Nuevas revelaciones evidencian que la locura se esconde tras la eutanasia
"Deben acusarme. Si no lo hacen, se entenderá que no creen que se trate de
un crimen. No necesitan más pruebas, ¿o sí?". Con estas palabras, Jack
Kevorkian o el "Doctor Muerte", desafió a las autoridades del estado
norteamericano de Michigan y firmó, sin saberlo ni esperarlo, su sentencia a
25 años de cárcel en el programa televisivo que transmitió un video con su
último "suicidio asistido".
A seis meses de su condena por asesinato en segundo grado, ya no son sólo
sus teorías sobre el "derecho a morir" las que causan controversia, sino los
oscuros rasgos de su personalidad y su enfermiza pasión por la muerte, las
que han llevado a cuestionar la imagen –que incluso se difunde en América
Latina- de que, de alguna forma, Kevorkian podría ser un incomprendido y
adelantado idealista.
Gira latinoamericana. En las últimas semanas, los planteamientos de
Kevorkian a favor del suicidio asistido llegaron a varios periódicos
latinoamericanos a través de uno de sus "embajadores ideológicos" de gira
en la región. En efecto, el escritor y periodista inglés Derek Humphry llegó a
Colombia para promover la eutanasia y apoyar la labor de la Fundación Pro
Derecho a Morir Dignamente, la misma organización que realizó una intensa
campaña en 1997 para lograr que la Corte Constitucional convirtiera a
Colombia en el único país de América Latina que despenaliza la aplicación de
la muerte "a pedido" por parte de un médico.
Estrategia. Con una actitud menos desafiante que la del "Doctor Muerte" en
Estados Unidos, haciendo uso de un tono no confrontacional, un marcado
relativismo jurídico y una voz suave, Humphry lanzó su campaña para
presentar a Kevorkian como un "genio" incomprendido. El inglés concedió
entrevistas a todos los medios interesados y ofreció una conferencia en la
que alegó respetar a los que opinan "distinto de mí" y tener claro "que en este
país hay un gran arraigo de los principios y de los líderes católicos, los
cuales, por supuesto, se oponen a la eutanasia". Sin embargo, el inglés
señaló que era posible "respetar y reconocer también" el "aporte" de
Kevorkian "a un derecho tan importante como el derecho a morir dignamente".
¿Pensador o psicópata? Pero la verdadera historia de Kevorkian, poco
conocida para la mayoría del público, incluso en Estados Unidos, revela un
sujeto radicalmente diferente al del "profeta adelantado" que ha venido
difundiendo la macabra propaganada de Humphry. En efecto, desde su años
de estudiante, Kevorkian era visto por sus compañeros como un sujeto por lo
menos "inquietante", incluso respecto de la plenitud de sus facultades
mentales. No por casualidad consiguió el apelativo de "Doctor Muerte" apenas
graduado, y no en los últimos años, como la mayoría piensa.
Extrañas aficiones. Fanático relator de las masacres de sus antepasados
armenios a manos de los turcos en la Primera Guerra Mundial y defensor del
holocausto nazi porque "jamás podrán volver a hacerse los experimentos con
humanos" de los campos de la muerte, Kevorkian se convirtió en el centro de
atención de compañeros y jefes más por sus extrañas aficiones que por sus
innovaciones médicas, desde que era residente de patología en un hospital
de Detroit durante la década del cincuenta. Natural de Pontiac, Michigan, el
novato Kevorkian hacía rondas especiales en busca de pacientes moribundos
para mantenerles los párpados abiertos con cinta adhesiva y fotografiar sus
córneas con el fin de observar si los vasos sanguíneos cambiaban de
aspecto en el momento de la muerte, todo ello obviamente sin importarle la
dignidad del moribundo.
Sin límites. Convencido de que ningún experimento era demasiado
descabellado, a principios de los sesenta ya ensayaba transfusiones de
sangre de cadáveres a personas vivas, buscaba permisos para experimentar
con reos condenados a muerte por considerar "un privilegio único hacer
pruebas con un ser humano que va a morir" y trataba de ampliar tales
experimentaciones a cualquier persona que estuviera "frente a una muerte
inminente e inevitable". Su obsesión por la muerte también comenzó a ser
evidente en su pasatiempo: la pintura. Imágenes de asesinatos y personas
decapitadas eran su tema constante e incluso llegó a usar su propia sangre
como tinta para manchar el marco de su cuadro titulado "Genocidio".
Problemas. Su trastornada personalidad le causó despidos sucesivos que
terminaron cuando logró abrir su propia clínica de diagnósticos, la misma que
debió cerrar al poco tiempo porque los médicos se negaban a remitirle
pacientes. Ante las constantes negativas para mezclar sus experimentos con
la patología, decidió inventar su propia especialidad: la "obitiatría", es decir la
manipulación de la muerte. A partir de 1982, cuando se jubiló, Kevorkian
decidió dedicarse a su carrera de "obitiatra" proponiendo planes –uno de los
cuales fue recogido en una publicación alemana- para experimentar con
seres humanos desahuciados, incluyendo la posibilidad de remover un
órgano vital o administrar algún fármaco letal a los "pacientes" que
sobrevivieran a las pruebas.
¿Asistente o asesino? En 1987, cuando no era más que un fracasado médico
jubilado, Kevorkian inició formalmente su macabro oficio de asistente de
suicidios con un aviso publicitario en el que se presentaba como "médico
asesor de enfermos desahuciados que deseen morir con dignidad" y saltó a
la fama gracias a que los medios masivos cubrieron ampliamente la
invención del Mercitron, un aparato creado en su propia cocina que se
convirtió en la primera máquina del mundo para suicidarse. Desde ese
momento Janet Adkins, Marjorie Wantz, Karen Shofftall, Margaret Garrish,
Thomas Youk y otras decenas de personas, pasaron a ser nombres
conocidos en la creciente lista de "pacientes" que buscaban terminar los
padecimientos de sus males en plena crisis emocional, víctimas de la
obsesión mortal de Kevorkian, que se preocupó más por verlos morir que por
verificar si estaban realmente enfermos.
Verdugo. El doctor L.J. Dragovic, médico forense del condado de Oakland, fue
quien condujo la investigación sobre las autopsias. Desde que terminó su
trabajo se niega a considerar como "suicidio facilitado por un médico", alguno
de los casos en los que intervino Kevorkian inyectando drogas letales o
proporcionando monóxido de carbono. Lo que ha visto le basta y en su
opinión, Kevorkian "no es más que un verdugo múltiple".
Prisa por matar. La tesis de Dragovic se refuerza en las primeras
conclusiones del psicólogo Kalman Kaplan, director del Centro de
Investigación sobre el Suicidio de Chicago, que actualmente desarrolla un
estudio sobre los suicidios asistidos de Kevorkian. Con 47 casos ya
revisados, afirma que "hay muy pocas pruebas de que Kevorkian haya
consultado con el médico o el psiquiatra de las víctimas", lo que explicaría la
rapidez con la que Kevorkian asistía a sus "pacientes" –pues concertaba los
suicidios en uno o dos días después de la primera cita- y evidenciaría una vez
más la tanática obsesión del Doctor Muerte.
¿El fin? En tres ocasiones Kevorkian salió airoso de los liberales tribunales
estadounidenses presentándose como un visionario humanista que sólo
cumplía los deseos de personas sufrientes. Sin embargo, sus argumentos
no convencieron al jurado de Oakland, Michigan, que lo condenó a una pena
de entre 10 y 25 años por el asesinato en segundo grado de Thomas Youk, un
enfermo del mal de Lou Gherig, que fue transmitido en el programa 60
Minutes de la CBS. Aunque intentó presentar el video como la justificación
absoluta de sus postulados, perdió la apuesta que planteó a la justicia y sólo
podrá obtener libertad condicional en el año 2007.
Encerrado. Ahora con 71 años de edad, Kevorkian pasa los días en una
prisión de mediana seguridad en Kincheloe, Michigan, ha empezado a pagar
28 mil dólares de su cuenta personal como reparación civil y destina 364
dólares de su pensión mensual al condado para cubrir los gastos de su
encarcelamiento. Mientras su abogado Mayer Morganroth insiste en apelar la
sentencia y el juez de Oakland rechaza la posibilidad de un segundo juicio, se
reduce el número de los que insisten en verlo como mártir del "derecho a
morir" y son más los convencidos de que Kevorkian es un mero asesino en la
línea de Mengele que finalmente recibió su sanción.
¿Por qué NO a la Eutanasia?
No le ponemos un nombre más "dulce",
porque no lo tiene; que algunos se inventen
sus propias historias y justificaciones al
respecto -bien alejadas de la realidad, por
cierto-, es otro cantar.
De acuerdo con el Santo Padre, "la
eutanasia, aunque no esté motivada por el
rechazo egoísta de hacerse cargo de la
existencia del que sufre, debe considerarse
como una falsa piedad, más aún, como una
preocupante «perversión» de la misma.
En efecto, la verdadera «compasión» hace
solidarios con el dolor de los demás, y no
elimina a la persona cuyo sufrimiento no se
puede soportar. El gesto de la eutanasia
aparece aún más perverso si es realizado
por quienes --como los familiares-- deberían
asistir con paciencia y amor a su allegado, o
por cuantos --como los médicos--, por su
profesión específica, deberían cuidar al
enfermo incluso en las condiciones
terminales más penosas.
La opción de la eutanasia es más grave
cuando se configura como un homicidio que
otros practican en una persona que no la
pidió de ningún modo y que nunca dio su
consentimiento. Se llega además al colmo
del arbitrio y de la injusticia cuando algunos,
médicos o legisladores, se arrogan el poder
de decidir sobre quién debe vivir o morir.
De este modo, la vida del más débil queda
en manos del más fuerte; se pierde el
sentido de la justicia en la sociedad y se
mina en su misma raíz la confianza
recíproca, fundamento de
toda relación auténtica entre las personas.
El deseo que brota del corazón del hombre
ante el supremo encuentro con el
sufrimiento y la muerte, especialmente
cuando siente la tentación de caer en la
desesperación y casi de abatirse en ella, es
sobre todo aspiración de compañía, de
solidaridad y de apoyo en la prueba. Es
petición de ayuda para seguir esperando,
cuando todas las esperanzas humanas se
desvanecen". (1)
Parece mentira que un médico y legislador
perteneciente a la izquierda -presunta
defensora de los derechos humanos- pueda
presentar semejante proyecto, claramente
contrario al principal derecho de todo
hombre: el derecho a la vida. Sin embargo,
es comprensible. Porque quien no tiene fe,
quien ve la vida desde un punto de vista
meramente utilitarista y al hombre
como un ser puramente material,
obviamente se desespera ante el dolor y la
muerte.
A todos nos consta que soportar estos
trances, se torna con frecuencia más difícil
para los que acompañan y rodean al
enfermo, que para el enfermo mismo;
entonces, seamos sinceros: ¿a quién se
pretende ayudar legalizando la eutanasia?;
¿al enfermo, o a los que deciden su muerte?
¿Alguien se ha propuesto estudiar acaso,
que consecuencias trae en una persona
tomar conciencia de su responsabilidad en
la muerte de un ser querido? ¿A los
defensores de la eutanasia les importa?
Es interesante considerar lo que plantea la
Conferencia Episcopal Española en un
documento difundido el 19 de febrero de
1998, con motivo de una campaña realizada
en aquel país para despenaliar la eutanasia:
"Hoy la eutanasia resulta de nuevo aceptable
para algunos a causa del extendido
individualismo y de la consiguiente mala
comprensión de la libertad como una mera
capacidad de decidir cualquier cosa con tal
de que el individuo la juzgue necesaria o
conveniente. "Mi vida es mía: nadie puede
decirme lo que tengo que hacer con ella."
"Tengo derecho a vivir, pero no se me puede
obligar a vivir."
Afirmaciones como éstas son las que se
repiten para justificar lo que se llama "el
derecho a la muerte digna", eufemismo para
decir, en realidad, el "derecho a matarse".
Pero este modo de hablar denota un
egocentrismo que resulta literalmente mortal
y que pone en peligro la convivencia justa
entre los hombres. Los individuos se erigen,
de este modo, en falsos "dioses" dispuestos
a decidir sobre su vida y sobre la de los
demás.
Al mismo tiempo, la existencia humana
tiende a ser concebida como una mera
ocasión para "disfrutar". No son pocos los
falsos profetas de la vida "indolora" que nos
exhortan a no aguantar nada en absoluto y a
que nos rebelemos contra el menor
contratiempo. Según ellos, el sufrimiento, el
aguante y el sacrificio, son cosas del
pasado, antiguallas que la vida moderna
habría superado ya totalmente. Una vida "de
calidad" sería hoy una vida sin sufrimiento
alguno.
Quien piense que queda todavía algún lugar
para el dolor y el sacrificio, es tachado de
"antiguo" y de cultivador de una moral para
esclavos. No es extraño que desde actitudes
hedonistas de este tipo, unidas al
individualismo, se oigan supuestas
justificaciones de la eutanasia como éstas:
"yo decido cuándo mi vida no merece ya la
pena" o "a nadie se le puede obligar a vivir
una vida sin calidad". (2)
¿Merece vivir una persona anciana, que no
puede valerse ya por si misma, después de
haber dejado la vida en beneficio de la
sociedad, y en muchas ocasiones, de
aquellos que van a decidir sobre su muerte?
¿Vale la pena prestar asistencia a los
minisválidos, en vista de que su
productividad es menor, mínima o nula?
¿Qué hacemos si en el sanatorio faltan
camas? ¿Lo ampliamos a un costo siempre
alto, o le "damos salida" a los enfermos
irrecuperables, sin
necesidad de invertir un peso?
Si el proyecto de ley fuera efectivamente
presentado y tuviera receptividad entre gente
de los demás partidos políticos, los
minusválidos y los ancianos -los más
débiles de la sociedad- quedarían con el
tiempo a merced de médicos que se
arrogan el derecho de decidir quien debe
vivir y quien debe morir. Con todos los
medios a su disposición para poner "a
dormir" a quienes les plazca...
Veamos algunos datos de lo sucedido en
otros países.
"En 1995, por ejemplo murieron en Holanda
19.600 personas de muerte causada
("sanitariamente") por acción u omisión. De
estas personas sólo 5.700 sabían lo que
estaba sucediendo. En el resto de los
casos, los interesados no sabían que otros
tomaban por ellos la decisión de que ya no
tenían que seguir viviendo". (3)
Si estos datos son aterradores, no menos
son dramáticos algunos casos particulares,
como el de un médico cordobés que dio una
dosis letal de cloroformo a su hijo enfermo
de difteria, precisamente el día anterior al
anuncio de Roux de su descubrimiento del
suero antidiftérico (4). O el caso de María
Belén, una bebé rosarina que en 1995
estuvo 40 días internada con un cuadro de
encefalitis agudo.
Los médicos dijeron que no había nada que
hacer, un neurólogo de Buenos Aires
aconsejó "tirarla a la basura", un profesional
amigo se ofreció a ponerle una inyección
para "ayudarla a morir". Pero los padres se
opusieron y hoy María Belén tiene 5 años,
desde hace 12 meses no sufre
convulsiones, recuperó la vista y gran parte
de la audición y come y juega con su
hermanito (5).
También está el caso de Karen Ann Quinlan,
una norteamericana de 21 años que entró
en coma por una sobredosis de alcohol y
drogas. Sus padres adoptivos, luego de una
larga batalla legal, solicitaron a los médicos
la interrupción de los tratamientos
extraordinarios, para permitir a la joven morir
naturalmente. Sin embargo, luego de la
desconexión, la paciente
continuó con vida por diez años.
Otro caso famoso, bastante parecido al
anterior, es el de Nancy Beth Cruzan, una
joven de 25 años que permaneció en estado
vegetativo persistente durante 8 años hasta
que la Corte Suprema autorizó la
interrupción de la administración de
alimentos, falleciendo en 1990.
Esta última decisión es claramente
objetable; porque proveer nutrientes a un ser
humano, es satisfacer sus necesidades
básicas, y privar a una persona de ella es
homicidio por inanición (6).
Afirma Antonio Orozco que "una sociedad
que legitima la eutanasia suicida no está
propiciando muertes dignas, sino la
multiplicación incalculable de patéticas
cobardías ante la muerte, la justificación de
un temor perpetuo -inevitable en semejante
sociedad- a ser conducido al sanatorio por
razones exclusivamente utilitarias. Una
sociedad que legitima la eutanasia suicida,
es una sociedad que está proclamando su
ineptitud para ofrecer auténtica solidaridad,
afecto, cariño a sus enfermos terminales"
(7). Al parecer, nuestra sociedad tiene estas
caracterísiticas. Según una encuesta
realizada por Equipos Consultores el 49%
de los uruguayos parece ser partidario de la
eutanasia (8).
Y las sociedades, tienen los médicos que se
merecen. Aquí tenemos al diputado - doctor
Gallo y en Estados Unidos tienen al
tristemente célebre Dr. Kevorkian. Este
personaje -el "Dr. Muerte" para la prensa-, se
parece más al viejo verdugo de hacha y
capucha, que al gran Hipócrates, pues se
ganaba la vida vendiendo una máquina que
ayudaba a las personas a morir sin dolor,
eligiendo para ello los Estados que no
tenían penalizada la ayuda al suicidio.
Fue juzgado y absuelto en uno de ellos, de
manera escandalosa, porque el jurado
entendió que no había en el médico "dolo"
de homicidio (intención de matar).
Más recientemente Kevorkian, llegó al colmo
de lograr que la CBS transmitiera en directo
un suicidio asistido... Si bien a nivel local hay
algunos seguidores de Kevorkian, también
hay legisladores que tienen el poder -y el
deber- de decidir si van a dejar actuar
impunemente a los mercaderes de la
muerte, o si, en nombre de los más débiles,
van a promover con todos los medios a su
alcance, la investigación y el desarrollo de
los "cuidados paliativos", expresión genuina
de la cultura de la vida, que nos hemos
propuesto defender.
