Lujos de antaño y hogaño

¿Qué es el lujo? Si buscamos en el Diccionario, nos dirá, en la
tercera acepción de la palabra, que es "todo aquello que supera
los medios normales de alguien para conseguirlo", es decir, algo
que, por principio, es caro. Ocurre, sin embargo, que el concepto
de lujo es cambiante, al menos en el tema que nos ocupa, que es
el de la gastronomía.

Si ustedes se toman la molestia de consultar viejos textos de
cocina, o tienen a su alcance menús de comidas reales o
presidenciales de hace algún tiempo, verán que el lujo, en las
cosas de comer y beber, es algo cambiante.

Hay cosas que, hace años, eran muy caras y estaban fuera del
alcance del ciudadano de a pie... y que hoy son de lo más
asequibles. En cambio, hay productos a los que nuestros abuelos
no daban la menor importancia y que hoy se han convertido en
auténticos iconos del lujo.


















Hace cien años, unas ostras regadas con champán eran casi el
no va más del lujo en la mesa. Hoy, las ostras se compran a
precios muy razonables, y el champán, dejando aparte marcas y
añadas muy particulares, tampoco es ya una bebida inalcanzable.
Tomarse una docenita de ostras con una botella -para dos- de un
champán decente no arruina ya ningún presupuesto.

Otro icono del lujo en otro tiempo era la langosta. Hoy, una
langosta no es que la regalen, pero tampoco es como para
echarse a temblar. Hubo un tiempo en que el salmón fue el colmo
del deseo en el mundo del pescado... y hoy el salmón de
acuicultura está al alcance de casi todos los bolsillos.

Hay cosas, sí, que no cambian. El caviar, por ejemplo. Sigue
siendo una cosa muy cara, y encima hay problemas para
conseguir caviar del Caspio, por aquello de que el esturión corre
grave peligro de extinguirse.

Hay caviares de piscifactoría, que no están mal, pero que tampoco
se vayan a creer ustedes que son mucho más baratos que el otro.
El caviar sigue siendo un lujo, qué le vamos a hacer.


















Pero hoy los lujos, o lo carísimo, circula por otras coordenadas.
Pocas cosas habrá en este mundo más caras que la trufa blanca
de Alba; este año se ha cotizado entre los 6.000 y los 9.000 euros
el kilo, en origen. Una barbaridad, se mire como se mire.

Jamás llegó a tanto la trufa cantada por los gastrónomos
franceses, que era la trufa negra, con tener también su precio.
Pero el récord, hoy, lo tiene el tartufo piamontés, que al final a lo
que huele de verdad es a hidrocarburos saturados: es el mejor
butano del mundo, pero no deja de ser butano.

Otro lujazo: la carne del buey de Kobe, de la raza wagyu. Es ese
buey japonés que ya salía, en los años 70, en aquella película
que se llamó "Mondo Cane", ese buey que escucha, sin que nadie
le haya preguntado si le gusta, música de Bach, que bebe cerveza
-japonesa, otro handicap- y que es masajeado a diario... y del que
sólo pueden opinar con conocimiento de causa los japoneses,
porque su exportación está prohibida.

Sucede que en Nueva Zelanda, en Chile, en Argentina y hasta en
España se comercializa un buey "de Kobe" que es el resultado de
cruzar el wagyu con razas europeas. La gente lo paga como si
fuera una joya. Y no lo es; un angus aberdeen como es debido
vale mucho más, aunque cueste mucho menos.

Pero en lo del lujo entra una cosa invaluable, que es la moda. Y
como a siete u ocho actores famosos les dé por un producto, o
por una marca, y ya se encargan esas marcas de que, en efecto y
previo pago, les dé por ahí, ahí tienen ustedes un objeto de deseo
para todo el mundo.

Ya no valoramos lo que nos gusta de verdad, sino lo que nos
dicen que nos tiene que gustar. No se dejen embaucar: decidan
ustedes mismos. Las ostras siguen estando igual de buenas...
aunque ya no cuesten lo que costaban.
Al sabor del chef