Don Eulalio González Ramírez
(16 de diciembre de 1921 - 1 de septiembre de 2003)
¡¡¿Qué pasó, raza?!!
Eulalio González Piporro nació en Los Herrera, Nuevo
León el 16 de diciembre de 1923. Filmó un total de 69
películas, once de las cuales fueron escritas por él
mismo. Dirige en 1969 El Pocho, su única experiencia
detrás de las cámaras. En 1955 es nominado por
primera vez al premio Ariel en la categoría de Papel
de Cuadro Masculino por la cinta Píntame Angelitos
Blancos (Joselito Rodríguez, 1954) y al año siguiente
es nuevamente nominado, resultando ganador en la
categoría de Papel de Cuadro Masculino por Espaldas
Mojadas (Alejandro Galindo, 1953). En 1971 le es
concedida la Diosa de Plata como Mejor Actor Cómico.
Fallece víctima de un paro cardíaco el 1º de
septiembre del 2003 en su residencia de Los Garza
García, Nuevo León.
Por Mi Raza Hablará el Piporro... ¡Ajúa!       
Miguel Zacarías, prolífico director de cine mexicano
famoso por su buen ojo para descubrir y dar


















oportunidades a jóvenes actores desconocidos -entre
ellos Pedro Armendáriz, María Félix, Pedro Infante,
Jorge Negrete y Mario Moreno Cantinflas- una vez
más dio en el blanco al dar su primer oportunidad
co-estelar a un joven actor y locutor regiomontano
llamado Eulalio González Ramírez en la adaptación
cinematográfica de la exitosa serie radiofónica Ahí
Viene Martín Corona y su secuela, El Enamorado,
ambas de 1951, representando el papel por el que
tomó el apodo que le volvería famoso y querido en el
espectáculo mexicano: Piporro.

El éxito de Piporro como comparsa de aventuras de
Pedro Infante en el díptico señalado, llevó pronto a
que productores y directores se fijaran en la gallarda
figura norteña, de acento bronco y a la vez picaresco
que sabe y gusta de conquistar a las mujeres por
medio de canciones y piropos, pero sobre todo, la
figura del hombre del pueblo trabajador, humilde y
solidario; aquél que sabe ser amigo de quienes en
desgracia necesiten de él.

Más que un simple personaje cómico escudado en un
seudónimo que muere repitiéndose ad nauseam en
cada cinta -ejemplos sobran, pero baste citar al
Cantinflas tan sobradamente machacón y monótono-
Eulalio González Piporro desarrolló todo un
estereotipo, el del norteño vivaz. Su virtud fue
adaptar ese mismo personaje a distintas
circunstancias sociales y tiempos históricos en cintas
igualmente ambientadas en periodos revolucionarios
o contemporáneos, y hasta de géneros -la
maravillosa La Nave de los Monstruos, sci-fi mexicana
dirigida por Rogelio A. González en 1959-,
características de ubicuidad del personaje que
solamente se podrían rastrear en ese monstruo de la
comedia que fue Germán Valdés Tin-Tán, creador
también de un estereotipo ahora universal, el del
Pachuco.

La historia de Eulalio, como la de varios, nunca fue
fácil, mucho menos en sus inicios. Originario de Los
Herrera, Nuevo León, abandona el bachillerato en
medicina por dedicarse a algo más lucrativo: la
contaduría, carrera que terminó, pero jamás ejerció,
prefiriendo dedicarse a la aventura del periodismo
para El Porvenir y tiempo después ingresar a la
radiodifusora XEMR de Monterrey en calidad de
locutor, actividad que le llevó a ser maestro de
ceremonias de diversos eventos, desde cenas de
postín hasta las funciones nocturnas de lucha libre.

Un fugaz paso por la WEQ hizo que uno de los
programas donde participó se retransmitiera en XEW,
lo que le llevó a abandonar el norte de la República
para probar suerte en la capital, donde logra formar
parte de la serie Ahí Viene Martín Corona,
interpretando al Piporro, mentor del aventurero. Su
primera incursión como actor de cine es en la cinta La
Muerte Enamorada, al lado de la bellísima Miroslava y
dirigido por Ernesto Cortázar en 1950, sin embargo
ésta y un par más de sus primeras actuaciones
pasaron casi desapercibidos.