Estos cuidados, permiten "facilitar una
muerte verdaderamente digna, es decir, una
muerte lo más lúcida posible con el menor
dolor posible, sin violentar la naturaleza de
las cosas. Es falso que la Iglesia católica
defienda el encarnizamiento médico. Lo que
defiende es precisamente el derecho a morir
con dignidad. Y bendice a cuantos de una
manera u otra procuran paliar el dolor,
especialmente el de los enfermos
terminales. Es más, los cuidados paliativos
-dice- constituyen una forma privilegiada de
la caridad desinteresada. Por esta razón
deben ser alentados (CEC n. 2.279)". (9)
No es mediante el asesinato o el suicidio
asistido que se ayuda a las personas a
morir dignamente: la muerte
verdaderamente digna, la proporcionan sin
duda, quienes se acercan al anciano o al
enfermo terminal dispuestos a padecer con
él, quienes solidariamente se entregan a su
cuidado y atención, quienes alivian sus
dolores físicos y morales. Esperamos que
nuestros legisladores -creyentes o no-,
actúen con sensatez; y deseamos que, sin
resignarse ante lo difícil que resulta para el
hombre de hoy enfrentar el dolor y la muerte,
se manifiesten a
favor de la vida: DE TODA VIDA HUMANA,
VALIOSA Y DIGNA EN CUANTO TAL. Hace
casi dos décadas los orientales nos
reunimos frente al Obelisco "Por un Uruguay
sin exclusiones". ¿Sigue en pie el
compromiso?
"LA EUTANASIA"
100 PREGUNTAS Y RESPUESTAS
SOBRE LA DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y
LA ACTITUD DE LOS CATÓLICOS
Comité para la Defensa de la Vida
Conferencia Episcopal Española
PRESENTACIÓN
I. TERMINOLOGÍA
II. EL HOMBRE, ANTE EL DOLOR Y LA MUERTE
III. LA MEDICINA ANTE LA EUTANASIA
IV. LA SOCIEDAD ANTE LA EUTANASIA
V. EL ESTADO ANTE LA EUTANASIA
VI. LA IGLESIA ANTE LA EUTANASIA
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PRESENTACIÓN
Cuando, hace casi dos años, el Comité Episcopal para la Defensa de la Vida, dependiente de la
Conferencia Episcopal Española, presentó a la opinión pública el libro ”EI Aborto: 100 cuestiones
y respuestas sobre la defensa de la vida humana y la actitud de los católicos”, ya anunció que
aquel era efímero de una serie de publicaciones que verían la luz en el futuro. Una era la idea
común: estudiar el valor y la dignidad de la vida humana desde la peculiar óptica que implica el
tratamiento monográfico de un problema de actualidad. En aquella primera ocasión se trató del
aborto; hoy, de la eutanasia.
El amplio debate social generado por aquellas” caen cuestiones sobre el aborto", la difusión
lograda por el texto en España, en Hispanoamérica y en toda Europa, especialmente en los
países recién salidos de la experiencia comunista, no dejó de ser un acicate importante para el
Comité a la hora de dar cumplimiento a su propósito inicial de continuar aquel trabajo sobre el
aborto con otros temas de similar actualidad. El millón de ejemplares vendidos de las” 100
cuestiones sobre el aborto” y las noticias de su permanente uso como instrumento de trabajo y
estudio en los más variados ambientes escolares, académicos y religiosos de varios
continentes, han incentivado el esfuerzo intenso del Comité Episcopal para la Defensa de la Vida
que ha trabajado durante más de un año en múltiples reuniones plenarias y de ponencia, para
perfilar el texto que ahora se hace público.
Médicos, filósofos, farmacéuticos, enfermeras, teólogos, juristas, moralistas, han escrito,
reescrito, discutido y redactado finalmente este texto sobre la eutanasia durante largos meses de
trabajo, pretendiendo lograr un producto final fiel al doble objetivo de esta colección de trabajos:
rigor técnico y científico en el tratamiento y claridad y sencillez en la exposición.
Mientras preparábamos este trabajo se han celebrado dos referendums en los EE.UU., sobre la
eutanasia, rechazando en ambos la mayoría de los ciudadanos su legalización; se ha reabierto
en Holanda el debate - una vez más en aquel país - sobre la despenalización de las prácticas
eutanásicas; en distintos países han saltado a los medios de comunicación social noticias
sobre "casos", sentencias, opiniones y propuestas referentes a la eutanasia. Estos hechos no
han alterado el plan de trabajo del Comité, aunque hayan sido estudiados, valorados y
considerados.
Cuando nuestro trabajo estaba casi acabado, el Gobierno Español ha aprobado un Proyecto de
Código Penal - actualmente en trámite en el Congreso de los Diputados - en el que se regula la
eutanasia como un delito singular acreedor a una pena sensiblemente más liviana que la del
homicidio. Se Inicia así en nuestro país la tendencia de "comprensión jurídica" hacia las
prácticas eutanásicas que, nos tememos, puede acabar a corto plazo con su total impunidad
como ha sucedido con el aborto, despenalizado parcialmente para atender a determinados
"casos extremos” y legalizado en la práctica hasta el punto de constituir ya un lucrativo negocio
amparado incluso por determinadas instituciones del Estado.
La iniciativa legislativa del Gobierno hace de total actualidad el presente trabajo que pretende
servir como elemento de reflexión para todos los ciudadanos - también para quienes emiten su
voto como Diputados y Senadores - y como factor de formación para la conciencia ilustrada de
los católicos.
Este documento aborda la eutanasia sin rehuir ni ocultar los argumentos de sus partidarios; sin
omitir los puntos de vista más conflictivos; sin silenciar los temas más polémicos, pues creemos
que la sociedad - los católicos y quienes no lo son - puede y debe dedicar un tiempo razonable a
reflexionar y lo formarse antes de emitir un juicio sobre cuestión de tal relevancia.
En nuestro tiempo crecen sentimientos de ideas muy acordes con la idea de hombre, de justicia
y de derechos humanos que subyace en este trabajo, pero a la vez se imponen en nuestras
sociedades prácticas incompatibles con la dignidad humana. El Comité Episcopal para la
Defensa de la Vida está convencido de que podemos impulsar los aspectos más positivos de
nuestra cultura si todos hacemos un esfuerzo para ser coherentes con el humanismo que ha
inspirado los aspectos más positivos de la Modernidad. Por ello, ofrece a la consideración
responsable de todos los ciudadanos - también de los políticos, los médicos, educadores,
familias y demás personas que han de decidir sobre la eutanasia -, un trabajo que se inspira en
un profundo respeto por cada hombre, por cada mujer, por cada ser humano, que - para quienes
creemos en Dios - es objeto de un amor singular y personal desde antes de la creación y no
acabará jamás, proyectándose tras la muerte por la eternidad.
Cardenal Narciso Jubany Arnau
Presidente del Comité Episcopal
para la Defensa de la Vida
I. TERMINOLOGÍA
1. ¿Qué es la eutanasia?
La palabra “eutanasia” a lo largo de los tiempos ha significado realidades muy diferentes.
Etimológicamente, eutanasia (del griego “eu”, bien, “Thánatos”, muerte) no significa otra cosa
que buena muerte, bien morir, sin más.
Sin embargo, esta palabra ha adquirido desde antiguo otro sentido, algo más específico:
procurar la muerte sin dolor a quienes sufren. Pero todavía este sentido es muy ambiguo, puesto
que la eutanasia, así entendida, puede significar realidades no sólo diferentes, sino opuestas
profundamente entre sí, como el dar muerte al recién nacido deficiente que se presume que
habrá de llevar una vida disminuida, la ayuda al suicida para que consume su propósito, la
eliminación del anciano que se presupone que no vive ya una vida digna, la abstención de
persistir en tratamientos dolorosos o inútiles para alargar una agonía sin esperanza humana de
curación del moribundo, etc.
2. ¿Qué se entiende hoy por eutanasia?
Hoy, más estrictamente, se entiende por eutanasia el llamado homicidio por compasión, es
decir, el causar la muerte de otro por piedad ante su sufrimiento o atendiendo a su deseo de
morir por las razones que fuere.
Sin embargo, en el debate social acerca de la eutanasia, no siempre se toma esta palabra en el
mismo sentido, e incluso a veces se prefiere, según el momento, una u otra acepción para
defender tal o cual posición dialéctica. Esto produce con frecuencia la esterilidad del debate y,
sobre todo, grave confusión en el común de las gentes.
3. ¿Es, pues, especialmente importante el significado de las palabras en esta materia?
Es de extrema importancia, porque, según la significación que se dé al término eutanasia, su
práctica puede aparecer ante las gente como un crimen inhumano o como un acto de
misericordiosa solidaridad. Estas diferencias tan enormes obedecen con frecuencia a la distinta
manera de entender la significación de la palabra, es decir, la realidad que se quiere designar.
No se puede ignorar, sin embargo, que en el debate público también se da no pocas veces, por
parte de los patrocinadores de la eutanasia, una cierta manipulación - querida o no - de las
palabras, cuyo resultado es presentar ante la opinión pública la realidad de la eutanasia como
algo más inocuo de lo que es (se dice "muerte dulce", "muerte digna"), y propiciar así su
aceptación social; como si no existiera, o fuera secundario, el hecho central de que en la
eutanasia un ser humano da muerte a otro, consciente y deliberadamente, por muy
presuntamente nobles o altruistas que aparezcan las motivaciones que lo animen a ejecutar tal
acción y por poco llamativos que sean los medios que utilice para realizarla.
Todo esto no quiere decir que el debate sobre la eutanasia dejaría de existir si todos
hablásemos de lo mismo y otorgásemos al término idéntico significado. El debate también se
produciría aun cuando por eutanasia todos entendiesen una sola cosa: el causar la muerte de
otro, con su consentimiento o no, para evitarle dolores físicos o padecimientos de otro tipo,
considerados insoportables.
Tomada la eutanasia de esta manera, existen algunas personas y grupos partidarios de
legalizarla y de darle respetabilidad social, porque interpretan que la vida humana no merece ser
vivida más que en determinadas condiciones de plenitud, frente a la convicción mayoritaria que
considera, por el contrario, que la vida humana es un bien superior y un derecho inalienable e
indisponible, es decir, que no puede estar al albur de la decisión de otros, ni de la de uno mismo.
4. ¿Qué se va a entender por eutanasia en esta obra?
Llamaremos eutanasia a la actuación cuyo objeto es causar muerte a un ser humano para
evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida carece de la calidad
mínima para que merezca el calificativo de digna.
Así considerada, la eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre
da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y cuidado.
5. ¿Por qué se escoge esta definición?
Porque en ella están los elementos esenciales que configuran un fenómeno complejo como es
la eutanasia:
• la muerte ha de ser el objetivo buscado, ha de estar en la intención de quien practica la
eutanasia: no es eutanasia, por tanto, el aplicar un tratamiento necesario para aliviar el dolor,
aunque acorte la expectativa de vida del paciente como efecto secundario no querido, ni puede
llamarse eutanasia al resultado de muerte por imprudencia o accidente;
• puede producirse por acción (administrar sustancias tóxicas mortales) o por omisión (negarle
la asistencia médica debida); ha de buscarse la muerte de otro, no la propia. No consideraremos
el suicidio como forma peculiar o autónoma de eutanasia,
Los motivos son un elemento sustancial para hablar de eutanasia con propiedad.
• puede realizarse porque la pide el que quiere morir. La ayuda o cooperación al suicidio sí la
consideramos una forma de eutanasia;
• puede realizarse para evitar sufrimientos, que pueden ser presentes o futuros, pero previsibles;
o bien porque se considere que la calidad de vida de la víctima no alcanzará o no mantendrá un
mínimo aceptable (deficiencias psíquicas o físicas graves, enfermedades degradantes del
organismo, ancianidad avanzada, etc.).
El sentimiento subjetivo de estar eliminando el dolor o las deficiencias ajenas es elemento
necesario de la eutanasia; de lo contrario estaríamos ante otras formas de homicidio.
6. ¿No es muy estricto el significado de la eutanasia expuesto?
Más que estricto quiere ser preciso, y eso por dos razones: primera, porque solo acotando con
precisión la realidad que se quiere designar será posible saber a qué nos estamos refiriendo;
segunda, porque este significado coincide también con lo que los patrocinadores de la
legalización de la eutanasia quieren que prospere: que se legitime el que un hombre dé muerte
a otro dadas ciertas circunstancias.
Como más adelante se verá, por ejemplo, la renuncia a la obstinación terapéutica sin esperanza
- que se suele designar como encarnizamiento terapéutico - merece una consideración aparte y,
en sentido estricto, no puede considerarse eutanasia, aunque desde el mero punto de vista
etimológico sea, desde luego, una forma de favorecer la "buena muerte". Este es un ejemplo
concreto de lo fácilmente que se introduce la confusión en esta materia por los diversos
significados que pueden darse a una misma palabra.
7. ¿Cuántas clases de eutanasia hay?
Según el criterio que se emplee, hay diversas clasificaciones del fenómeno de la eutanasia que
dependen también del significado que se dé al término.
Desde el punto de vista de la víctima la eutanasia puede ser voluntaria o involuntaria, según ser
solicitada por quien quiere que le den muerte o no; perinatal, agónica, psíquica o social, según
se aplique a recién nacidos deformes o deficientes, a enfermos terminales, a afectados de
lesiones cerebrales irreversibles o a ancianos u otras personas tenidas por socialmente
improductivas o gravosas, etc. Algunos hablan de auto eutanasia refiriéndose al suicidio, pero
eso no es, propiamente, una forma de eutanasia, aunque muchos de sus patrocinadores
defienden también, con arreglo a su propia lógica, el derecho al suicidio.
Desde el punto de vista de quien la practica, se distingue entre eutanasia activa y pasiva, según
provoque la muerte a otro por acción o por omisión, o entre eutanasia directa e indirecta: la
primera sería la que busca que sobrevenga la muerte, y la segunda la que busca mitigar el dolor
físico, aun a sabiendas de que ese tratamiento puede acortar efectivamente la vida del paciente;
pero esta última no puede tampoco llamarse propiamente eutanasia.
Existen muchas más clasificaciones posibles y una misma acción puede, a su vez, incluirse en
varias de las modalidades referidas aquí. Pero todo esto es, en el fondo, secundario, y con
frecuencia contribuye a aumentar la confusión sobre la realidad del problema, en lugar de ayudar
a esclarecer la cuestión. De ahí que, para poder referirnos a un concepto que admitan tanto los
partidarios de la eutanasia como los defensores de la vida, la hayamos definido en los términos
expuestos más arriba, sin detenernos en ulteriores divisiones o clasificaciones.
8. ¿Qué se entiende por distanasia?
La distanasia (del griego "dis", mal, algo mal hecho, y "thánatos", muerte) es etimológicamente lo
contrario de la eutanasia, y consiste en retrasar el advenimiento de la muerte todo lo posible, por
todos los medios, proporcionados o no, aunque no haya esperanza alguna de curación y aunque
eso signifique infligir al moribundo unos sufrimientos añadidos a los que ya padece, y que,
obviamente, no lograrán esquivar la muerte inevitable, sino sólo aplazarla unas horas o unos
días en unas condiciones lamentables para el enfermo.
La distanasia también se llama "ensañamiento" y, “encarnizamiento terapéutico", aunque sería
más preciso denominarla "obstinación terapéutica".
9. ¿Qué es la ortotanasia?
Con esta palabra (del griego "orthos", recto, y "thánatos", muerte), se ha querido designar la
actuación correcta ante la muerte por parte de quienes atienden al que sufre una enfermedad
incurable en fase terminal. La ortotanasia estaría tan lejos de la eutanasia, en el sentido
apuntado aquí, como de la distanasia u obstinación terapéutica. Este término, reciente, no se ha
consagrado más que en ciertos ambientes académicos, sin hacer fortuna en el léxico habitual de
la calle; pero su sola acuñación revela la necesidad de acudir a una palabra distinta de
"eutanasia" para designar precisamente la buena muerte, que es lo que se supone que tendría
que significar la eutanasia, y que sin embargo ya no significa, porque designa la otra realidad
mencionada: una forma de homicidio.
10. ¿Estamos, pues, ante el "secuestro" de la palabra "eutanasia"?
Más bien habría que hablar de la desvirtuación de su significado, que se ha debido tanto al
deseo de algunos de hacer más aceptable socialmente el "homicidio por compasión" (y desde
este punto de vista puede hablarse de "secuestro" de esta palabra), como a la inexistencia de un
término adecuado para designar esta clase de homicidio. Esta es una de las razones por las
que el aspecto terminológico es de suma importancia en toda esta cuestión.
11. ¿Cuáles son los principales argumentos que se emplean para promover la legalización de la
eutanasia?
Se suele promover la legalización de la eutanasia y su aceptación social con cinco clases de
argumentos:
• el derecho a la muerte digna, expresamente querida por quien padece sufrimientos atroces;
• el derecho de cada cual a disponer de su propia vida, en uso de su libertad y autonomía
individual;
• la necesidad de regular una situación que existe de hecho. Ante el escándalo de su
persistencia en la clandestinidad;
• el progreso que representa suprimir la vida de los deficientes psíquicos profundos o de los
enfermos en fase terminal, ya que se trataría de vidas que no pueden llamarse propiamente
humanas;
• la manifestación de solidaridad social que significa la eliminación de vidas sin sentido, que
constituyen una dura carga para los familiares y para la propia sociedad.
No todos los partidarios de la eutanasia comparten todos estos argumentos; pero todos, en
cambio, comparten los dos primeros, y a menudo el tercero.
A lo largo de este texto iremos refiriéndonos a cada uno de dichos argumentos para examinarlos
en su propio contexto.
II. EL HOMBRE, ANTE EL DOLOR Y LA MUERTE
12. El dolor y la muerte, ¿forman parte de la vida humana o, por el contrario, son obstáculos para
ella?
