimió a la Iglesia un carácter disciplinario y doctrinal.
León I Magno evitó en 452 el saqueo de Roma por parte de Atila el rey de
los Hunos, con quien se encontró en las afueras de la ciudad y le
convenció de retirar su poderoso ejército.
Otro Pontífice de la antigüedad que dejó huella fue Gregorio I Magno
(590-604), que convirtió a varios pueblos, reorganizó la liturgia de la
Iglesia y repartió entre los más pobres la fortuna de su familia.
De ese período data el primer cambio de nombre de un Papa, el romano
Mercurio, que por llamarse como un dios pagano adoptó el nombre de
Juan II (533-535), práctica que sólo se hizo común siglos después.
León III (795-816) dio un carácter político a la Cátedra de San Pedro al
coronar como emperador a Carlomagno, su protector, en la antigua
basílica de San Pedro, la noche de Navidad del año 800.





















En la Edad Media el Papado vivió sus períodos más tenebrosos por las
luchas por el poder, desatadas entre poderosas familias romanas.
El episodio más negro fue el llamado "sínodo del cadáver", una
conspiración de Esteban VI (896-897), quien mandó desenterrar el
cadáver de uno de sus antecesores, el papa Formoso (891-896), a
quien vistió con los ornamentos pontificios y lo sometió a un juicio por
desafiar a sus protectores, la siniestra familia Espoleto.
En la farsa, al cadáver de Formoso se le cortó la mano con la que había
hecho el juramento y luego sus restos fueron arrojados al río Tíber.
Indignados, los seguidores de Formoso depusieron meses después a
Esteban VI, quien fue encarcelado y murió estrangulado.
Otros Papas de ese oscuro período, como Juan VIII (872-882), León V
(903), Anastasio III (911-913) y Juan X (914-928) fueron asesinados en
tramas en las que estuvieron involucradas poderosas e influyentes
familias, como la del cónsul romano Teofilacto y su mujer Teodora.
Igual suerte corrió Benedicto VI (973-974), que fue depuesto,
encarcelado y asesinado en el Castillo de Sant'Angelo, al parecer por el
antipapa Bonifacio VII, a quien también se le atribuye la muerte de Juan
XIV (983-984), llamado Pedro de Canepanova.
En una época turbulenta en que los papas eran depuestos, asesinados
o forzados a renunciar, surgió Benedicto IX, de la influyente familia de los
condes de Túsculo, que fue Papa en tres períodos entre 1032 y 1055, y
de quien la leyenda dice que asumió el trono por primera vez a la edad
de 12 años.
El florecimiento del Papado como institución comenzó en la Baja Edad
Media, con Nicolás II (1058-1061), el primero en reservar la elección del
pontífice exclusivamente a los cardenales.
Su obra fue continuada por Gregorio VII (1073-1085), quien llevó
adelante una amplia reforma de la Iglesia, emitió el "Dictatus Papae",
según el cual el Papa es el obispo universal y excomulgó al rey germano
Enrique IV, pero murió en el destierro.
Si algunos papas fueron víctimas de la violencia y las intrigas políticas, a
otros simplemente les dio la espalda la suerte, como a Lucio II
(1144-1145), quien murió tras recibir una pedrada en la cabeza mientras
intentaba apaciguar unos disturbios en Roma.
Celestino V (1294), elegido por sus virtudes y contra su voluntad, no
soportó las presiones y renunció cinco meses después.
Inocencio III (1198-1216) fue otro gigante que continuó con la
reorganización de la Iglesia y durante su brillante pontificado se convocó
el IV Concilio de Letrán (1215), el primero verdaderamente universal.
En los albores del Renacimiento el Papado estuvo bajo el dominio de
dos poderosas familias, los Borgia, de origen español, y conocidos por
su falta de escrúpulos, y los Medici, oriundos de Florencia, que también
destacaron como mecenas de lasas artes y la cultura.
Calixto III (1455-1458) fue el primer papa Borgia, y años después fue
elegido su sobrino Rodrigo Borgia, que adoptó el nombre de Alejandro
VI (1492-1503).
Pese a sus habilidades políticas, Alejandro VI pasó a la historia por su
vida disipada, de la cual nacieron varios hijos, entre ellos César y
Lucrecia Borgia.
Antes de los Borgia gobernó Nicolás V (1447-1455), que inició la
construcción de la actual Basílica de San Pedro y fundó la Biblioteca
Vaticana, mientras que Sixto IV (1471-1484) mandó construir la
monumental Capilla Sixtina, decorada por Miguel Angel.
Julio II (1503-1513), mecenas y sobrino de Sixto IV, continuó la
construcción de la Basílica de San Pedro y encomendó a Rafael algunas
de las estancias del Vaticano.
Después de Julio II llegaron los Medici, familia que dio dos papas, el
primero de ellos León X (1513-1521), nombrado cardenal a los 13 años
y en cuyo pontificado se produjo el cisma de Lutero.
Clemente VII (1523-1544) fue el otro Medici que se ciño la tiara papal,
aunque después hubo otros dos pontífices con el mismo apellido pero
sin vínculo familiar: Pío IV (1559-1565) y León XI (1605).
Las historias oscuras y leyendas del Papado prácticamente terminan en
el Renacimiento, período a partir del cual los Papas pasaron a
dedicarse más a los asuntos apostólicos y políticos.
En tiempos recientes se especuló que la temprana muerte del Papa
Juan Pablo I (1978), cuyo pontificado sólo duró 33 días, había sido una
conspiración.
Otros Papas gobernaron incluso menos tiempo, como Sisinio (20 días
en 708), Valentín (un mes en 827), Bonifacio VI (15 días en 896),
Celestino IV (17 días en 1241), Pío III (15 días en 1503), León XI (26 días
en 1605), y Esteban II (752), que ni siquiera llegó a asumir, razón por la
cual su sucesor adoptó el mismo nombre. EFE joc/jc/aagm