Su golpe de suerte viene en 1951, cuando la gracia
de sus diálogos y la chispa que supo imprimir al
personaje radiofónico del Piporro, hizo que fuera el
actor idóneo para llevarlo a la pantalla al lado de
Pedro Infante, aun cuando éste era cinco años mayor
que Eulalio, situación por la que hubo de
caracterizarlo con canas, bigotes falsos y una que
otra arruga maquillada para que pareciera un digno
maestro del ídolo de México.

Pero Eulalio no quería ser reconocido únicamente
como un actor cómico. Para él, ser y representar a un
norteño no era cosa de chiste, sino un estilo de vida,
por eso, ese mismo hombre del norte desempeñó un
vibrante papel dramático en esa joya olvidada -y en
su momento prohibida- que es Espaldas Mojadas
(1953), película del maestro Alejandro Galindo, donde
su magistral actuación le valió ser reconocido como un
actor de carácter por la Academia Mexicana de Artes y
Ciencias Cinematográficas, que le entregó un premio
Ariel.

Piporro se convirtió en un verdadero ídolo, actor
taquillero como pocos en su momento, pero su chispa
creativa no conocía límites. Autor de varias canciones
norteñas y creador del "taconazo", en 1962 escribe
su primer argumento, El Rey del Tomate, historia que
dirigida por Miguel M. Delgado se consolidó ese año
como una de las más exitosas. Doce años después de
su debut cinematográfico, aun había Piporro para rato.

La sorpresa resultó mayúscula cuando en 1965
Piporro escribe La Valentina, suerte de Fierecilla
Domada shakesperiana en contexto revolucionario,
para la cual se contó con la actuación de la mismísima
María Félix. Dirigida con excelente pulso por Rogelio A.
González, esta cinta presenta lo que tal vez sea uno
de los mejores duelos de actuación sostenido por la
doña, amén de que juntos pasaron a la historia como
la perfecta pareja antirrománticamente romántica del
cine mexicano, y una de las mejores interpretadas, ya
que ambos actores se ven perfectamente a gusto
desarrollando su papel, principalmente ella, quien
olvidando toda pose de divinidad se deja domar por
el norteño, a quien se encarga de hacerle la vida
imposible, para finalmente, caer enamoradísima de él.

El Piporro creador, no se conformó con eso. En 1969
produce, estelariza, escribe el argumento, el guión y
las canciones de El Pocho, película con la que también
debuta como director, es decir, tuvo los arrestos
suficientes para convertirse en autor total. Su única
experiencia detrás de las cámaras es una muy
particular visión del sincretismo cultural y social del
mundo al que se deben de enfrentar los coterráneos
que hacen vida más allá de la frontera del norte.
Discurso de buena fe, que por cierto no dejó de darle
algunos dolores de cabeza por ciertas declaraciones
de las comunidades chicanas que consideraron un
tanto ofensivas sus propuestas como realizador, ya
que para ellos el termino "pocho" resultaba
extremadamente ofensivo.

Después de esta experiencia vino el paulatino retiro.
Sólo diez películas filmadas durante los siguientes
veinte años; la obra de teatro Ajúa 400, con la que
celebró en 1996 el IV Centenario de la fundación de
la ciudad de Monterrey y un fugaz paso por las
telenovelas del canal de las estrellas a mediados de
los noventa fueron su legado actoral. Pero poco
importaba, el nombre de Eulalio González Piporro ya
estaba situado entre los inmortales del cine nacional.


Sus presentaciones públicas se convirtieron cada una
en homenajes a la figura del hombre alegre,
trabajador y consciente de que la fama no lo es todo
y para muestra de ello en diciembre de 1999
presentó su Autobiogr... ajúa! y Anecdo... taconario,
libro en el que deja constancia de su deambular por
el mundo cinematográfico de México.

Piporro dio su último taconazo el 1º de septiembre
del 2003 y lo hizo de la forma que cualquier persona
del espectáculo sueña: durmiendo tranquilamente en
su casa de Los Garza García, Nuevo León, a escasas
horas de haber disfrutado del cariño y los aplausos
del público en una presentación en Bellas Artes -con
su amigo del alma Oscar Chávez- de quien se
despidió para siempre con su vibrante grito de
batalla: ¡Ajúa, Raza!
Eulalio González " Piporro"