El dolor y la muerte forman parte de la vida humana desde que nacemos en medio de los
dolores de parto de nuestra madre hasta que morimos causando dolor a los que nos quieren y
sufriendo por el propio proceso que lleva a la muerte. A lo largo de toda la existencia, el dolor -
físico o moral - está presente de forma habitual en todas las biografías humanas: absolutamente
nadie es ajeno al dolor. El producido por accidentes físicos - pequeños o grandes - es
compañero del hombre en toda su vida; el dolor moral (producto de la incomprensión ajena, la
frustración de nuestros deseos, la sensación de impotencia, el trato injusto, etc.) nos acompaña
desde la más tierna infancia hasta los umbrales de la muerte.
El dolor - y su aspecto subjetivo, el sufrimiento - forma parte de toda vida humana y de la historia
de la humanidad: así lo acreditan la experiencia personal de cada uno de nosotros y la literatura
universal, en la que la experiencia del dolor es no sólo motivo de inspiración, sino objeto de
reflexión constante.
La muerte es el destino inevitable de todo ser humano, una etapa en la vida de todos los seres
vivos que - quiérase o no, guste o no - constituye el horizonte natural del proceso vital. La muerte
es la culminación prevista de la vida, aunque incierta en cuanto a cuándo y cómo ha de
producirse; y, por lo tanto, forma parte de nosotros porque nos afecta la de quienes nos rodean y
porque la actitud que adoptamos ante el hecho de que hemos de morir determina en parte cómo
vivimos.
El dolor y la muerte no son obstáculos para la vida, sino dimensiones o fases de ella. Obstáculo
para la vida es la actitud de quien se niega a admitir la naturalidad de estos hechos constitutivos
de toda vida sobre la tierra, intentando huir de ellos como si fuesen totalmente evitables, hasta el
punto de convertir tal huida en valor supremo: esta negación de la propia realidad sí que puede
llegar a ser causa de deshumanización y de frustración vital.
13. ¿Debería, entonces, todo hombre renunciar a huir del dolor en general, y del dolor de la
agonía en particular?
Todo ser humano huye por instinto del dolor y de cuanto cause sufrimiento, y esta actitud es
adecuada a la constitución natural del hombre, que está creado para ser feliz y, por tanto,
reacciona con aversión ante lo que atente a su felicidad.
El rechazo de lo doloroso, de lo que causa sufrimiento, es, en consecuencia, natural en el
hombre. Y, por ello, este rechazo es justo y no censurable. Sin embargo, convertir la evitación de
lo doloroso en el valor supremo que haya de inspirar toda conducta, tratar de huir del dolor a toda
costa y a cualquier precio, es una actitud que acaba volviéndose contra los que la mantienen,
porque supone negar de raíz una parte de la realidad del hombre, y este error puede llevar
fácilmente a cometer injusticias y actos censurables por antihumanos, aunque pueda parecer
superficialmente otra cosa.
Estas ideas son especialmente patentes en el caso de la agonía, de los dolores que,
eventualmente, pueden preceder a la muerte. Convertir la ausencia del dolor en el criterio
preferente y aun exclusivo para reconocer un pretendido carácter digno de la muerte puede llevar
a legitimar homicidios - bajo el nombre de eutanasia - y a privar a la persona moribunda del
efecto humanizador que el mismo dolor puede tener.
14. ¿Significa eso que el dolor tiene algún valor positivo para una vida humana?
El dolor y el sufrimiento, como cualquier otra dimensión natural de toda vida humana tienen
también un valor positivo si nos ayudan a comprender mejor nuestra naturaleza y sus
limitaciones, si sabemos integrarlos en nuestro proceso de crecimiento y maduración. Todo
hombre se hace a sí mismo durante su vida realizando las posibilidades de plenitud que están
en su constitución natural, o rechazando tales posibilidades.
Es experiencia universal que el dolor no puede evitarse totalmente y que puede ser fuente de
humanización personal y de solidaridad social. La persona que sufre y acepta su sufrimiento
llega a ser más humana, pues comprende y hace suya una dimensión básica de la vida que
ayuda a hacer más rica la personalidad. Quien a toda costa pretende huir del dolor,
probablemente destruya sus posibilidades de ser feliz, pues es imposible tal fin.
La experiencia de la humanidad es que el dolor, si se admite como una dimensión de la vida
contra la que se debe luchar, pero que es inevitable, es escuela que puede ayudar a que existan
vidas humanas más plenas.
15. Si la muerte es inevitable, y el dolor es una “escuela de vida”, ¿qué sentido tienen los
esfuerzos de la investigación científica para mitigar el dolor y para alejar lo más posible el
momento de la muerte?
El dolor es inevitable en toda vida humana, pero todos tenemos la clara idea de que el hombre
aspira a la felicidad. Por ello, esforzarse en mitigar el dolor es positivo, pero esta finalidad es
absurda, por imposible, si erradicar el dolor se convierte en bien absoluto ante el cual deben
subordinarse el resto de los fines nobles del actuar humano. En toda vida humana se dan
dimensiones o facetas que no siempre resultan congruentes entre sí en caso de pretender
darles valor absoluto a cada una de ellas; todo ser humano tiene derecho a defender sus
opiniones, pero si convierte este derecho en valor absoluto, probablemente acabará siendo un
dictador para los demás; todo hombre ansía su bienestar, pero si pone esta dimensión de su
naturaleza por encima de cualquier otra consideración, será incapaz de cualquier manifestación
de generosidad, etc.
Con el dolor pasa lo mismo: luchar por mitigarlo es positivo, y el esfuerzo de la ciencia moderna
en tal sentido es encomiable, pero convertir esta lucha y este esfuerzo en valor absoluto es,
además de quimérico, injusto, pues obligaba a renunciar a otras dimensiones valiosas de la
vida humana.
Algunas ideologías en el último siglo han considerado determinadas dimensiones parciales o
relativas del ser humano como valores absolutos y, al hacerlo, han generado clamorosas
injusticias: así ha sucedido con quienes han construido su visión del mundo exclusivamente
sobre la raza, el color, la clase social, la nación o la ideología. Cualquier filosofía o actitud vital
que convierta en absoluta una de las dimensiones o facetas de la pluriforme realidad humana,
conduce a planteamientos injustos y antihumanistas, pues el humanismo exige equilibrio y una
visión global, integral, del ser humano sobre la tierra.
Esto, que es evidente en las ideologías totalitarias, no aparece con tanta claridad en las actitudes
actualmente proclives a ver la salud como bien absoluto y la ausencia de dolor como valor
supremo del hombre, pero el fenómeno es el mismo: de estas actitudes dimana la legitimación
de acciones contra quienes no responden a ese ideal absoluto de "calidad de vida": los
deficientes, los enfermos, los moribundos, los ancianos, etc.
16. ¿Es natural el miedo a morir?
Es natural tener miedo a morir, pues el hombre en la felicidad, y la muerte se presenta como una
ruptura traumática de destino incierto. La explicación bíblica de la muerte como consecuencia del
pecado y, por tanto, como elemento ajeno a la naturaleza primigenia del hombre, encaja
perfectamente con la psicología personal y colectiva que acredita una resistencia instintiva ante
la muerte.
Sin embargo, puede llevar a resultados inhumanos convertir en absoluto este rechazo a la
muerte, innato en el hombre: la muerte es un hecho, y un ser humano adulto ha de aceptarla
como tal, pues de lo contrario se situaría contra su propia realidad.
17. ¿Es natural el miedo al modo de morir?
Desde luego, es natural sentir miedo a una muerte dolorosa, como es natural tener miedo a una
vida sumida en el dolor. Si esta aversión se lleva al extremo, se convierte la huida del dolor en un
valor absoluto, ante el cual todos los demás han de ceder. El miedo a un modo de morir
doloroso y dramático puede llegar a ser tan intenso que, al anular todos los demás valores,
puede conducir a desear la muerte misma como medio de evitar tan penosa situación. Este es,
de hecho, el principal estímulo para quienes preconizan la aceptación legal y social de la
eutanasia. Pero la experiencia demuestra que cuando un enfermo que sufre pide que lo maten,
en realidad está pidiendo casi siempre que le alivien los padecimientos, tanto los físicos como
los morales, que a veces superan a aquellos: la soledad, la incomprensión, la falta de afecto y
consuelo en el trance supremo. Cuando el enfermo recibe alivio físico y consuelo psicológico y
moral, deja de solicitar que acaben con su vida, según la experiencia común.
18. ¿No hay, pues, fronteras definidas que delimiten cuándo es bueno aceptar el dolor y la
muerte, y cuándo es bueno tratar de evitarlos?
Es bueno aceptar el hecho cierto e inevitable del dolor, y también es bueno luchar por mitigarlo.
Es bueno luchar por vencer a la enfermedad, y no es bueno eliminar seres humanos enfermos
para que no sufran. Es bueno luchar en favor de la vida contra la muerte, y no es bueno, porque
no es realista, rechazar la muerte como si se pudiera evitar. Pero no existe un catálogo de
soluciones que pueda resolver todas las dudas y las perplejidades con que nos enfrentamos
ante la realidad del dolor y de la muerte. Lo mismo ocurre con muchas otras situaciones de la
vida, en las que no es posible establecer normas rígidas, sino que hemos de actuar, basados en
el conocimiento de los principios generales, con un criterio recto y prudente.
19. ¿Y no podían ser los motivos de nuestra actuación un criterio adecuado?
Es necesario saber que los motivos por los que actuamos (compasión, deseo de que seres
queridos no sufran...) no pueden cambiar el fin intrínseco de nuestro actuar, que en la eutanasia
es privar de la vida a otro o cooperar a que se suicide. Si los motivos prevalecieran sobre la
naturaleza de los actos hasta el punto de hacer a éstos social y jurídicamente justificables, no
sería posible la convivencia, pues cualquier acto, fuera el que fuese, podría quedar legitimado en
virtud de los motivos íntimos de su autor. Se puede y se debe comprender y ayudar a quien obra
torcidamente; también se pueden y se deben valorar las circunstancias que influyen en los actos
humanos, y modifican la responsabilidad. Pero la norma general no puede decir nunca que está
bien lo que está mal, por mucho que el autor de la acción crea hacer algo bueno. El fin - el motivo
subjetivo - no justifica los medios - en este caso, matar -.
Quienes proponen la admisibilidad ética y jurídica de la eutanasia confunden a menudo la
disposición moral íntima de las personas con lo que las leyes o la sociedad deben tener como
aceptable; y confunden también las circunstancias que pueden atenuar la responsabilidad, e
incluso anularla, con lo que la norma general debe disponer.
20. A pesar de todo, hay quienes creen que una muerte dolorosa o un cuerpo muy degradado
serían más indignos que una muerte rápida y "dulce", producida cuando cada uno dispusiera.
En su naturaleza última, el dolor y la muerte humanos encierran un misterio, que no es otro que
el misterio del mismo ser humano puesto en esta tierra; es también el misterio de la libertad y
del amor, que son realidades vivas e íntimas, aunque intangibles, y que no encuentran
explicación suficiente en la física o la química.
El dolor y la muerte no son criterios aptos para medir la dignidad humana, pues ésta conviene a
todos los seres humanos por el hecho de serlo; el dolor y la muerte serán dignos si son
aceptados y vividos por la persona; pero no lo serán si alguien los instrumentaliza para atentar
contra esa persona.
Una muerte digna no consiste sólo en la ausencia de tribulaciones externas, sino que nace de la
grandeza de ánimo de quien se enfrenta a ella. Es claro que, llegado el momento supremo de la
muerte, el protagonista de este trance ha de afrontarlo en las condiciones más llevaderas
posibles, tanto desde el punto de vista del dolor físico como también del sufrimiento moral. Los
analgésicos y la medicina paliativa (de la que se hablará en otro lugar) por un lado, y el consuelo
moral, la compañía, el calor humano y el auxilio espiritual, por otro, son los medios que
enaltecen la dignidad de la muerte de un ser humano que siempre, aun en el umbral de la
muerte, conserva la misma dignidad.
III. LA MEDICINA ANTE LA EUTANASIA
21. La cuestión de la eutanasia, ¿Es un problema médico?
La eutanasia, tal y como la plantean los defensores de su legalización, afecta de lleno al mundo
de la Medicina, puesto que las propuestas de sus patrocinadores siempre hacen intervenir al
médico o al personal sanitario. Pero la cuestión de la eutanasia no es, propiamente hablando,
un problema médico, o no tendría que serlo.
La eutanasia merece la misma calificación ética si la practica un médico o una enfermera en el
técnico ambiente de un hospital que si la practica, por otro medio cualquiera, un familiar o un
amigo de la víctima. En ambos casos se trata de un hombre que da muerte a otro.
La eutanasia no es una forma de Medicina, sino una forma de homicidio; y si la practica un
médico, éste estará negando la Medicina.
22. ¿Por qué la eutanasia es la negación de la Medicina?
Porque la razón de ser de la Medicina es la curación del enfermo en cualquier fase de su
dolencia, la mitigación de sus dolores, y la ayuda a sobrellevar el trance supremo de la muerte
cuando la curación no es posible. La eutanasia, por el contrario, no sólo es la renuncia a esa
razón de ser, sino que consiste en la deliberada decisión de practicar justamente lo opuesto a la
Medicina, ya que es dar muerte a otro, aunque sea en virtud de una presunta compasión.
Cualquiera es perfectamente capaz de advertir la diferencia sustancial que existe entre ayudar a
un enfermo a morir dignamente y provocarle la muerte.
La eutanasia no es una técnica, un recurso de la Medicina: la eutanasia expulsa a la Medicina, la
sustituye. La eutanasia, además, precisamente por ser la negación de la Medicina, se vuelve
contra el médico que la practique.
23. ¿Por qué la eutanasia se vuelve contra el médico que la practique?
Por dos razones: por un lado es fácil que el médico se deslice hacia una habitualidad en la
práctica de la eutanasia una vez admitido el primer caso; y, por otro lado, la eutanasia acaba con
la base del acto médico: la confianza del paciente en el médico.
Cuando un médico ha dado muerte a un paciente por piedad hacia él, ha dado ya un paso que
tiene muy difícil retorno. Los que padecen una misma enfermedad se parecen mucho entre sí en
los síntomas, las reacciones, los sufrimientos. Cuando un médico se ha sentido "apiadado" de
un enfermo hasta el punto de decidir quitarle la vida para ahorrarle padecimientos, será ya
relativamente fácil que experimente idéntico estado de ánimo ante otro que padezca el mismo
mal; y esta circunstancia puede sobrevenir con relativa frecuencia, porque la especialización
profesional impone a la práctica totalidad de los médicos la necesidad de tratar a enfermos muy
semejantes unos de otros. En tal situación, las virtudes propias del médico (la no discriminación
en el tratamiento a unos u otros enfermos, la previsión de dolencias o complicaciones futuras)
se convierten en factores potencialmente multiplicadores de la actividad eutanásica, porque es
muy difícil determinar la frontera que separa la gravedad extrema de la situación crítica, o los
padecimientos enormes de los padecimientos insoportables, sean físicos o anímicos.
Por otro lado, no es posible que exista la Medicina si el paciente en vez de tener confianza en su
médico hasta poner su vida, salud e integridad física en sus manos, llega a tenerle miedo
porque no sabe si el profesional de la Medicina o la enfermera que se ocupan de su salud van a
decidir que su caso es digno de curación o susceptible de eutanasia.
Si se atribuyese a los médicos el poder de practicar la eutanasia, éstos no serían ya una
referencia amiga y benéfica sino, por el contrario, temida y amenazadora, como sucede ya en
algunos hospitales holandeses.
La humanidad ha progresado en humanitarismo retirando a los gobernantes y los jueces el
poder de decretar la muerte (abolición de la pena de muerte). Los partidarios de la eutanasia
pretenden dar un paso atrás, otorgando tal poder a los médicos. De conseguir tal propósito
lograrían dos retrocesos por el precio de uno: recrearían una variedad de muerte legal y
degradarían, tal vez irreversiblemente, el ejercicio de la Medicina.
24. ¿No es muy sutil la línea divisoria entre la eutanasia y la cesación de unos cuidados ya
inútiles?
Sólo en contadas situaciones terminales sin esperanza humana, la apariencia de los gestos del
médico puede guardar semejanza en ambos casos; pero el médico sabe, sin género de dudas,
lo que hay en su intención: sabe si lo que realiza tiene por objeto causar la muerte del enfermo o
si, por el contrario, está renunciando al encarnizamiento terapéutico. Lo primero nunca será
admisible; lo segundo lo es.
25. ¿Qué es el encarnizamiento terapéutico?
Con esta denominación, o la de "ensañamiento terapéutico" - que acaso sean menos acertadas
que la de "obstinación terapéutica", que refleja mejor la intención con que se practica -, se quiere
designar la actitud del médico que, ante la certeza moral que le dan sus conocimientos de que
las curas o los remedios de cualquier naturaleza ya no proporcionan beneficio al enfermo y sólo
sirven para prolongar su agonía inútilmente, se obstina en continuar el tratamiento y no deja que
la naturaleza siga su curso.
Esta actitud es consecuencia de un exceso de celo mal fundamentado, derivado del deseo de
los médicos y los profesionales de la salud en general de tratar de evitar la muerte a toda costa,
sin renunciar a ningún medio, ordinario o extraordinario, proporcionado o no aunque eso haga
más penosa la situación del moribundo.
En otras ocasiones cabe hablar más propiamente de ensañamiento terapéutico, cuando se
utiliza a los enfermos terminales para la experimentación de tratamientos o instrumentos
nuevos. Aunque esto no sea normal en nuestros días, la historia, por desgracia, nos aporta
algunos ejemplos.
En cualquier caso, la obstinación terapéutica es gravemente inmoral, pues instrumentaliza a la
persona subordinando su dignidad a otros fines.
26. ¿No se plantea aquí otra frontera imprecisa para distinguir la obstinación terapéutica de unos
cuidados solícitos y constantes?
Ciertamente, así es. No hay una regla matemática para calibrar si existen o no esperanzas
fundadas de curación. La práctica médica cuenta con abundantes experiencias de enfermos que
parecían irrecuperables y que, sin embargo, salieron adelante de trances muy comprometidos.
