Your Ad Here
El despojo
—¿Cómo se enteró que le habían robado las acciones?
—Siempre fui disciplinado. En las tardes salía temprano del periódico e iba
a las caballerizas, donde tenía caballos de polo. Iba a practicar. Entonces
mi actual esposa se iba conmigo. Mis hijos resentían profundamente que
ella llegara a las caballerizas con botas de montar y montara conmigo.
Pasa el tiempo, íbamos y veníamos a San Antonio. Un día, cuando
estábamos en Monterrey, me llaman de San Antonio para decirme que tenía
un contrato urgente que finiquitar. Nos dirigimos a San Antonio donde
teníamos una pequeña casa. Ese día el tiempo estaba muy malo. Al día
siguiente el mayor de mis hijos, Rodolfo, habló a la casa de San Antonio. Mi
mujer contestó. “Estábamos muy preocupados porque no creíamos que
iban a poder llegar por el mal tiempo”, le comentó mi hijo. Mi mujer le
contestó: “Ya conoces a tu padre: si dice que va a llegar, llega. Aquí
estamos, no hay problema, y llegamos muy bien”. Al día siguiente, en la
mañana, me habla el licenciado Abelardo Leal, nuestro subdirector, quien
me da la noticia: “Señor, le sacaron las acciones”. “¡Qué me dice,
Abelardo!”, le pregunté. “Le sacaron las acciones”, reiteró. Al poco tiempo
llama Enrique Gómez Junco, mi primo, quien me ratifica lo sucedido: “Me
encontré en el elevador a tu muchachito, tu hijo mayor, que venía
celebrando que ya te habían...” y dijo una majadería. “¿Qué estás
diciendo?”, lo cuestioné. “Sí, ya sacaron las acciones”, confirmó. Enrique
fue a casa de mi madre: “Oye, tía, ¿qué pasa, qué están haciendo?” “Tú no
te metas en lo que no te importa”, le contesta ella. “Claro que sí me meto,
cómo no”, le responde Enrique. “Pues pon a Rodolfo en el teléfono”. Para
esto Enrique me había dicho: “Oí que te habían llamado para estar seguros
que estabas en San Antonio”. Le dije: “Habló Rodolfo con mi mujer”. Y
Enrique me dice: “Aprovecharon que no estabas aquí para sacar las
acciones. Si hubieras estado aquí esto no sucede, en fin aquí está tu
madre”. “Regresa al periódico”, me dice ella. “Regresa las acciones al lugar
de donde indebidamente las sacaste y voy”, le contesto. “Eso no va a
suceder”, dice ella. “No voy”, respondo. Y colgamos.



















—A ver, don Rodolfo, explíqueme por qué. Si el periódico era suyo y usted
era el administrador, usted era quien podía resolver todo ese asunto.
Además, usted, en el video, refiere algunos ejemplos de cómo había tenido
que lidiar con sus hijos, quienes ya habían dado muestras de que querían
meterse a dirigir el periódico. ¿Por qué se queda en San Antonio? ¿Por qué
no regresa?
—¿A qué iba? ¿A puros problemas? Ya habían dado una muestra de lo que
estaban dispuestos a hacer. Iba yo a llegar ahí, ¿a qué? ¿A que me
pisotearan? Ellos estaban respaldados por la abuela, con las acciones en
la mano.
—Cuando usted habló con su madre, ¿qué fue lo que ella le dijo?
—Nomás dijo no. Las acciones no regresan.
—Ella apoyaba a los nietos…
—Absolutamente
—… para que no le dieran las acciones.
—Absolutamente.
—¿Y su padre?
—Estaba muy enfermo. Si hubiera estado sano no hubiera pasado lo que
pasó. Tuve una muy buena relación con mi padre. Más que mi padre era mi
amigo. Cuando llego a cierta edad empezó a tenerme absoluta confianza.
Yo manejaba los periódicos, pues él estaba ausente gran parte del tiempo
por su enfermedad. En esas condiciones lo que menos quería era darle un
disgusto.
—¿Cómo estaba constituido el capital accionario de los periódicos?
—La parte mayoritaria éramos nosotros.
—¿Quiénes: su madre y su padre?
—Mi madre no aparecía. Mi padre aparecía y aparecía yo. La Cervecería
Cuauhtémoc tenía 28%.
—Que usted después compra, porque lo paga con un cheque de
Distribuidora de Aviones, empresa suya. Ese paquete accionario de
Cervecería Cuauhtémoc pasó a ser suyo.
—Absolutamente.
—Las acciones se las endosaron…
—Acuérdese que en aquel entonces eran acciones al portador. No eran
nominativas, eran acciones al portador. Alfonso Garza, Dios lo tenga en paz,
un compañero mío de la escuela, muy amigo, me entrega las acciones al
portador y le doy un cheque.
—¿Qué tanto tenían otros socios?
—Nada.
—Era una sociedad…
—El block completo, ciento por ciento.
—¿El ciento por ciento lo tenía usted?
—En manos nuestras.
—O sea, cuando llegan sus hijos y sacan todas las acciones, ¿es como si
fueran ya de ellos?
—Así es.
—¿No era necesario endosarlas?
—Nada.
—¿Qué pasó con sus colaboradores cuando entran sus hijos a dirigirlos?
—Se queda Abelardo Leal nada más. Sale Enrique por problemas con
Alejandro. Desde que Alejandro entró al periódico tuvo fricciones con
Enrique. Entonces lo mandé llamar y le dije: “Mira, no te metas, deja a esa
gente en paz, están produciendo. Déjalos en paz”.
Pasa el tiempo y un día me llama mi primo para decirme: “Ya no aguanto.
Desde que regresó Alejandro a los periódicos ya no aguanto. Voy a ver a
qué arreglo llegamos y me voy”.
—Todo esto sucede de manera vertiginosa, entre diciembre de 1972, la
fecha de su matrimonio…
—Y febrero del 73.
—En marzo del 73 ya hay un acuerdo.
—Que violaron —el humor vuelve a ganarle a don Rodolfo, quien ríe
mirándome con ironía.
—¿En qué consistía el acuerdo?
—Según ellos, me respetaban todo lo que tenía en Estados Unidos.
—Pero si era suyo —comento con perplejidad.
—Bueno, como si ellos lo hubieran puesto —explica de nueva cuenta con
su risa irónica—. Perdóneme pero es que usted no conoció a mi madre.
Creía que todo era de ella. Todo lo que trabajé, todo lo que me esforcé, eso
no contaba. Cuando me saquearon la caja fuerte de la casa dijo que las
alhajas que eran de mi primera esposa eran de ella.
—¿Usted las había comprado?
—Por supuesto. “Mandamos a los muchachos a la Universidad de Texas”,
decía ella. No, los mandé yo, y pagué por su educación. Los mandé ahí
porque Mary Gardner, que fue profesora de Alejandro, ya por aquel entonces
venía a dar clases de periodismo a mis reporteros en Monterrey.