Maricarmen Arrigorriaga es Teresa

Esposa de Manuel. Es el equilibrio exacto de su marido. Suele
obedecerle, aunque también sabe manejarlo. También es
más flexible con su hijo, aunque desde su primer accidente
su principal temor es que vaya a ocurrirle algo. Es la ama de
casa y esposa dedicada, que si bien no se reconoce cien por
ciento feliz no hace mucho para cambiar su situación.

Maricarmen Arrigorriaga
Nunca terminó sus estudios y sus padres quisieron alejarla



















de un novio y del teatro llevándola a Europa. Pero es una
convencida de que su debut en las tablas y la TV fueron
azarosos, ya que fue convocada dos veces por reemplazos de
última hora.

Nací en Santiago, en 1957. Soy hija de padres españoles y
tengo muy presente que siendo niña sufrí del duro
conservadurismo de los vascos en mi formación. A pesar de
ello, fue mi padre quien me incentivó a ser artista, ya que
siempre me llevaba al teatro, al circo y a la ópera.

Nuestra familia es grande: somos seis mujeres -yo soy la
más chica- y tres hombres. Desde pequeña siempre fui
agrandada: recuerdo que durante los veranos nos íbamos a
un campo que mi padre tenía en Colchagua y me arrancaba a
caballo con una prima para fumar cigarros, aunque apenas
tenía ocho años. Nunca nos pillaron, porque nos echábamos
encima un frasco de colonia y nos comíamos un paquete
entero de mentitas.

Por diversas circunstancias cursé mis estudios en tres
colegios. Primero entramos con mi hermana mayor al
Universitario Inglés. Nunca tuve buen comportamiento ni me
destaqué por mis notas, por el contrario, era bastante
desordenada. Pero mi hermana era peor, así que cuando a
ella la echaron nos tuvimos que ir al Divina Pastora. Pero mi
cambio radical vino en séptimo básico, cuando me cambiaron
a un colegio mixto de barrio. Todo lo que tenía que aprender
de los hombres lo aprendí ahí. A pesar de que nunca pololeé
recuerdo que pinchaba como loca. Y, en esos tiempos,
mientras más corta uno usaba las faldas era mejor. Nunca fui
una persona líder, al contrario, me gustaba pasar piola.

Una de las etapas por las que pasé fue ser una hippienta
total. Eso duró de los 15 a los 22 años. Me gustaba usar
polleras bordadas por mí y tenía el pelo hasta más abajo de la
cintura. Mi madre me decía todo el tiempo: "Usted no sale con
nosotros hasta que se cambie de ropa". A los 17 años me
enamoré por primera vez. Se llamaba Juan Cristóbal y
entramos juntos a estudiar teatro a la Universidad de Chile.
Mis padres pusieron el grito en el cielo cuando supieron que
mi pololo era del ambiente teatral, porque ya les había
costado aceptar que estudiara esta carrera para, que, además
tuviera un pololo de ahí. Me acuerdo que me decían: '¿Usted
quiere ser prostituta y juntarse con homosexuales?'. Eso
pensaban de mi relación de pareja, pero no me hacía
problemas. Eso hasta que mi padre, en un intento
desesperado por separarme de mi pareja, me llevó a Europa.
Tenía 19 años y tuve que congelar mi carrera. Volví ocho
meses más tarde y él partió a estudiar a Estados Unidos, por
lo que nuestra historia no siguió. En ese tiempo también
intenté titularme varias veces, pero al final me rendí. Una de
las cosas que me hicieron tomar esa opción era que sentía
que este trabajo es una cuestión de oficio, así que nunca más
me aproblemé.

Mi carrera estuvo siempre marcada por el destino, el que creo
me dio la oportunidad de mostrarme en mi primera función de
teatro. Fue azaroso porque sólo entré a reemplazar a Coca
Guazzini, que quedó embarazada cuando prticipaba en la obra
Pierrot, Colombina y las Nubes. En esa época hice mucho
teatro con Andrés Pérez. Paralelamente, el mundo de las
teleseries estaba recién partiendo y nuevamente un
reemplazo me hizo debutar en TV: en 1981 Schlomyth
Baytelman protagonizaba la teleserie Casagrande, y me
llamaron para que reemplazara a la antagonista, pues a pesar
de que era una buena actriz, le ponían una cámara por delante
y se tupía entera. Fue una emergencia, pero me sirvió para
entrar. Después me fui por un tubo: estuve ocho años en
Canal 13, donde conocí a Cristián Mason, mi primer marido y
director de teleseries, pero con quien nunca trabajé. Nos
casamos en 1985 con bombos y platillos.

1990 fue un año para olvidar: no seguí trabajando en UC-TV,
pues Oscar Rodríguez, director en esa época, me informó que
no había papeles para mí. Entonces me fui a TVN y ese
mismo año me separé de Cristián, pues pienso que ya se
nos había terminado el amor. Fue un tiempo difícil, veía todo
negro, pero conocí a Verónica Saquel quien me ofreció un
personaje en El Milagro de Vivir, y salí adelante
permaneciendo en la señal estatal por más de una década,
hasta que volví a Canal 13, en 2003, para Machos.

A pesar de que creo que mi vida fue completa, siempre me
faltó algo: ser madre. Siempre quise tener hijos, desde joven,
pero tenía problemas y nunca pude cumplir ese sueño. Hice
todo lo posible: miles de tratamientos e incluso dos
fertilizaciones in vitro, hasta que al cumplir 40 decidí adoptar a
mi primer hijo. Cumplí mi anhelo y es lo mejor que me ha
pasado en la vida. Es un amor incomparable. Así que cuatro
años más tarde decidí ir por el otro.
Bienvenida Realidad