La solución de esos conflictos sólo puede venir del criterio claro según el cual hay que hacer un
uso proporcionado de los medios terapéuticos. El médico ha de respetar la dignidad de la
persona humana y no dejarse vencer por un tecnicismo médico abusivo.
27. ¿Y no es ésta una forma de eutanasia?
No. Refiriéndonos siempre al enfermo terminal y ante la inminencia de una muerte inevitable,
médicos y enfermos deben saber que es lícito conformarse con los medios normales que la
Medicina puede ofrecer, y que el rechazo de los medios excepcionales o desproporcionados no
equivale al suicidio o a la omisión irresponsable de la ayuda debida a otro, sino que significa
sencillamente la aceptación de la condición humana, una de cuyas características es la muerte
inevitable.
Pueden darse casos concretos en que sea difícil adoptar una decisión ética y profesionalmente
correcta, como sucede en otros muchos aspectos de la vida: el juez que debe decidir si alguien
es culpable o inocente cuando las pruebas no son claramente taxativas; el profesor que debe
optar entre aprobar o suspender a un alumno y tiene dudas razonables del acierto o desacierto
de cualquiera de las opciones; el padre de familia que duda entre la severidad o la indulgencia
ante un hijo con problemas, etc.
En estos casos, una norma moral adecuada es prescindir de los posibles motivos egoístas de
la propia decisión y aconsejarse de otros expertos para decidir prudentemente. Con estos
requisitos, un médico - como un juez, un profesor o un padre - puede equivocarse, pero no
cometerá un crimen.
28. Pero, ¿cómo distinguir los medios terapéuticos ordinarios de los extraordinarios?
Evidentemente, es inútil establecer una casuística objetiva de los medios ordinarios y
extraordinarios, porque eso depende de factores tan cambiantes como la situación del paciente,
el estado de la investigación en un momento dado, las condiciones técnicas de un determinado
hospital, el nivel medio de la asistencia sanitaria de uno u otro país, etc. Lo que respecto a un
paciente en unas circunstancias concretas se estima como medio ordinario, puede tener que
considerarse como extraordinario respecto a otra persona, o pasado un tiempo, o en otro lugar.
De hecho, así ocurre constantemente en la realidad cotidiana.
Ante estos problemas ciertos de interpretación, algunos prefieren no hablar de medios
ordinarios y extraordinarios, sino más bien de medios proporcionados y desproporcionados a la
situación de cada enfermo, pues de este modo se puede aquilatar mejor la decisión en cada
caso.
De acuerdo con esto, cuando existe en un enfermo en peligro próximo de muerte la posibilidad
cierta de recuperación (por ejemplo, un paciente joven en coma por un traumatismo producido en
un accidente), la Medicina considera que son proporcionados todos los medios técnicos
posibles, porque existe una esperanza fundada de salvarle la vida. El problema se manifiesta
cuando no se confía ya en la recuperación sino sólo en un alargamiento de la vida o, más
exactamente, de la agonía.
Entonces es cuando la prudencia del médico debe aconsejarle rechazar la actitud de obstinarse
en prodigar unos medios que ya son inútiles y, en todo caso, respetando la voluntad del propio
enfermo moribundo, si está en condiciones de manifestarla.
Por otra parte es legítimo que un enfermo moribundo prefiera esperar la muerte sin poner en
marcha un dispositivo médico desproporcionado a los insignificantes resultados que de él se
puedan seguir; como es legítimo también que tome esta decisión pensando en no imponer a su
familia o a la colectividad unos gastos desmesurados o excesivamente gravosos. Esta actitud,
por la ambigüedad del lenguaje, podría confundirse, para los no avisados, con la actitud
eutanásica por razones socio - económicas, pero existe una diferencia absolutamente esencial:
la que va de la aceptación de la muerte inevitable a su provocación intencionada.
29. ¿Existen, pues, unos derechos del enfermo moribundo?
Ciertamente. El derecho a una auténtica muerte digna incluye:
• el derecho a no sufrir inútilmente;
• el derecho a que se respete la Libertad de su conciencia;
• el derecho a conocer la verdad de su situación;
• el derecho a decidir sobre sí mismo y sobre las intervenciones a que se le haya de someter;
• el derecho a mantener un diálogo confiado con los médicos, familiares, amigos y sucesores en
el trabajo;
• el derecho a recibir asistencia espiritual.
El derecho a no sufrir inútilmente y el derecho a decidir sobre sí mismo amparan y legitiman la
decisión de renunciar a los remedios excepcionales en la fase terminal, siempre que tras ellos
no se oculte una voluntad suicida.
30. Y estos derechos ¿no pueden legitimar alguna forma de eutanasia "pasiva" (por omisión)?
No. Cuando la muerte aparece como inevitable porque ya no hay remedios eficaces, el enfermo
puede determinar, si está en condiciones de hacerlo, el curso de sus últimos días u horas
mediante alguna de estas decisiones:
• aceptar que se ensayen en él medicaciones y técnicas en fase experimental, que no están
libres de todo riesgo. Aceptándolas, el enfermo podrá dar ejemplo de generosidad para el bien
de la Humanidad;
• rechazar o interrumpir la aplicación de esos remedios;
• contentarse con los medios paliativos que la Medicina le pueda ofrecer para mitigar el dolor,
aunque no tengan ninguna virtud curativa; y rechazar medicaciones u operaciones en fase
experimental, porque sean peligrosas o resulten excesivamente caras. Este rechazo no equivale
al suicidio, sino que es expresión de una ponderada aceptación de la inevitabilidad de la muerte;
• en la inminencia de la muerte, rechazar el tratamiento obstinado que únicamente vaya a
producir una prolongación precaria y penosa de su existencia, aunque sin rehusar los medios
normales o comunes que le permiten sobrevivir.
En estas situaciones está ausente la eutanasia, que implica - repitámoslo - una deliberada
voluntad de acabar con la vida del enfermo. Es un atentado contra la dignidad de la persona la
búsqueda deliberada de su muerte, pero es propio de esa dignidad el aceptar su llegada en las
condiciones menos penosas posibles. Y es en el fondo del corazón del médico y del paciente
donde se establece esta diferencia entre provocar la muerte o esperarla en paz y del modo
menos penoso posible, mediante unos cuidados que se limiten a mitigar los sufrimientos
finales.
31. ¿Cómo se puede paliar el dolor del enfermo terminal?
Uno de los derechos del enfermo es el de no sufrir un dolor físico innecesario durante el proceso
de su enfermedad. Pero la experiencia nos muestra que el enfermo, especialmente el enfermo
en fase terminal, experimenta, además del dolor físico, un sufrimiento psíquico o moral intenso,
provocado por la colisión entre la proximidad de la muerte y la esperanza de seguir viviendo que
aún alienta en su interior. La obligación del médico es suprimir la causa del dolor físico o, al
menos, aliviar sus efectos; pero el ser humano es una unidad, y al médico y demás personal de
enfermería compete, junto a los familiares, también la responsabilidad de dar consuelo moral y
psicológico al enfermo que sufre.
Frente al dolor físico, el profesional de la sanidad ofrece la analgesia; frente a la angustia moral,
ha de ofrecer consuelo y esperanza. La deontología médica impone, pues, los deberes positivos
de aliviar el sufrimiento físico y moral del moribundo, de mantener en lo posible la calidad de la
vida que declina, de ser guardián del respeto a la dignidad de todo ser humano.
32. ¿Qué significa " Medicina paliativa” ?
La Medicina paliativa es una forma civilizada de entender y atender a los pacientes terminales,
opuesta principalmente a los dos conceptos extremos ya aludidos: obstinación terapéutica y
eutanasia.
Esta es una nueva especialidad de la atención médica al enfermo terminal y a su entorno, que
contempla el problema de la muerte del hombre desde una perspectiva profundamente humana,
reconociendo su dignidad como persona en el marco del grave sufrimiento físico y psíquico que
el fin de la existencia humana lleva generalmente consigo.
En definitiva, la Medicina paliativa es, ni más ni menos, un cambio de mentalidad ante el paciente
terminal. Es saber que, cuando ya no se puede curar, aún podemos cuidar; es la consciencia de
cuándo se debe iniciar ese cambio: si no puedes curar, alivia; y si no puedes aliviar; por lo
menos consuela. En ese viejo aforismo se condensa toda la filosofía de los cuidados paliativos.
33. ¿Cómo está organizada la Medicina paliativa?
La Medicina paliativa, que parece tener sus antecedentes en la Gran Bretaña, está aún
escasamente contemplada en la organización sanitaria española, y sería deseable que los
poderes públicos reconocieran con mayor sensibilidad su existencia. Se asienta básicamente en
el reconocimiento de la triple realidad que configura el proceso de la muerte inminente en la
sociedad actual: un paciente terminal con dolor físico y sufrimiento psíquico, una familia
angustiada que no acaba de aceptar la situación y sufre por el ser querido, y un médico educado
para luchar contra la muerte. Todos ellos están inmersos en una sociedad que parece no querer
admitir el fracaso cuando la muerte se considera un fracaso.
En las Unidades de Cuidados Paliativos, que son áreas asistenciales incluidas física y
funcionalmente en los hospitales, se proporciona una atención integral al paciente terminal. Un
equipo de profesionales asiste a estos enfermos en la fase final de su enfermedad, con el único
objetivo de mejorar la calidad de su vida en este trance último, atendiendo todas las
necesidades físicas, psíquicas, sociales y espirituales del paciente y de su familia. Todas las
acciones de la Medicina paliativa van encaminadas a mantener y, en lo posible, aumentar, el
sosiego del paciente y de su familia.
34. ¿Y cuáles son las necesidades que estos pacientes terminales presentan?
Son necesidades físicas, psíquicas, espirituales o religiosas, y sociales.
Las necesidades Físicas derivan de las graves limitaciones corporales y, sobre todo, del dolor,
especialmente en las muertes por cáncer, donde éste está presente en el 80 por ciento de los
enfermos terminales. Con tratamientos adecuados se pueden llegar a controlar un 95 por ciento
de los dolores.
Las necesidades psíquicas son evidentes. El paciente necesita sentirse seguro, necesita confiar
en el equipo de profesionales que le trata, tener la seguridad de una compañía que lo apoye y no
lo abandone. Necesita amar y ser amado, y tiene necesidad de ser considerado, lo que afianza
su autoestima.
Las necesidades espirituales son indudables. El creyente necesita a Dios. Es una grave
irresponsabilidad civil y política que la atención religiosa de los pacientes no esté claramente
presente en todas las clínicas e instituciones hospitalarias.
Las necesidades sociales del paciente terminal no son menos importantes para dar sosiego al
penoso trance. La enfermedad terminal produce a quien la padece y a su familia unos gastos y
no pocos desajustes familiares. Toda la atención de los componentes de la unidad familiar se
concentra generalmente en el miembro enfermo y, si la supervivencia se alarga, el desajuste
puede ser duradero. El paciente lo ve y también lo sufre.
35. ¿La Medicina paliativa es la alternativa a la eutanasia?
En realidad, no. La Medicina paliativa es más propiamente alternativa al llamado
"encarnizamiento terapéutico" u "obstinación terapéutica". No es alternativa a la eutanasia,
porque la eutanasia no es sino un grave atentado a la vida humana y a su dignidad.
Se puede decir que la Medicina paliativa ha existido siempre y ha sido ejercida tradicionalmente
por los médicos, aunque no se haya considerado técnicamente como una especialidad. Sus
principios están impresos en el juramento hipocrático y en la concepción histórica del ejercicio
médico. Pero, ciertamente, como especialización dentro de la organización sanitaria representa
una novedad, que es hacer frente a las peculiaridades del proceso de la muerte en el campo
sanitario. Este proceso se ha complicado de forma extraordinaria, y exige la aparición de un
nuevo médico, atento al máximo a los adelantos científicos y conocedor profundo de las
necesidades del paciente terminal.
36. ¿No puede considerarse, entonces, una forma de eutanasia el aplicar sustancias
analgésicas, a sabiendas de que eso puede acortar la vida del paciente?
No. Cuando el tratamiento del dolor es ya prácticamente lo único que se puede hacer por el
enfermo terminal, el efecto secundario que ciertos analgésicos tengan respecto del acortamiento
de la vida no puede considerarse como una forma de eutanasia, porque no se persigue el
destruir esa vida, sino aliviar el dolor; y este propósito paliativo puede, ante la inminencia de la
muerte, ser preferente para esperar la llegada de la muerte en las condiciones menos
angustiosas.
Es lo mismo que sucede con quien - alpinistas, bombero... - asume un riesgo cierto, pero
pretende una cosa buena sin ánimo suicida alguno. Esto es legitimo aunque eventualmente
pueda ser causa de muerte.
Por otra parte, se puede en muy buena medida dar por superada la vieja pugna entre tratar el
dolor y acortar la vida: los recientes avances en el tratamiento eficaz del dolor y de la enfermedad
terminal han reducido casi por completo el riesgo de anticipar indebidamente la muerte de
ciertos pacientes.
37. ¿En qué consiste el argumento de la "muerte digna" a que se refieren los partidarios de la
eutanasia para intentar justificarla?
Este argumento es uno de los principales que se utilizan hoy para promover la legalización de la
eutanasia. En síntesis puede formularse de esta manera: La técnica médica moderna dispone
de medios para prolongar la vida de las personas, incluso en situación de grave deterioro físico.
Gracias a ella es posible salvar muchas vidas que hace unos años estaban irremisiblemente
perdidas; pero también se dan casos en los que se producen agonías interminables y
dramáticas, que únicamente prolongan y aumentan la degradación del moribundo. Para estos
casos, la legislación debería permitir que una persona decidiera, voluntaria y libremente, ser
ayudada a morir. Esta sería una muerte digna, porque sería la expresión final de una vida digna.
38. ¿Es aceptable este argumento?
No lo es, porque en él, junto a consideraciones razonables acerca de la crueldad de la
obstinación terapéutica, se contiene una honda manipulación de la noción de dignidad. En este
argumento subyace la grave confusión entre la dignidad de la vida y la dignidad de la persona. En
efecto, hay vidas dignas y vidas indignas, como puede haber muertes dignas y muertes indignas.
Pero por indigna que sea la vida o la muerte de una persona, en cuanto tal persona tiene
siempre la misma dignidad, desde la concepción hasta la muerte, porque su dignidad no se
fundamenta en ninguna circunstancia, sino en el hecho esencial de pertenecer a la especie
humana. Por eso los derechos humanos, el primero de los cuales es el derecho a la vida, no
hacen acepción de personas, sino que, muy al contrario, están establecidos para todos, con
independencia de su condición, su estado de salud, su raza o cualquier otra circunstancia.
Es digno, ciertamente, renunciar a la obstinación terapéutica sin esperanza alguna de curación o
mejora y esperar la llegada de la muerte con los menores dolores físicos posibles; como es
digno también el preferir esperar la muerte con plena conciencia y experiencia del sufrimiento
final. Nada de eso tiene que ver con la eutanasia; la provocación de la muerte de un semejante,
por muy compasivas que sean las motivaciones, es siempre ajena a la noción de dignidad de la
persona humana.
39. ¿Estamos, pues, ante un ejemplo concreto de manipulación del lenguaje?
Consciente o inconscientemente, sí. So capaz de rechazar el empecinamiento terapéutico sin
expectativa ninguna de mejoría, lo que se patrocina en realidad es el acto positivo (por acción u
omisión, tanto da) de dar muerte a otro, como si eso mereciese la misma consideración que la
de abstenerse de emplear medios irrazonables de prolongar una existencia precaria y dejar que
el moribundo pueda vivir lo más dignamente posible su propia muerte cuando ésta llegue.
Por otra parte, la expresión "ayudar a morir" es otro ejemplo concreto de tergiversación del
sentido de las palabras, pues no es lo mismo ayudar a morir a alguien que matarlo, aunque se
le dé muerte por aparente compasión y a petición suya. La expresión “ayudar a morir" evoca una
actitud filantrópico y desinteresada, generosa y compasiva, que se desvanecería inmediatamente
si lo que se lleva a cabo mediante la eutanasia se expresara con la palabra dura, desde luego,
pero precisa, que es matar.
IV. LA SOCIEDAD ANTE LA EUTANASIA
40. La cuestión de la eutanasia ¿es un problema social?
La eutanasia fue un problema social en aquellas sociedades primitivas en que se practicaba la
eliminación de vidas consideradas inútiles, costumbre que estuvo admitida respecto a los recién
nacidos con malformaciones o los ancianos en distintos pueblos de la antigüedad, hasta que la
influencia del cristianismo acabó con tales prácticas inhumanas. Desde la llegada del
cristianismo, la eutanasia dejó de ser un problema social hasta el siglo XX, en que algunos
vuelven a convertirla en problema al pretender su legalización.
Desde los años 30 de este siglo se vienen constituyendo asociaciones en defensa de la
eutanasia y se han propuesto leyes permisivas, que habitualmente han sido rechazadas, en
distintos países. Sin embargo, la actitud a favor de la eutanasia de estos pequeños grupos, y
cierta mentalidad de relativización del respeto debido al ser humano (que se expresa, por
ejemplo, en el aborto), van calando en la sociedad, convirtiendo de nuevo a la eutanasia en un
problema social que vuelve a aparecer después de haber sido superado durante siglos.
41. La aceptación de la eutanasia, ¿no es, pues, un signo de civilización?
No. Lo que es un signo de civilización es justamente lo contrario, es decir, la fundamentación de
la dignidad de la persona humana en el hecho radical de ser humana, con independencia de
cualquier otra circunstancia como raza, sexo, religión, salud, edad, habilidad manual, o
capacidad mental o económica. Esta visión esencial del hombre significa un progreso cualitativo
importantísimo, que distingue justamente a las sociedades civilizadas de las primitivas, en las
que la vida del prisionero, el esclavo, el deficiente o el anciano, según épocas y lugares, era
despreciada.
