
Un año clave: 1972
—Hay fechas significativas en su vida. Una de ellas es 1972. Fue un año
con dramáticos claroscuros. Por un lado la muerte de su esposa y madre
de sus hijos, y por otro rencuentra a la mujer que había amado en su
juventud, cuando estudiante. Podría contarme, primero, ¿cómo fue este
terrible accidente? —don Rodolfo exhala largo el aire y vuelve a entrecruzar
fuerte sus manos—. ¿Cuándo sucedió?
—Fue en el verano, en Semana Santa…
—¿Abril de 1972?
—Sí, por abril. Habíamos llevado a los dos hijos menores, Lorenzo y María
Teresa, al Astroworld. Habíamos volado en nuestro avión a San Antonio,
donde tenía un automóvil. Como los muchachos querían conocer el camino
nos fuimos en el carro. Una noche, estando en los juegos, cuando íbamos
a abordar una plataforma, las luces se apagaron y la plataforma comenzó a
girar. Ahí fue donde murió mi mujer. Habíamos quedado atrapados en la
plataforma y como estaba oscuro no vimos las vigas que pasaban sobre
nosotros. Varias de ellas chocaron contra mi mujer. A mí una me golpeó en
la pierna. Lamentablemente los muchachos vieron lo que había sucedido.
Fue muy duro para mí y para ellos. La noche del accidente el padre de mi
mujer, de mi actual esposa, que fue colaborador mío en el periódico, el
ingeniero Ostrewich, llama al hotel donde estaba hospedado. Yo había
dado órdenes de que no dejaran pasar llamadas, pues había tenido la
visita muy amarga —por no llamarla de otra manera— de los abogados del
Astroworld, quienes querían que les firmara un documento donde los
exoneraba de toda culpabilidad.
—¿Esa visita fue la misma noche del accidente?
—La misma noche. Y como me negué a firmarles el documento no paraban
de llamar. En fin. Me avisan del conmutador que me hablaba el ingeniero
Ostrewich. Pido entonces que me pasen la llamada. Yo había sido novio de
mi actual mujer cuando fui estudiante en la Universidad de Texas.
—¿En qué año?
—Antes de la guerra —las risas de don Rodolfo son francas, casi infantiles.
—En la década de los cuarenta, supongo.
—A principios. En el año 41 y 42, por ahí. Nos habíamos conocido en
Monterrey porque ellos vivían ahí. El ingeniero, muy amable, me dijo esa
noche del accidente: “Usted sabe que estoy muy enfermo”, cosa que era
cierta, pues tenía cáncer, “pero para lo que se le ofrezca estoy listo. Lillian
(que es mi actual esposa) está libre. Si usted quiere que vaya a cuidar a
sus hijos le pido que vaya”. Conmovido, sólo pude decirle: “Ingeniero, le
agradezco mucho, no hay problema, tengo que regresar a Monterrey”. Sólo
contestó: “Prométame una cosa: cuando venga a San Antonio, venga a
visitarme, quisiera verlo”. “Con muchísimo gusto, señor”, le prometí.
Después, al poco tiempo, cuando regreso a San Antonio a recoger el avión
que se había quedado ahí, lo fui a ver. Y ahí estaba mi actual esposa. Al
poco tiempo reanudamos las relaciones.
—En ese mismo año.
—Sí, en 1972. Y nos casamos en diciembre de ese año.
Una madre muy especial
—Dice usted en el dvd que la oposición a su segundo matrimonio no
solamente fue por parte de sus hijos, sino también de su madre.
—Mi madre no toleraba —no sé por qué motivo— que eso sucediera. Un
hermano de ella, Juan, al morir su esposa al dar a luz al único hijo que
tuvieron, luego que pasa el tiempo se volvió a casar. Mi madre jamás lo
volvió a ver o hablar con él. La madre de ella, mi abuela Elisa, también se
casó en segundas nupcias con un español, y mi madre por mucho tiempo
no la volvió a ver…
—¿Ni siquiera le hablaba?
—Ni siquiera la buscaba. Un buen día me llama Raymundo, el hijo que tuvo
con el señor Santos Rodríguez, el único que tuvo con ese marido. Me llamó
para decirme que mi abuela estaba enferma y buscaba a su hija, a María
Teresa. Mis padres andaban en Cuba. La llamé y le dije: “Necesitas ir a
California a ver a tu madre”. Me dijo: “Lo voy a pensar”. Entonces repuse:
“No necesitas pensarlo: tu madre está enferma, tienes que ir, ya lo pasado
pasó”. Venturosamente me hizo caso y fue. Ahí se arreglaron las relaciones,
de manera un tanto frías, pero se reanudaron.
—Sólo hasta que estuvo enferma.
—Sólo hasta que estuvo enferma.
—A pesar de la oposición de su madre, y de saber lo que ella pensaba al
respecto, usted se casó, y en su casa.
—Me di cuenta que estaba en medio de uno de esos momentos en que
uno tiene que forzar la situación. Mis hijos, los cinco, se me enfrentan en las
oficinas del periódico. “Nosotros no reconocemos ese matrimonio”, me
dicen. “Un momento”, les contesté, “ustedes quiénes son para juzgar, quién
les dio tan largo pico”. Muy airados sólo decían: “No, es que no te puedes
casar mientras estés casado por la Iglesia católica”. “Ése no es problema”,
les repuse. “Tanto ella como yo estamos perfectamente libres y lo vamos a
hacer”. Hablé con un padre amigo mío y le comenté de lo que se trataba.
“Lo que usted quiera. Sé que no me va a pedir una cosa que no sea
correcta”, me respondió. “Usted diga cuándo y dónde”. Entonces, en un
momento de hombría, o como usted lo quiera llamar, le dije a mi madre:
“Prepara la casa que nos vamos a casar ahí”. Posiblemente se quedó
impávida…