Los progresos científicos y técnicos en la lucha contra el dolor, tan propios de la era moderna,
pueden dar esta falsa apariencia de civilización a la eutanasia, en la medida en que se la
presenta como una forma más de luchar contra el dolor y el sufrimiento. Pero ya sabemos que
eutanasia no es eso, sino eliminar al que sufre para que deje de sufrir. Y eso es incompatible
con la civilización, pues revela un desprecio profundo hacia la dignidad radical del ser humano.
Un ser humano no pierde la dignidad por sufrir; lo indigno es basar su dignidad en el hecho de
que no sufra.
Es más, resulta especialmente contradictorio defender la eutanasia precisamente en una época
como la actual, en la que la Medicina ofrece alternativas, como nunca hasta ahora, para tratar a
los enfermos terminales y aliviar el dolor. Es probable que este resurgimiento de las actitudes
eutanásicas sea una consecuencia de la conjunción de dos factores: por un lado, los avances de
la ciencia en retrasar el momento de la muerte; por otro, la mentalidad contemporánea dé
escapar, de huir del dolor a todo trance y de considerar el sufrimiento como un fracaso. De esta
negación de la realidad surge la contradicción.
42. ¿Se pueden prever los efectos sociales de aceptar la eutanasia?
En épocas recientes la eutanasia no ha sido legal en ningún país - salvo la experiencia nazi -,
pero podemos fácilmente prever lo que pasaría si contrastamos los datos que nos aporta la
legalización del aborto en este siglo y el conocido como "caso holandés", experiencia social de
admisión práctica de la eutanasia que recientemente ha recibido una cierta cobertura legal.
La experiencia del aborto acredita que las leyes permisivas se aprueban presuntamente para dar
solución a determinados casos extremos especialmente dramáticos para la sensibilidad común,
pero acaban creando una mentalidad que trivializa el aborto provocado hasta convertirlo en un
hecho socialmente admisible que se realiza por motivos cada vez más nimios. Con la eutanasia
no tiene por qué ocurrir algo distinto: la legislación permisivo se nos presentaría como una
solución para "casos límite" de "vida vegetativa", "encarnizamiento terapéutico", etc. y acabaría
siendo una opción normal ante casos de enfermedad o declive biológico más o menos
irreversible.
El proceso descrito responde a la más elemental psicología humana: cuando algo prohibido se
permite y empieza a practicarse, se va considerando cada vez más como normal, máxime si
resulta un buen negocio para algunos, ayuda a eliminar situaciones engorrosas para otros y
además es defendido por algunas corrientes ideológicas.
En Holanda se está viviendo desde hace años una triste experiencia de admisibilidad práctica de
la eutanasia - caso único en el mundo -. Un testigo de esta realidad, Richard Fenigsen,
cardiólogo holandés, la describe: "Los médicos de cabecera holandeses practican la eutanasia
activa voluntaria en unos 5.000 pacientes al año. La cifra más elevada de 10.000 probablemente
también incluya a los pacientes de hospitales. Sin embargo, se han llegado a mencionar cifras
del orden de los 18.000 a 20.000 casos al año. (...) El 81% de los médicos de cabecera
holandeses ha realizado la eutanasia en algún momento de su carrera profesional; un 28%
realiza la eutanasia a dos pacientes al año y un 14% de tres a cinco pacientes al año. (...)
Un gran número de personas en Holanda lleva consigo un testamento en el que pide que se le
realice la eutanasia "en caso de lesiones corporales o perturbaciones mentales de las que no
se pueda esperar una recuperación suficiente para llevar una existencia digna y razonable".
Recientemente estos testamentos escritos han sido reemplazados por pequeñas "tarjetas de
crédito para una muerte fácil". En 1981 el número de personas portadoras de estas tarjetas era
de 30.000, pero se calcula que este número es mucho más alto ahora. (...)
La aceptación de la eutanasia activa "voluntaria" crece entre los holandeses. Según dos
encuestas realizadas en años consecutivos, en 1985 un 70% de los holandeses aceptaba la
eutanasia activa, mientras que en 1986 lo hacía un 76% (...) Mucha gente acepta que se deba
negar el tratamiento a personas con minusvalías serias, a personas mayores e incluso a
individuos sin familia. Es más, las encuestas demuestran que la mayoría de las personas que
defienden la eutanasia voluntaria, la libertad de elección y el derecho a morir, también aceptan la
eutanasia activa involuntario, es decir, la negación de la libertad de elección y del derecho a la
vida" (...)
Los médicos holandeses dejan morir al menos a 300 bebés minusválidos recién nacidos;
deniegan operaciones de enfermedades congénitas de corazón a niños con síndrome de Down,
negándose a anestesiarlos; y se niegan a Implantar marcapasos a pacientes mayores de 75
años o a tratar de edema pulmonar a pacientes ancianos que carezcan de familiares cercanos.
Algunos médicos justifican estas acciones diciendo que es interés de los pacientes el morir
cuanto antes, pero frecuentemente la explicación es que no se debe imponer a la sociedad la
carga de mantener vivos a estos pacientes. Estas decisiones se toman sin el conocimiento de
los pacientes y en contra de su voluntad".
Legalizada la eutanasia, se abrirían las puertas a prácticas siniestras, pues la compasión podría
ser utilizada como disculpa para justificar la eliminación de los débiles, los deficientes, los
terminales. Se hablan "comprensibles" presuntos intereses públicos en la eliminación de los
que representan una carga para la sociedad sin aportar utilidad material alguna; hasta llegar a
crear la presión psicológica suficiente para que se sientan casi obligados a pedir su eliminación
quienes, por su edad o estado, se sientan carga "insoportable" para los demás. No se trata de
un puro ejercicio de imaginación, y el testimonio citado así lo indica.
43. ¿Cuáles son, desde la óptica del paciente terminal, los principales efectos de la aceptación
de la eutanasia?
El principal efecto es el miedo. Miedo a que los que le rodean puedan diagnosticar que es
acreedor a la eutanasia; miedo a los profesionales de la sanidad; miedo a los familiares; miedo
a las instituciones asistenciales.
En efecto, una sociedad en la que la eutanasia es delito transmite el mensaje de que toda vida
tiene valor, que el enfermo terminal puede tener la tranquilidad de que los médicos y sus
familiares se empeñarán en apoyar su vida y su muerte dignas y en las mejores condiciones.
Por el contrario, una sociedad en que la eutanasia no se persigue ni se castiga por los poderes
públicos, está diciendo a sus miembros que no importa gran cosa que sean eliminados si ya no
se les ve futuro o utilidad. En una sociedad con la eutanasia legalizada, el anciano o el enfermo
grave tendían un muy justificado miedo a que el profesional de la sanidad o cualquier persona de
la que dependieran por una u otra razón, no fueran una ayuda para su vida, sino unos ejecutores
de su muerte.
44. Pero todo eso afecta a la eutanasia no deseada voluntariamente. Si lo que se admitiera fuera
sólo la eutanasia voluntaria, ¿no se producirían efectos sociales positivos?
Este es un error bastante extendido, que la experiencia misma se ha encargado de desmentir
una y otra vez. En efecto:
a) La experiencia de los casos de eutanasia que se han visto ante los Tribunales de los países
de nuestro entorno en las últimas décadas acredita que los partidarios de la eutanasia dan con
suma facilidad el paso que va de aceptar la petición voluntaria de un paciente para ser” ayudado
a morir”, " ayudar a morir” quien, a su juicio, debería hacer tal petición dado su estado, aunque de
hecho no lo solicite. Así ha sucedido en los conocidos casos de eutanasia de enfermos de SIDA
en Holanda, del Doctor Hackethal y la enfermera M. Roeder en Alemania o de las enfermeras del
Hospital austríaco de Lainz, entre otros. Si a una persona en una situación dada es legítimo
matarla a su petición, nada tiene de extraño que a quien está en la misma situación - pero sin
posibilidad de pedir la muerte - se le presuponga igualmente un deseo de morir.
b) La experiencia de la Alemania de los años 30 y 40 de este siglo demuestra cómo se puede
pasar, fácil y rápidamente, de las teorías científicas pro eutanasia a la práctica de una eutanasia
realizada por motivos cada vez más subjetivos, relativos y baladíes. Ciertamente eso se vio
favorecido por un entorno dictatorial, pero un entorno distinto no asegura que el fenómeno no
pueda repetirse.
c) La experiencia de Holanda, donde está ya creada una mentalidad permisivo de la eutanasia,
es que se crea paralelamente una lo coacción moral" que lleva a los terminales o " inútiles” a
sentirse obligados a solicitar la eutanasia. Un grupo de adultos con minusvalías importantes
manifestaba recientemente ante el Parlamento holandés: "Sentimos que nuestras vidas están
amenazadas... Nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad...
Mucha gente piensa que somos inútiles... Nos damos cuenta a menudo de que se nos intenta
convencer para que deseemos la muerte... Nos resulta peligroso y aterrador pensar que la nueva
legislación médica pueda incluir la eutanasia".
La experiencia muestra que las campañas a favor de la eutanasia siempre se han iniciado
asegurando sus promotores que, en todos los casos, debe ser voluntaria, es decir, querida y
solicitada expresamente por quien va a recibir la muerte por este procedimiento. Pero también la
experiencia acredita que el paso siguiente - pedir la eutanasia para quien no está en condiciones
de expresar su voluntad: el deficiente, el recién nacido, el agónico inconsciente - es sólo cuestión
de tiempo, porque ya ha quebrado el principio del respeto al derecho fundamental a la vida. Es
más: cuando se inician los debates acerca de la legalización de la eutanasia siempre se
produce la misma contradicción: se insiste en legalizar sólo la eutanasia voluntaria, pero para
ilustrar los "casos límite" se ponen, en cambio, ejemplos de enfermos terminales inconscientes
y, por lo tanto, incapaces de manifestar su voluntad.
La diferencia entre eutanasia voluntaria e involuntario no existe en la práctica: una vez legalizada
la primera, fácilmente se cae en la segunda, puesto que los casos prácticos surgen
inmediatamente, y ya está relajada la capacidad social de defender la vida de los inocentes.
45. ¿Cómo afecta la eutanasia a la institución familiar?
Dado que todos los ordenamientos jurídicos reconocen - en una u otra medida - el derecho de
los familiares más cercanos a decidir por el enfermo o incapaz no posibilitado de expresar por sí
mismo su voluntad, la posibilidad teórica de que los familiares decidan que procede la eutanasia
introduce en las relaciones familiares un sentimiento de inseguridad, confrontación y miedo,
totalmente ajeno a lo que la idea de familia sugiere: solidaridad, amor, generosidad. Esto es así
sobre todo si se tiene en cuenta la facilidad con que se pueden introducir motivos egoístas al
decidir unos por otros en materia de eutanasia: herencias, supresión de cargas e
incomodidades, ahorro de gastos...
Desde otra perspectiva, en una familia donde se decide aplicar la eutanasia a uno de sus
miembros, la tensión psicológica y afectiva que se genera al haber propiciado un homicidio
puede ser, y es de hecho, fuente de problemas e inestabilidades emocionales, dadas las
inevitables connotaciones éticas de tal conducta.
46. Pero ¿no puede responder cierta aceptación social de la eutanasia a un verdadero
sentimiento de compasión hacia el que sufre y no tiene remedio?
Desde el punto de vista puramente subjetivo, puede ser: alguien - médico, familiar - puede estar
convencido de que hace un bien a otro procurando su muerte. Pero si convirtiésemos la
sensibilidad personal, los sentimientos subjetivos, en fuente de la moralidad de los propios
actos, se podría llegar a conclusiones objetivamente inhumanas: un príncipe europeo medieval
podía creer sinceramente que aplicando tormento al reo le hacia un bien, puesto que de esta
manera diría la verdad y salvara su alma en el patíbulo; un estadounidense del siglo XVIII podía
pensar que tener esclavos era una forma de ayudarlos a sobrevivir; y un padre de familia de
finales de este siglo puede pensar que matar a un hijo recién nacido subnormal es ayudarle a
evitar sufrimientos futuros.
Los sentimientos del príncipe medieval, del americano del siglo XVIII y del padre infanticida
contemporáneo aludidos pueden ser subjetivamente bondadosos, pero son objetivamente
inhumanos. Lo mismo sucede respecto a la eutanasia: quien decide practicarla o ayuda a que
se practique puede actuar creyendo que beneficia a quien da muerte, pero objetivamente su
acción es repudiable, pues está arrogándose el derecho de decidir qué es bueno o malo para el
otro. Si la convivencia social hubiera de fundamentarse sobre los sentimientos subjetivos, con
olvido de las realidades morales objetivas, no habría posibilidad de establecer normas
generales de comportamiento y estaríamos en la selva, donde imperaría la ley del más fuerte, ya
que por definición toda acción voluntaria es vista por su autor como un bien.
47. ¿Es, pues, posible la instauración del egoísmo bajo apariencia de piedad?
Sí, es perfectamente posible, porque los hombres tendemos con mucha facilidad a justificar
cualquier medio cuando el fin nos parece bueno. En este siglo hemos visto a relevantes
intelectuales cerrando los ojos ante los crímenes estalinistas, o incluso justificándolos, por
compartir el fin "progresista" que ellos suponían en la política de Stalin; o a quienes han
justificado atentados a los derechos humanos perpetrados por ciertos regímenes de
Sudamérica, por compartir el proclamado fin anticomunista de esas dictaduras.
En el terreno del derecho a la vida y a la integridad física este fenómeno ya se está produciendo:
como es bueno tener hijos y el deseo de ellos es natural, hay matrimonios que creen positivo
tener hijos por medio de las técnicas de reproducción asistida, aunque éstas lleven consigo
inevitablemente la destrucción de embriones; padres buenos y piadosos solicitan para sus hijos
subnormales la esterilización, porque tratan con ello de evitar el embarazo de la incapaz; madres
a quienes se diagnostica la grave deficiencia del niño que crece en su seno abortan para evitarle
una vida desgraciada. En todos estos casos el fin - visto como bueno subjetivamente - lleva a
cometer gravísimos males objetivos.
En principio, todos afirman que el fin no justifica los medios, pero en la vida práctica y concreta -
en el caso particular que a cada uno preocupa - por desgracia no se guarda coherencia entre el
eso muchas personas buenas defienden que, si no les afectasen personalmente, les parecerían
inadmisibles.
Con la eutanasia se está produciendo un fenómeno como el descrito: algunas personas que se
horrorizarían sólo de pensar que alguien pueda matar a su padre, su esposa o su hijo,
comprenden la eutanasia bajo la presión de la imagen del dolor, la enfermedad o la
degradación: física, sin ser consecuentes con la realidad de que la eutanasia implica matar, por
muchos eufemismos con que se disfrace esta acción.
48. Pero hay ocasiones en que la vida de algunos enfermos o discapacitados es casi sólo
vegetativa. ¿No deberían considerarse estas situaciones con otro criterio?
En efecto, hay personas que piensan, incluso de buena fe, que hay situaciones en las cuales la
vida humana está tan deteriorada, que no puede decirse que sea propiamente humana, es decir,
propia de seres racionales y libres: un enfermo con una lesión cerebral irreversible, en estado de
inconsciencia, conectado a un respirador, puede mantenerse así mucho tiempo, pero vive una
vida puramente vegetativa, es como un vegetal; su vida no puede decirse que sea propiamente
humana; un deficiente profundo, incapaz de expresarse y aun de conocer, inmerso
irreversiblemente en las tinieblas de su mente dañada, sólo con sarcasmo puede decirse que
lleve una vida humana. Para quienes así razonan, el mantener a estas personas con vida es,
más que un acto de protección y respeto, una forma de tortura disfrazada de humanitarismo. Es
necesario, pues - concluyen -, plantearse seriamente la legalización de la eutanasia para estos
casos extremos y definitivos, por doloroso que sea, porque una vida así no merece ser vivida.
49. ¿Y no es aceptable este argumento?
No lo es, porque el derecho a la vida deriva directamente de la dignidad de la persona, y todos
los seres humanos, por enfermos que estén, ni dejan de ser humanos ni su vida deja de
merecer el máximo respeto. Olvidar este principio por la visión dramática de minusvalías
profundas conduce inexorablemente a hacer depender el derecho a la vida de la calidad de ésta,
lo que abre la posibilidad de colocar la frontera del derecho a la vida con arreglo a "controles de
calidad" cada vez más exigentes, según el grado de egoísmo o de comodidad que impere en la
sociedad.
Este proceso se llevó al extremo con los programas eutanásicos a gran escala de la época nazi,
que se iniciaron también con un caso límite de "muerte por compasión", el de un niño ciego y
subnormal con sólo dos extremidades, internado a finales de 1938 en la crónica pediátrica de la
Universidad de Leipzig; la abuela de ese niño solicitó a Hitler que le garantizase la "muerte por
compasión", cosa que ocurrió seguidamente. A partir de entonces, Hitler ordenó poner en
marcha un programa que aplicase los mismos criterios de misericordia" a casos similares. El
18 de agosto de 1939 se dispuso la obligación de declarar a todos los recién nacidos con
defectos físicos.
La experiencia del nazismo no es de la remota antigüedad o de un pueblo salvaje y primitivo,
sino de mediados del siglo XX y de uno de los pueblos más tecnificados y cultos de su época.
Tampoco se refiere a un pueblo señaladamente sanguinario e inhumano, sino a un pueblo
normal, en el que sólo unos 350 de los 90.000 médicos alemanes aceptaron la realización de
estos crímenes, con los resultados escalofriantes que después se han conocido. Y todo esto fue
posible porque se aceptó la teoría de las "vidas humanas sin valor vital", es decir, las vidas que,
por su precariedad, no merecen ser vividas.
Este argumento en favor de la eutanasia se sustenta también en otro error grave, que es el de
concebir al cuerpo humano como un objeto, contrapuesto al propio hombre como sujeto; según
eso, el hombre seria el sujeto, que "tiene" un cuerpo al que puede utilizar, manipular, incluso
suprimir, en aras de la dignidad de ese sujeto personal. Este error profundo niega la realidad
humana, al negar que el ser humano es cuerpo y espíritu, cuerpo y mente, y que ambos
elementos constituyen al ser humano de manera indisociable.
La persona humana no es el mero espíritu, al que convendrían las cualidades de la persona
como sujeto: libertad, responsabilidad, valor moral, etc., mientras que el cuerpo sería un mero
objeto, perteneciente al orden de las cosas, y por lo tanto carente de valor moral y de dignidad
merecedora de respeto. Si se incurre en este error antropológico, es inevitable acabar
defendiendo la eliminación de aquellos seres humanos a quienes la cárcel de sus cuerpos
defectuosos impide el desarrollo pleno de su humanidad. Pero la persona humana no es un
sujeto pensante y libre que se haya instalado en un cuerpo; la persona humana es (también)
cuerpo, y por eso el respeto a la dignidad de la persona es absolutamente incompatible con la
falta de respeto radical al cuerpo, hasta el punto de suprimirlo por ser gravemente deficiente.
50. Si son así las cosas, ¿no se manipula también el significado de las palabras al hablar de
"vidas verdaderamente humanas"?
Sin duda alguna. La expresión "vida vegetativa", que es un tecnicismo que expresa la realización
de determinadas funciones vitales, evoca la noción de “vegetal", con lo que se trivializa la muerte
de un ser humano deficiente, al asimilarlo vagamente a una especie de planta. Por otra parte, la
expresión "vida verdaderamente humana", aplicada a estos casos, se emplea metafóricamente,
en el sentido de que es una vida humana plenamente lograda, en posesión de todas sus
posibilidades, en contraste con una vida disminuida de hecho. Pero es evidente que la vida de un
ser humano, por deteriorada que esté, no puede dejar de ser una vida humana. Y mediante esta
metáfora se pretende justificar una consecuencia - la muerte física - que nada tiene de
metafórico.
51. ¿No puede ser la eutanasia una manifestación de solidaridad social?
Los defensores de la eutanasia así lo exponen conforme a la siguiente argumentación: la
enfermedad, invalidez o vejez de algunas personas ha llegado a extremos que convierten esas
vidas en vidas sin sentido, inútiles y aun seriamente gravosas, no sólo para los familiares y
allegados, sino también para las arcas públicas, que tienen que soportar cuantiosísimos
dispendios en prestaciones sanitarias de la Seguridad Social y subsidios de diversa índole, con
la carga que eso supone para los contribuyentes. Estas situaciones se prolongan, además,
gracias a los avances de la investigación científica que han logrado alargar considerablemente
las expectativas de vida de la población. Por consiguiente, el Estado tiene el derecho, y aun el
deber, de no hacer que pese sobre la colectividad la carga del sostenimiento de estas vidas sin
sentido. El efecto de esta acción redundará en beneficio del conjunto de la colectividad, lo que no
deja de ser una manifestación de solidaridad social.
El argumento de las "vidas improductivas", por razones fáciles de comprender, nunca se plantea
en los inicios del debate social sobre la eutanasia, pero tampoco faltan quienes, en foros
restringidos o en ambientes académicos, mencionan las "vidas sin sentido” como candidatas a
la eutanasia por razones socioeconómicas.
52. ¿Es aceptable esta argumentación?
No lo es en manera alguna. El sacrificio de seres humanos enfermos, ancianos o impedidos
para que no resulten gravosos a los familiares, o para mejorar las condiciones económicas de la
colectividad es una manifestación de totalitarismo, es decir, de prevalencia de la colectividad
sobre los individuos hasta el extremo de despreciar el derecho de éstos incluso a vivir si son un
estorbo para aquella. Por duro que resulte, se hace preciso recordar lo que ocurrió en el régimen
hitleriano, donde bajo el nombre de eutanasia lo que se acabó realizando fue el genocidio de los
considerados "parásitos inútiles", esto es, "vidas sin sentido", según el eufemismo de quienes
propugnan la eutanasia por razones socioeconómicas.
De nuevo aparece aquí la perversión profunda de los valores humanos y sociales, y queda
enmascarada bajo una presunta "solidaridad social" la manifestación más atroz de
insolidaridad, que consiste en la eliminación física de los conciudadanos gravosos, molestos o
Inútiles. No estamos, pues, aquí, sólo ante una tergiversación del sentido de las palabras, sino
ante su completa vuelta del revés.
53. Si tan rechazable es la eutanasia, ¿cómo es que hay personas y grupos que promueven
socialmente su aceptación?
El hecho de que ciertas legislaciones, o determinados comportamientos sociales, sean
rechazables y aun monstruosos, no significa que sean vistos siempre así por todos en todas las
épocas. La historia está plagada de ejemplos a este respecto. En el caso de la eutanasia en
este tiempo presente, lo primero que hay que decir es que las personas y los grupos que apoyan
una legislación eutanásica constituyen una minoría exigua en relación con el conjunto de la
sociedad. Pero esto no quiere decir que en un futuro no pueda aumentar esta proporción, porque
es perceptible que están en marcha campañas de influencia sobre la opinión pública en este
sentido.
54. ¿Existen estas campañas? ¿En qué consisten?
Por desgracia, existen, del mismo modo que existen en relación con el aborto, según se ha
podido saber cuando algunos de sus promotores comprendieron el alcance terrible de su
trabajo, se arrepintieron públicamente y dieron a conocer las técnicas de que se hablan servido
para intoxicar a la opinión pública.
Las campañas tendentes a promover opiniones favorables a la eutanasia suelen desarrollarse
de esta manera:
• lo primero que se presenta es un "caso límite": se busca un ejemplo de situación terminal
especialmente llamativa que excite la sensibilidad colectiva para justificar la eutanasia en ese
caso tan dramático y singular. Admitido un caso, desaparecen las razones serias para no admitir
otros parecidos, y otros más, en una pendiente cada vez más permisiva. Es el mismo proceso
que hemos visto ya respecto al aborto: aquí la niña oligofrénica violada por su padre es sustituida
por el enfermo intubado con funciones sólo vegetativas, para generar un sentimiento de
compasión en la opinión pública que la conduzca a estar a favor de que se arregle ese
"problema". A la vez se silencia que "arreglar ese problema" supone matar, como en las
campañas pro aborto se oculta que "arreglar el problema" de la niña violada es, en la propuesta
abortiva, matar a un ser humano.
• esto se complementa con eufemismos ideológicos y semánticos, aprovechando la complejidad
conceptual y terminológica que reviste el fenómeno de la eutanasia según se ha explicado en el
capítulo I. Así, no se hablará nunca de "matar al enfermo" o, más suavemente, de "quitarle la
vida" siquiera, sino de "ayudarle a morir", facilitarle la "culminación de la vida", lograr su "auto
liberación", etc., eufemismos que intentan apartar la atención de la realidad material de lo que se
preconiza: que un hombre pueda impunemente matar a otro.
• paralelamente, a los defensores de la vida frente a la eutanasia la se les procura presentar
como retrógrados, intransigentes, contrarios a la libertad individual y al progreso, etc.; de este
modo el debate se distrae y no se escuchan con serenidad y ecuanimidad las opiniones a favor
de la dignidad humana, sino a través de los prejuicios creados sobre sus defensores.
• como quiera que muchas confesiones religiosas, especialmente las de raíz cristiana - no sólo
la Iglesia Católica, desde luego -, reaccionan vivamente contra los intentos de legalizar la
eutanasia dada su gravedad moral, se pretende transmitir la falsa idea de que la eutanasia es
una pura cuestión religiosa, íntima, de mera conciencia individual, y que, por lo tanto, mientras la
eutanasia no sea obligatoria debe aceptarse en una sociedad pluralista.
Como complemento de estas estrategias se promueven encuestas para afirmar a continuación
que la mayoría de los ciudadanos, de los médicos o de los enfermos de cáncer están a favor de
la eutanasia. La experiencia universal en materia de eutanasia es que esas encuestas no son
fiables, dada la confusa terminología al respecto y los componentes emocionales del tema:
según cómo se planteen las preguntas y se interpreten las respuestas se pueden conseguir
resultados interpretables de cualquier manera. Recientemente en España hemos visto un caso
modélico al respecto: los titulares de prensa anunciaban que, según una encuesta, la mayoría
de los médicos de Barcelona estaban a favor de la eutanasia. Analizado el contenido real de tal
encuesta, resulta que los tales médicos están en contra de la obstinación terapéutica y en contra
de la eutanasia, es decir, opinan lo mismo que lo que expresa este documento, pero su opinión
ha sido manipulada en servicio de una idea que no comparten.
55. Sin embargo, ¿no es verdad que pretender que la eutanasia sea perseguida como delito
supone que una parte de la soledad pretende imponer a otra parte su propia moral o religión?
No, en modo alguno. La defensa de la dignidad de la persona y de sus derechos, incluido el
primero de ellos, que es el derecho a la vida, ha de ser fin primigenio de la sociedad y del
Estado, pues de lo contrario la institucionalización por la sociedad del poder público y los
instrumentos de éste, como el Derecho, no serían más que expresión de violencia al servicio de
la pura fuerza.
Defender la vida frente a la eutanasia (como frente al aborto provocado) no es una postura
religiosa, sino humanista, aunque a ella puedan coadyuvar motivos religiosos en el caso de los
creyentes.
Las sociedades y los Estados tienen obligación de poner los medios, también los jurídicos, para
que no se mate a seres humanos, y por tanto, también para que no se practique la eutanasia,
que es una forma de matar; del mismo modo que tienen obligación de poner los medios para
que no se asesine, se viole o se robe. Cuando el Estado prohibe y sanciona la violación no está
defendiendo la moral católica de forma intransigente frente a otras opiniones, aunque coincida
con la moral católica en que la violación debe ser rechazada. Lo mismo sucede respecto a la
eutanasia.
56. Si, a pesar de todo, en una nadan concreta se diese un consenso mayoritariamente favorable
a la eutanasia en determinados casos especialmente graves ¿no sería admisible tal práctica en
esos casos?
No. Lo único que pasara es que los poderes públicos no perseguirían ni castigaran a quienes
mataren a otros en los supuestos eutanásicos, porque habrían admitido la legitimidad de la
violencia y la pura fuerza como criterio regulador de la relación entre los particulares.
En tal caso la eutanasia regula siendo lo que realmente es: el acto por el que un ser humano da
muerte a otro. Y este acto - aunque se haga con el beneplácito de las leyes - es intrínseca y
esencialmente reprobable, como lo es discriminar a la mujer respecto al hombre en Irak, o
torturar y matar judíos, o anticomunistas, o comunistas en la Alemania nazi, la Camboya Jmer o
ciertas dictaduras hispanoamericanas recientes, respectivamente. El que las leyes y los poderes
públicos amparen conductas contrarias a la dignidad humana no hace a tales conductas lícitas,
sino a tales leyes rechazables e ilegítimas por inhumanas.
57. Respecto a la eutanasia ¿se limitan las obligaciones de la sociedad a su persecución como
delito?
Evidentemente, no. La sanción penal es una última garantía frente a las actitudes homicidas,
pero no es ésta la única medida operativo en el terreno real en que se evita la eutanasia: Tan
importante, o acaso más, y desde luego previa a la norma penal, es la actitud de las personas y
los grupos sociales frente al enfermo, al anciano, al minusválido.
La mentalidad eutanásica prospera mejor en un clima social de rechazo a todo lo que suponga
sacrificio, esfuerzo por el otro, preeminencia de lo inmaterial sobre lo material. Si los valores
predominantes son el culto al cuerpo, el bienestar material, el egoísmo ajeno a la solidaridad
humana, el desprecio a la familia y el economicismo materialista - y ésta es una realidad en
auge en nuestra sociedad -, nada de extraño tiene que una concepción de la vida basada en el
puro pragmatismo utilitarista caracterice la actitud de algunos frente a quienes son vistos no
como seres humanos, sino como fuentes de gastos que no aportan ingresos; no como
miembros queridos de la familia, sino como obstáculos inadmisibles para el desarrollo
personal; no como pacientes, sino como sobrecarga absurda de trabajo sin sentido.
Si queremos que en nuestra sociedad los hábitos de conducta y los valores respetados sean
coherentes con un deseable humanismo y, por tanto, reacios a prácticas como la eutanasia,
será preciso que en tal sociedad:
• la muerte no sea un tema tabú, sino un hecho natural que forma parte de la vida humana como
el nacer, el crecer, la condición sexuada o la inteligencia; nadie - ni jueces, ni legisladores, ni
médicos - se pueda atribuir el derecho a decidir que algunos seres humanos no tienen derechos
o los tienen en menor grado que los demás por sus deficiencias, color, sexo, edad o estado de
salud;
• la familia sea respetada y querida como ámbito natural de solidaridad entre generaciones, en
las que se acoge, se protege y se cuida a los miembros sanos y a los enfermos, a los jóvenes y
a los ancianos, a los no deficientes y a los que lo son;
• no se considere la organización hospitalaria como el ámbito en el que son abandonados los
enfermos y ancianos, sino que el hogar vuelva a ser lugar de acogida natural en la enfermedad y
ancianidad y donde la muerte se viva con cariño y lucidez;
• surjan iniciativas sociales de atención a los enfermos terminales en un clima humano,
respetuoso con la persona y su dolor y técnicamente preparado para ayudar a afrontar
dignamente la muerte sintiéndose persona, como es el caso de los "hospices" británicos
inspirados por la doctora Cicely Saunders, obra que hace más para evitar la eutanasia que un
millón de discursos;
• la Medicina se oriente hacia la atención de la persona, no limitándose a un puro esfuerzo
tecnológico por alargar la vida.
Este último aspecto merece una especial atención, pues la mentalidad eutanásica transforma,
aun sin quererlo, a los médicos en una especie de verdugos, y se hace preciso que los médicos
sean impulsores y protagonistas de una práctica médica preocupada por el hombre y su
dignidad en la línea de lo que hoy - como hemos visto antes - se conoce como Medicina paliativa.
V. EL ESTADO ANTE LA EUTANASIA
58. La cuestión de la eutanasia, ¿es un problema político?
Lo es, sin duda, porque uno de los deberes primordiales del Estado es el de respetar y hacer
respetar los derechos fundamentales de la persona, el primero de los cuales es el derecho a la
vida, y la eutanasia no es sino la destrucción de vidas humanas inocentes en determinadas
condiciones.
59. ¿Reconoce el ordenamiento jurídico español el derecho a la vida?
Sí. La Constitución española reconoce el derecho a la vida de todos los seres humanos, y el
resto de las leyes, en especial el Código Penal, protegen este derecho prohibiendo todo
atentado contra la vida de cualquier ser humano e imponiendo las más severas penas a quien
quita la vida a otro.
No obstante, en los últimos años algunas leyes han roto el tradicional principio de protección
absoluta del derecho a la vida, permitiendo, o no castigando, el atentar contra la vida de los
concebidos y aún no nacidos mediante el aborto, o la destrucción de los embriones humanos
creados en el laboratorio. Tales leyes sobre el aborto y las técnicas de procreación artificial han
abierto una brecha en la línea coherente de protección jurídica de la vida humana, que algunos
pretenden ahora a - ampliar aún más mediante la permisión de la eutanasia.
Por el contrario, también en los últimos años, se va extendiendo un consenso ético sobre la
necesidad de prohibir la pena de muerte, prohibición que loablemente establece la Constitución
española.
60. ¿Cómo protegen las normas jurídicas y los Estados el derecho a la vida de los seres
humanos?
Los Estados se comprometen activamente en la defensa de la vida humana mediante muchas
de sus actividades, y también a través de leyes y otras normas jurídicas.
Las normas que regulan el tráfico rodado o la existencia y funcionamiento de hospitales, las
instituciones como la policía o el ejército, la lucha contra las epidemias, la práctica de las
profesiones sanitarias; las normas sobre seguridad en el trabajo, la regulación de la calidad de
los alimentos, y mil actividades y leyes más que el Estado promueve o ampara, son otras tantas
expresiones del compromiso del Estado y de la sociedad en la defensa de la vida humana y de
su calidad.
Como de todos modos resulta imposible evitar que aparezcan quienes, por unos motivos u
otros, se niegan a respetar el derecho a la vida de los demás, todos los pises civilizados
protegen también penalmente la vida humana, considerando como delito los ataques a la vida, y
amenazando a quienes lo cometan con los castigos más graves que existen en cada país. En
España, la ley que protege la vida humana mediante la amenaza de cárcel es el Código Penal.
61. ¿Cómo protege el Código Penal español la vida humana?
El Código Penal español protege la vida humana considerando como delito toda acción
voluntaria realizada por una persona para matar a otro ser humano; y estableciendo que a quien
mate a otro se le impondrá la pena de privación de libertad más grave que existe en España.
Los delitos contra la vida humana que establece y castiga el Código Penal llevan distintos
nombres según las circunstancias del crimen, del criminal o de la víctima: aborto, si se mata a
un no nacido; infanticidio, si se mata a un recién nacido para evitar la deshonra de la madre;
asesinato, si se mata a otro en circunstancias que conllevan una especial maldad (a cambio de
dinero, con premeditación, con ensañamiento, etc.); parricidio, si se mata a ascendientes,
descendientes o cónyuge, y homicidio, si se mata a otro sin que concurra ninguna de las
circunstancias mencionadas.
Existen otros delitos previstos en el Código Penal que también pretenden proteger, entre otras
cosas, a la vida humana: son, por ejemplo, el no socorrer a quien está en peligro, o prestar
ayuda a otro para suicidarse, o provocar incendios o inundaciones... y otros muchos más.
62. ¿No distingue el Código Penal el castigo que merece quien mata a otro según sea el grado
de salud de la víctima, o la utilidad de su vida?
Dejando ahora de lado la cuestión del aborto, que no es el tema que nos ocupa, el Código Penal
protege a todo ser humano y su derecho a vivir frente a cualquiera que lo quiera matar. Da lo
mismo que la víctima esté sana o enferma, sea recién nacida o anciana, útil o inútil para la
sociedad, deficiente física, sensorial o psíquica, o sana. También da lo mismo que quien mata lo
haga por crueldad o por compasión, por motivos ideológicos o por cualquier otra motivación:
Matar a otro siempre es delito, y el que lo comete es castigado con la pena correspondiente.
Es lógico que así sea, porque todo ser humano tiene a la vida por el mero hecho de pertenecer a
la especie humana, por ser ida por el mero uno de nosotros, con independencia de su edad,
raza, grado de salud o cualquier otra circunstancia. Este es un convencimiento básico de la
humanidad, fundamento de la conciencia ética, que, gracias al progreso moral y jurídico de los
hombres y las naciones, ha llegado a ser afirmado por todas las sociedades civilizadas y
protegido por todos los ordenamientos jurídicos.
63. ¿No es cierto, sin embargo, que ha habido culturas y civilizaciones que han admitido la
legitimidad de suprimir la vida de determinadas personas (de otra raza o tribu, esclavos, inútiles
por su edad o su enfermedad, etc.)?
Efectivamente. Casi siempre en la historia de la Humanidad han convivido en permanente
tensión el ideal por garantizar el respeto a la vida en las costumbres y las leyes, por un lado, y,
por otro, formas de relación humana basadas en la violencia, o en ideologías o prejuicios que
niegan que determinados grupos de seres humanos merezcan vivir.
Según las diversas épocas y culturas, se ha negado por algunos el derecho a vivir de los que
pertenecen a otras naciones u otras tribus, de quienes son de otra raza o caen en esclavitud, de
los ancianos y enfermos, o de las mujeres o los recién nacidos defectuosos. Pero frente a estas
costumbres, ideas o leyes inhumanas, siempre - en todos los pueblos y épocas - ha ido
abriéndose paso la idea ética de que todos los seres humanos son esencialmente iguales y
tienen derecho a la vida sean cuales fueren su raza o las diversas circunstancias de su vida. Hay
que añadir que en cada época se tiende a ver como prácticas inadmisibles las brutalidades que
en la época anterior se consideraban como algo normal, pero desaparece el sentido cirrótico y
se cierran los ojos, consciente o inconscientemente, ante las barbaridades que la propia época
admite en sus leyes o sus usos sociales.
La Humanidad ha ido eliminando progresivamente las costumbres y las leyes inhumanas. Así, la
esclavitud, la tortura, el racismo, el infanticidio, el abandono de ancianos y enfermos, el
menosprecio a la mujer, han ido desapareciendo - con altibajos - de las costumbres de los
pueblos más civilizados. La influencia del cristianismo en la cultura occidental ha ido
extendiendo la idea clara del no matarás", que va calando a medida que se descubre la
profundidad de las aplicaciones prácticas de este mandamiento.
Aunque nunca se ha perdido del todo la conciencia ética del respeto que merece todo ser
humano, en cada época algunos grupos sociales se han convencido así mismos de que hay
algunos seres humanos que no tienen derecho a vivir: así ha ocurrido con respecto a los negros,
los esclavos, los judíos, los aristócratas, los burgueses, los campesinos, los de otra nación, los
no nacidos o los llamados "inútiles" porque, por su salud precaria o su edad avanzada, ya no son
productivos y resultan una carga.
64. En nuestros días, ¿se ha superado ya esta contradicción?
En nuestros días vivimos la experiencia, bastante común en la historia, de una cultura que
defiende con energía la dignidad de la persona y se compromete en la defensa de los derechos
humanos, pero que, a la vez e incongruentemente, presta su tolerancia y aun su apoyo a
prácticas como el aborto provocado o la eutanasia, opuestas a los derechos inalienables de la
persona. Esto significa que la tensión referida más arriba se da hoy como en otras épocas, y es
responsabilidad de todos el lograr que, aquí y ahora, la exigencia de respeto a todos los seres
humanos no admita excepciones.
65. ¿Qué dice el Código Penal español sobre la eutanasia?
Nuestras leyes no mencionan el término "eutanasia" en absoluto. El Código Penal no contiene
ninguna regulación especial de la eutanasia, pues considera homicidio tanto al que se comete
por "compasión" o para evitar el dolor como al que se comete por cualquier otro motivo. Matar es
siempre delictivo para las leyes españolas, sin que importe el motivo.
66. ¿Qué establecen nuestras leyes sobre el suicidio?
El suicidio es lícito en nuestra legislación, como sucede en la mayoría de los países de nuestra
cultura. Nuestras leyes no admiten el derecho a suicidarse. Sin embargo, el suicidio no se
considera delito por obvias razones prácticas: si el que quiere quitarse la vida lo logra, ya no hay
a quien castigar; y si no lo logra, amenazarle con la cárcel sólo servía para agravar sus deseos
de suicidio.
67. ¿Significa esto que el Derecho se abstiene de todo juicio sobre el suicidio?
No. Para el Derecho español, el suicidio es una conducta lícita, y por eso se considera delito
tanto la conducta de quien induce a alguien a suicidarse como la del que ayuda a otro a quitarse
la vida. El artículo 409 del Código Penal establece que "el que prestare auxilio o induzca a otro
para que se suicide será castigado con la pena de prisión mayor; si se lo prestare hasta el punto
de ejecutar él mismo la muerte será castigado con la pena de reclusión menor".
Como puede verse, se castiga tanto la inducción y el auxilio al suicidio como el llegar a quitar la
vida a quien quiere suicidarse. Esta última figura se conoce habitualmente como "homicidio
suicidio" u "homicidio consentido", y se le impone la misma pena que al homicidio a secas,
porque para nuestro Código Penal, como para la ética, matar a otro es tan reprobable si se hace
con su consentimiento como sin él.
68. ¿No es la eutanasia una forma de homicidio consentido?
La eutanasia siempre es matar a otro, con o sin su consentimiento, por presuntos motivos de
compasión o para evitarle dolores o situaciones dramáticas. Para nuestro Código Penal, la
eutanasia es homicidio, y si se practica a petición de la víctima es el "homicidio suicidio" antes
mencionado. En todos los casos la pena sería la misma.
69. Según esto, ¿no es legítima la decisión de una persona de disponer de su propia vida?
No. En la conservación de la vida humana existen a la vez intereses individuales y sociales; y ni
los primeros pueden prevalecer sobre los segundos en exclusividad, ni los segundos sobre los
primeros.
Ningún ser humano es una realidad aislada, fuente autónoma y exclusiva de derechos y
obligaciones. Todos somos solidarios por la mutua interacción entre padres e hijos, entre cada
uno y el resto de la sociedad; por eso nadie tiene derecho a eliminar la vida, aun la propia. Así lo
ha entendido la tradición jurídica occidental, que ha negado toda validez al consentimiento
prestado para recibir la muerte, al considerar el derecho a la vida como indisponible, es decir,
como un "derecho - deber".
Por eso, en nuestro Derecho el auxilio al suicidio es delito, el homicidio consentido se castiga
con la misma pena que cualquier otro homicidio, y el no evitar un suicidio pudiendo hacerlo es
también delito: el delito de omisión del socorro debido. Y por las mismas razones, nuestros
Tribunales han reconocido el derecho a alimentar forzosamente a quienes se ponían en peligro
de muerte por huelgas de hambre, o el derecho de los médicos a salvar la vida de quienes la
pusieron en riesgo al intentar suicidarse, o el derecho de los jueces a autorizar actos médicos
tendentes a salvar vidas de pacientes que se niegan a recibir tratamientos normales que no
implican riesgos.
70. ¿Por qué el Estado ha de impedir a las personas renunciar al derecho a vivir y, en cambio, les
permite renunciar a otros derechos, como votar, casarse, asociarse, etc.?
Porque la renuncia a ejercitar el derecho a casarse, a votar, a asociarse o a opinar sobre una
materia determinada, por ejemplo, se refiere a derechos que no quedan anulados, sino que en
otras circunstancias pueden ejercitarse. Estos derechos - libertades no se pierden por la
renuncia a su ejercicio en un momento concreto.
Existen, sin embargo, otros derechos de la persona que, de renunciarse a ellos, la misma
persona o su dignidad quedarían anuladas. En esos casos, el Estado y el Derecho niegan
validez a la expresión de voluntad de quien renuncia a ellos. Eso ocurre con el derecho a la vida:
si una persona pretende darse muerte o pide que otros la ayuden a morir, está anulando su
dignidad y sus derechos con carácter definitivo; por eso el Derecho no se desentiende de esa
decisión, sino que la considera ineficaz y obliga a poner los medios para evitar que sea
irreversible.
Además, el argumento del pretendido derecho del enfermo a decidir él como y el cuándo de la
propia muerte tropieza con un obstáculo insalvable en la práctica. En la medida en que su propia
situación clínica lo incapacita para suicidarse, el titular de ese supuesto derecho no puede
ejercer él solo su autodeterminación, sino que ha de incorporar necesariamente a su decisión a
otras personas. Al tratarse de un derecho del enfermo que afecta a su misma vida, esas
personas vendrían obligadas a respetarlo, puesto que contra el ejercicio de los derechos
humanos no cabe la objeción de conciencia. Se llegaría así a crear una "obligación de matar",
disparate que no sólo repugna a la más elemental noción de libertad, sino también al sentido
común.
71. ¿Es el derecho a la vida el único irrenunciable?
Ciertamente, no. Son muchos los derechos irrenunciables por su titular en las sociedades
modernas. No se admite la renuncia a la integridad física, al derecho a la educación, a
condiciones de trabajo dignas, etc. El consentimiento de una persona a que la mutilen o
lesionen no evita que quien mutila o lesiona cometa un delito; o el deseo de un muchacho y sus
padres de renunciar a recibir la instrucción básica no es tenido en cuenta por el Derecho y el
Estado, que obligan al joven a recibir la educación que las leyes definen como obligatoria.
En materia laboral el ejemplo es muy claro y nos es próximo: en nuestra sociedad existen
muchas personas dispuestas a trabajar en condiciones higiénicas o de seguridad inferiores a
las exigidas por las leyes, o a trabajar más horas que las permitidas o por menos salario que el
fijado legalmente como mínimo; sin embargo, el Derecho y el Estado no reconocen validez al
consentimiento de esas personas, e imponen obligatoriamente el respeto a los derechos de los
trabajadores aun en contra de la voluntad de éstos. En un caso extremo, piénsese la opinión que
merecería un contrato voluntario de esclavitud.
Razones más importantes concurren todavía para que el Estado y sus leyes consideren
irrenunciable el derecho a la vida, que hace posibles todos los demás y que si se pierde ya no es
recuperable, pues es la base por el bien que protege: la vida de la propia dignidad humana.
Lo mismo sucede con el cinturón de seguridad en los coches: al ciudadano puede apetecerle o
no ponérselo, pero el Estado le obliga a ello amenazándole con una sanción si no respeta esta
obligación. La razón es que se da por supuesto que la vida de cada uno no es sólo de su
particular y privado interés, sino que la sociedad está legitimada para exigir que cada uno
asegure que no arriesga gratuita o imprudentemente su vida.
72. ¿Existe doctrina del Tribunal Constitucional sobre si la Constitución admite o no el derecho a
morir?
El Tribunal Constitucional español ha afirmado en varias sentencias que nuestra Constitución no
reconoce un derecho a acabar con la propia vida.
El Tribunal Constitucional ha negado que exista un derecho a morir protegido por la Constitución,
cuando se le ha planteado la legitimidad de la Administración y los Tribunales para ordenar la
alimentación forzosa de terroristas encarcelados y en peligro de muerte por huelga de hambre
(cfr. Sentencias 120/1990, de 27 de junio y 137/1990, de 19 de julio, entre otras).
73. Entonces, ¿hay que suponer que es imposible que en España se legalice la eutanasia, por
ser anticonstitucional?
No. No es imposible que el Tribunal Constitucional llegue a dar su visto bueno a la eutanasia.
Los magistrados que lo integran pueden, aun de buena fe, buscar argumentos para dar por
bueno lo que la mayoría del Parlamento quiera, aunque esto se oponga a lo que ya han
sentenciado en otros casos, en que negar el derecho a morir era lo que solicitaba el abogado del
Estado en nombre del Gobierno.
74. ¿Y no hay una contradicción entre la negación del derecho a matarse y la consagración de la
libertad como uno de los valores superiores por la propia Constitución?
No la hay. Si la libertad, entendida como la capacidad del ser humano para hacer cualquier cosa
que quisiera, fuese fuente absoluta e incondicionada de derechos, no existirían los
ordenamientos jurídicos, ni la sociedad, ni el Estado, pues cada persona determina por sí
misma lo que es justo o injusto, bueno o malo, permitido o prohibido; y serían ilegítimos el
Parlamento, los Tribunales, los Gobiernos, las leyes y los derechos humanos.
La libertad, como valor superior reconocido en la Constitución, se hace e . efectiva en los
derechos que ésta garantiza en concreto, y no puede ser disculpa ni para negar tales derechos ni
para violar el resto de las leyes. Así lo ha entendido el Tribunal Constitucional español con
acierto en las Sentencias antes citadas.
El suicidio jamás ha sido considerado un derecho del hombre. De hecho, cuando se redactó la
Declaración Universal de los Derechos Humanos en las Naciones Unidas, ese pretendido
derecho no se incluyó, y no fue por omisión involuntario, ya que hubo varias propuestas de que
se incorporase a la Declaración, y fueron rechazadas. Se dirá que en otro momento histórico
futuro podría ocurrir al revés, y es, efectivamente, pero eso no cambiaría la realidad profunda de
las cosas. La mención de la situación actual se aduce aquí sólo como constatación de un hecho
cierto.
75. Entonces, ¿no es coartar la libertad y la autonomía individual el negar al ser humano la
capacidad de decidir cuándo y cómo quiere morir?
No lo es, porque no tiene sentido contraponer el derecho a la libre autodeterminación de la
persona - como expresión de su dignidad - al bien de la vida humana, puesto que la vida
humana, cualquiera que sea su estado de plenitud o de deterioro, es siempre vida personal, y
por lo mismo goza indisociablemente de la dignidad indivisible de la persona, realidad unitaria
de cuerpo y espíritu.
Enfrentar como incompatibles, aunque sea en determinadas circunstancias, la libertad y la vida
equivaldría a la contradicción de realizar, en nombre de la dignidad de la persona como sujeto
libre, un acto contra la dignidad de la persona, puesto que la vida, que es un bien fundamental de
la persona, goza de su misma dignidad.
En este tipo de planteamientos de la libertad y la autonomía individual se esconde la falacia de
considerar la libertad como un bien desligado de toda referencia a la verdad y el bien de la
persona. El pretendido derecho a acabar con su vida no es para el hombre una afirmación de su
dignidad, sino el intento de negarla en su misma raíz.
El pretender que el hombre no es plenamente libre si no le está permitido decidir su propia
muerte entraña un sofisma tan pueril como el afirmar que Dios no es omnipotente porque hay
algo que no puede hacer: el mal, es decir, no puede ir contra Sí mismo.
76. Sin embargo, esta idea está muy extendida incluso entre personas tenidas por ilustradas.
¿Por qué?
Porque está muy extendida una concepción subjetivista de la ética y el Derecho, que tiene su
fundamento en negar al ser humano la capacidad de averiguar por sí mismo la realidad objetiva
de las cosas, convirtiendo la voluntad individual en la única fuente de moralidad y a la postre -
potencialmente - de la legalidad.
Esta forma de pensamiento, muy vinculada a la orientación básica de la llamada filosofía
moderna (el racionalismo cartesiano y sus derivados y epígonos), tiene sus manifestaciones
prácticas más llamativas hoy en un desprecio antiecológico de la naturaleza, considerada como
ilimitadamente manipulable por la voluntad humana, y en el positivismo jurídico, que considera a
la voluntad legislativa como creadora de Injusticia y los derechos y, por tanto, legitimada para
negarlos o suprimirlos.
Esta manera de pensar tiene la consecuencia de relativizarlo todo, y hace depender toda
legitimidad del consenso social de cada momento, lo que nos lleva al absurdo de considerar los
derechos humanos no como patrimonio de todo hombre por el hecho de serlo, sino como
objetos a disposición de la voluntad mayoritaria.
Pero los derechos humanos fundamentales, el primero de los cuales hay que repetirlo es el
derecho a la vida, no pertenecen al ámbito de la estadística, el juego de las mayorías, la
confesionalidad religiosa o el consenso social, por otra parte tan propio de las sociedades
democráticas en otras materias. Por el contrario, los derechos humanos constituyen el
fundamento mismo y la fuente de todo Estado de Derecho sobre el que descansan las libertades
y la democracia, y su intangibilidad no deriva de su promulgación, sino de su inserción en la
naturaleza misma del ser humano. Olvidar esta realidad sólo puede conducir a una organización
social edificada sobre la ley del más fuerte - aunque esa fortaleza se base en una mayoría
legislativa - abriendo la puerta a todo totalitarismo, por muy disfrazado de libertades con que
paradójicamente se presente. Para legislar con legitimidad hace falta la legitimidad de origen,
pero ésta no legitima a su vez cualquier clase de legislación. Es bien sabido que Hitler llegó
legítima y democráticamente al poder, pero eso no significa que el uso que hizo de él no se
basase en la ley del más fuerte. La elección democrática de los legisladores y los gobernantes
los legitima a ellos en cuanto tales, pero no a todas sus decisiones, que serán correctas si se
adecuan a la dignidad de la persona, e ilegítimas si se oponen a ella.
El respeto a la dignidad de la persona, cuyo presupuesto inexcusable es el respeto a su vida, no
es materia susceptible de adquirir o perder legitimidad mediante votación. Por el contrario, pierde
legitimidad el poder del Estado o la Cámara legislativa que pretenda arrogarse la competencia
de decidir discrecionalmente qué hombres ostentan derechos humanos y cuáles no.
77. Sin embargo, ¿no es evidente que el hombre usa de su libertad (bien o mal, eso es otra
cuestión) cuando decide su propia muerte?
Bajo el término "libertad" se esconden dos realidades enteramente distintas. Por una parte,
cuando se habla de libertad se puede entender la mera facultad de hacer o no hacer, de hacer
una cosa u otra, sin más. Entendida de este modo, la libertad no es más que la mera
constatación de que el hombre puede actuar sin ser coaccionado, pero se prescinde por
completo de si lo que hace es bueno o malo, justo o injusto, elogiable o repugnante. El ejercicio
de la libertad así entendida no nos dice nada sobre si lo que el hombre hace o deja de hacer es
admisible o recomendable ética o jurídicamente, o si, por el contrario, debe ser evitado y, en su
caso, perseguido y castigado.
Pero también puede entenderse el término "libertad" para designar aquellas conductas
humanas que reflejan la posibilidad existente en el hombre de realizar lo mejor de que es capaz,
dando así una connotación ética a los actos que se consideran libres. En este sentido, el
hombre que mata, viola o roba no ejercita propiamente su libertad; sí lo hace quien piensa, ama,
vota o trabaja. En este segundo sentido, el término "libertad" permite un examen de las
conductas humanas que lleve a algo más que a la mera constatación de que, de hecho, son
posibles sin coacción.
La confusión aparece cuando se pasa del primer sentido al segundo, como si la pura
circunstancia de que una acción es libre (en el sentido de que se realiza sin coacción)
significase que sólo por eso ya es moralmente aceptable y jurídicamente defendible. Pero la
experiencia demuestra que este salto lógico no es posible. Si lo fuera, habría que admitir el
absurdo de que la violación, el atraco y la tortura, si se realizasen consciente y voluntariamente
(es decir, libremente, en el primer significado expuesto), en lugar de ser delitos abominables
serían derechos amparados por la ley.
En definitiva, en cierto sentido puede decirse que el hombre usa su libertad cuando decide su
propia muerte, si toma esta decisión con plenitud de facultades y sin ser coaccionado; pero que
la use bien o mal no es "otra cuestión”, sino que es precisamente lo que importa, lo decisivo, a la
hora de establecer un juicio ético o jurídico sobre sus actos.
78. ¿Cómo se formula el argumento de evitar la clandestinidad con el que algunos defienden la
legalización de la eutanasia?
Suele expresarse de este modo: existen situaciones de extrema gravedad y circunstancias
dramáticas en las que unas personas dan muerte a otras por compasión ante sus sufrimientos
intolerables, o bien obedeciendo al expreso deseo de quienes quieren abreviar su vida, por
hallarse en la fase terminal de una enfermedad incurable. Estas prácticas existen y, al no estar
legalmente reguladas, se desarrollan en la clandestinidad, con lo que se impide por completo
cualquier clase de control sobre los excesos o abusos que puedan producirse. En
consecuencia, hay que establecer una regulación de esos casos remite.
Este es un argumento que se repite siempre que se trata de legalizar, o de dejar impunes,
algunos atentados contra la vida de los inocentes, como el aborto y la eutanasia, y no suele
presentarse solo, sino que por lo general va acompañado de consideraciones en torno al
"derecho a morir", que ya hemos visto.
79. ¿No es éste un argumento razonable, puesto que se refiere sólo a los casos más dramáticos
e irresolubles?
No, ciertamente. El hecho de que se cometan delitos - obviamente, en la clandestinidad - no es
razón para que esas conductas tengan que ser legalizadas. Según esta extraña lógica, habría
que regular la evasión de impuestos en los casos límite de contribuyentes que tuvieran extremas
dificultades para cumplir sus deberes con el Fisco, a fin de que no defrauden en la
clandestinidad.
Cuando en la comisión de un delito concurren circunstancias especiales, la actitud razonable no
es legalizar el delito en tales circunstancias, sino que el juez las tenga en cuenta a la hora de
ponderar en el correspondiente juicio la responsabilidad del autor o los autores, si la hubiera.
Por otra parte, también en este tipo de argumentos nos hallamos ante la manipulación de las
palabras y su significado. Los partidarios de la eutanasia propugnan su legalización para,
mediante su control, impedir "excesos o abusos". Esta forma de presentar la cuestión presupone
que, en determinadas circunstancias, la práctica de la eutanasia no es un exceso o un abuso; es
decir, se ciega la posibilidad de debatir la naturaleza misma de la eutanasia, porque se parte
gratuitamente del supuesto de que hay eutanasias abusivas y eutanasias correctas, lo cual es
falso. Además, con esta forma de argumentar se intenta producir la impresión de estar
solicitando una legislación restrictiva, cuando en la realidad se solicita una norma permisivo, que
es exactamente lo contrario.
80. El carácter irrenunciable, inalienable e indisponible del derecho a la vida, ¿tiene valor
absoluto en el Derecho español, o admite excepciones?
Son varias las leyes que han admitido excepciones a este principio: las que han legitimado la
pena de muerte, las que permiten el aborto no punible en determinados casos y las que hacen
posible sin sanción penal la destrucción de embriones y fetos humanos en el entorno de las
técnicas de reproducción asistida y las experimentaciones e investigaciones relacionadas con
esas técnicas.
En un grado inferior al del derecho a la vida, nuestro Código Penal permite en algunos casos ir
contra la integridad física de las personas, derecho íntimamente conexo al de la vida: son los
casos de las esterilizaciones y los trasplantes de órganos, que, si son consentidos no son delito.
Desde el punto de vista moral los trasplantes son, normalmente, dignos de elogio mientras que
las esterilizaciones merecen un serio reproche moral.
81. ¿Admite el Derecho español algún caso en que no sea castigado el atentado contra la
integridad física de una persona sin su consentimiento?
Sí. Una reforma realizada en el Código Penal en 1989 modificó su artículo 428 para permitir la
esterilización forzosa de deficientes psíquicos. Este es el primer caso en que la legislación
española ha abierto la puerta a la legitimación jurídica de atentados a la integridad física de las
personas sin su consentimiento, admitiendo así el peligroso principio de que los deficientes
psíquicos, sólo por serlo, pueden ver limitados los derechos fundamentales que - por ser
personas como las demás - la Constitución les reconoce.
Como es fácil advertir, admitido el principio, es imposible ya poner un límite lógico, absoluto e
inamovible al proceso de limitación de derechos a los deficientes o a quienes están en
situaciones asimilables por edad o por enfermedad.
Esta norma, aparte de intrínsecamente inmoral, ha introducido una escala de valores en el
Derecho español que puede propiciar un deslizamiento suave hacia la eutanasia, hacia la
privación del derecho a la vida a quienes por una u otra razón no están en la plenitud de sus
facultades.
82. ¿Puede en algún caso no ser delictiva la llamada eutanasia del recién nacido", es decir, el
matar o dejar morir sin asistencia a un niño recién nacido al saberse, tras el parto, que es
deficiente?
No. En España, matar a un recién nacido porque éste sea deficiente siempre es delito.
Sin embargo, puede llegar el día en que el legislador se plantee que en tales casos nadie
debiera ser condenado o siquiera Juzgado, argumentando que se hace un favor al deficiente
matándolo para evitar que lleve una vida de escasa calidad. SI, detectada la deficiencia - o la
mera probabilidad de deficiencia - antes de nacer, la ley permite que se mate a un ser humano
mediante un aborto no punible hasta las veintidós semanas de vida intrauterina, no se ve razón
lógica para impedir que se le mate tres meses y medio después si se aprecia entonces la
deficiencia del niño.
El aborto "eugenésico" no punible ha introducido una lógica de eliminación de vidas deficientes
que no tiene por qué detenerse en el momento del parto. En países cercanos geográfica y
culturalmente al nuestro ya se han dado casos de padres que han matado a hijos recién nacidos
por ser deficientes, y han sido absueltos por los tribunales con argumentos como los expuestos.
83. Ya que el derecho a la vida es irrenunciable, ¿pueden los médicos tomar las decisiones que
quieran para mantener con vida a sus pacientes?
No. El Derecho español se basa en el principio de que el tratamiento médico sólo es legítimo si
el paciente consiente en él. Si un médico decidiera actuar sobre un paciente en contra de la
voluntad de éste, podría cometer un delito de coacciones. Ahora bien, la libertad del paciente
para recibir o no un determinado tratamiento, o sufrir o no una intervención quirúrgica, no llega
hasta el extremo de obligar al médico a cometer un delito como quitarle la vida. Si la voluntad del
paciente revelase una actitud claramente suicida, el médico podría y debería - con autorización
judicial, en su caso aplicarle tratamientos ordinarios y no arriesgados para mantenerlo en vida,
ya que, de lo contrario, podría cometer el delito de omisión del socorro debido.
84. ¿Qué es el delito de omisión del socorro debido?
El Código Penal lo define en su artículo 489 ter así:
"El que no socorriera a una persona que se hallare desamparada y en peligro manifiesto y grave,
cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de tercero, será castigado con la pena de arresto
mayor o multa de 30.000 a 60.000 pesetas.
En la misma pena incurrirá el que, impedido a prestar socorro, no demandare con urgencia
auxilio ajeno.
Si la Víctima lo fuere por accidente ocasionado por el que omitió el auxilio debido, la pena será
de prisión menor".
Considerar delito el no prestar socorro a quien se encuentra en peligro para su vida o su
integridad física es una manifestación de solidaridad social y humana, y se basa precisamente
en que toda persona tiene derecho a que los demás la ayuden cuando esté en peligro, sin que
se distinga si eso ocurre por causas ajenas a su voluntad o por su propio deseo.
La existencia de este delito, y la exigibilidad ética de esta conducta de ayuda a quien está en
peligro, acreditan cómo no existe un derecho a quitarse la vida. Si eso no fuera así cometerían un
delito de coacciones el policía que intenta evitar que el suicida se arroje por la ventana, o el
médico que procura salvar la vida del herido que ingresa en grave estado como consecuencia de
un intento de suicidio.
Además, quien no hiciera todo lo posible por salvar la vida de otro, aun cuando éste desease
morir, violaría el principio de justicia que exige dar a cada cual lo que es suyo y reconocerle su
dignidad aunque él no lo desee.
85. ¿Qué es el principio de justicia?
Es uno de los principios generales del Derecho según el cual todo ser humano debe ser
respetado y su dignidad protegida y amparada por los demás - incluido el Estado - aun en el
caso de que renuncie explícita y expresamente a ello. Este principio elemental de la ética social y
de la conducta común implica que prevalece la justicia sobre la autonomía del individuo, de
forma que nadie puede hacer daño a otro aunque éste lo pida.
El principio de justicia es una expresión del sentido ético básico de la Humanidad, fundamento
elemental de todas las leyes y de la propia convivencia social. Sin él no tendían justificación
alguna ni el Derecho ni los Tribunales, y sería imposible una sociedad organizada sobre
fundamentos distintos de la ley del más fuerte y la institucionalización de la violencia.
86. Si esto es así, ¿cómo es que algunos dicen que es preciso legalizar la eutanasia para evitar
el encarnizamiento terapéutico?
Quienes defienden tal argumento, o hacen pura demagogia al llamar "encarnizamiento
terapéutico" a que el médico no pueda ser obligado a acabar con la vida de sus pacientes
cuando éstos o sus familiares lo soliciten, o engañan - de buena o mala fe - a la opinión pública
pretendiendo que ésta caiga en el error de legalizar un mal (la eutanasia) para evitar otro mal (el
encarnizamiento terapéutico), cuando la verdad es que ambos males ya están prohibidos y
castigados por las leyes.
87. ¿Qué valoración global merece la legislación española en cuanto a la protección del derecho
a la vida?
Actualmente, crecen las opiniones y se elaboran propuestas legislativas que pretenden ampliar
las grietas ya existentes en el bloque coherente que una tradición de siglos ha construido para
comprometer activamente al Estado y al Derecho en la defensa de la vida humana. Pero, salvo
en lo relativo a seres humanos no nacidos, o concebidos en laboratorio, la protección jurídica en
España del derecho a la vida es bastante correcta.
88. ¿Es válido en España el llamado “testamento vital"?
Si por "testamento vital" se entiende el mandato hecho a una persona para que acabe con la
propia vida en caso de estar gravemente enfermo, impedido o con fuertes dolores, tal testamento
es nulo y totalmente ineficaz, porque nadie puede obligar a otro a matarlo ni por acción ni por
omisión.
En cambio, si por "testamento vital" se entiende la expresión de la voluntad de una persona de
renunciar a que le sean aplicados medios desproporcionados para alargarle artificial o
mecánicamente la agonía cuando ya no sea posible salvarle la vida, tal testamento es válido
jurídica y éticamente.
Como ejemplo concreto de un "testamento vital" perfectamente válido y admisible, está el que la
Conferencia Episcopal Española ha aprobado y propuesto a los cristianos. Su texto dice así:
TESTAMENTO VITAL
A mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario:
Si me llega el momento en que no pueda expresar mi voluntad acerca de los tratamientos
médicos que se me vayan a aplicar, deseo y pido que esta Declaración sea considerada como
expresión formal de mi voluntad, asumida de forma consciente, responsable y libre, y que sea
respetada como si se tratara de un testamento.
Considero que la vida en este mundo es un don y una bendición de Dios, pero no es el valor
supremo y absoluto. Sé que la muerte es inevitable y pone fin a mi existencia terrena, pero desde
la fe creo que me abre el camino a la vida que no se acaba, junto a Dios.
Por ello, yo, el que suscribe.................... pido que si por mi enfermedad llegara a estar en
situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en vida por medio de tratamientos
desproporcionados o extraordinarios; que no se me aplique la eutanasia activa, ni se me
prolongue abusiva e irracionalmente mi proceso de muerte; que se me administren los
tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos.
Pido igualmente ayuda para asumir cristiana y humanamente mi propia muerte. Deseo poder
prepararme para este acontecimiento final de mi existencia, en paz, con la compañía de mis
seres queridos y el consuelo de mi fe cristiana.
Suscribo esta Declaración después de una madura reflexión. Y pido que los que tengáis que
cuidarme respetéis mi voluntad. Soy consciente de que os pido una grave y difícil
responsabilidad. Precisamente para compartirla con vosotros y para atenuamos cualquier
posible sentimiento de culpa, he redactado y firmo esta declaración.
Fecha....................
Firma
89. La exigencia de respeto al principio de justicia. ¿permite hablar de una "ecología humana"?
Desde luego que sí. Al igual que los hombres hemos ido adquiriendo la convicción de la
necesidad de respetar la Naturaleza sin manipularla abusivamente al servicio egoísta de
nuestros exclusivos intereses, debemos también convencernos de que mayor respeto aún
merece el ser humano. Sería aberrante que, mientras la mentalidad ecológica se constituye en
legítimo título de orgullo de nuestros contemporáneos, excluyésemos a los seres humanos de
esta mentalidad de respeto.
En España, como en los demás países tenidos por civilizados, se da la paradoja de que se
aprueban leyes cuyo objeto es proteger a los animales de tratos hirientes o experimentos
innecesarios, y, al mismo tiempo, se proponen leyes (y a veces se aprueban) que desprotegen
jurídicamente a los seres humanos, de forma que el Estado y el Derecho están menos
comprometidos con el respeto a la dignidad del hombre que con la defensa de los animales
frente a tratos degradantes. Dado que estas contradicciones existen, no sólo se puede, sino que
se debe hablar de una ecología humana, implicada y comprometida en la salvaguarda de la vida
como un derecho inalienable, indisponible e irrenunciable.
VI. LA IGLESIA ANTE LA EUTANASIA
90. La cuestión de la eutanasia ¿es un problema religioso o moral?
Además de un problema médico, político o social, la eutanasia es un grave problema moral para
cualquiera, sea o no creyente.
Quienes creemos en un Dios personal que no sólo ha creado al hombre sino que ama a cada
hombre o mujer en particular y le espera para un destino eterno de felicidad y, en especial, los
católicos, tenemos un motivo más que los que pueda tener cualquier otra persona para rechazar
la eutanasia, pues los que así pensamos estamos convencidos de que la eutanasia implica
matar a un ser querido por Dios que vela por su vida y su muerte. La eutanasia es así un grave
pecado que atenta contra el hombre y, por tanto, contra Dios, que ama al hombre y es ofendido
por todo lo que ofende al ser humano; razón por la que Dios en su día pronunció el "no matarás"
como exigencia para todo el que quiera estar de acuerdo con Él.
Para los católicos, la eutanasia, como cualquier otra forma de homicidio, no sólo es un ataque
injustificable contra la dignidad humana, sino también un gravísimo pecado contra un hijo de
Dios.
Oponerse a la eutanasia no es postura exclusiva de quienes creen en Dios, pero para éstos es
algo natural y no renunciaba: para ellos la vida es don gratuito de Dios y nadie está legitimado
para acabar con la vida de un inocente.
91. Sin embargo, la Iglesia no condena en toda circunstancia la guerra y la pena de muerte. ¿No
es contradictorio esto con su postura sobre la eutanasia?
No es contradictorio por cuanto la guerra y la pena de muerte pueden ser expresión del derecho
a la legitima defensa contra la agresión injusta, que la Iglesia siempre ha reconocido a las
personas y las sociedades y que, por otra parte, es admitida por todos los ordenamientos
jurídicos contemporáneos como por las declaraciones internacionales sobre derechos
humanos. La eutanasia, por el contrario, jamás puede ser entendida como legitima defensa
aunque materialmente su efecto sea el mismo que el de la guerra o la pena de muerte.
Uno de los requisitos para considerar admisible la legítima defensa es el de la proporcionalidad
entre el ataque que se recibe y el daño que se causa al agresor. Hoy día se extiende el
convencimiento entre muchos moralistas - y ello ha sido reflejado en algunos textos del
episcopado mundial - de que los medios de destrucción masiva existentes hacen
desproporcionado cualquier guerra en la que se usen estos medios. Asimismo se extiende la
opinión de que la ineficacia acreditada de la pena de muerte como elemento disuasorio, la
convierte también en desproporcionado para justificarla moralmente como legítima defensa
social. Por tanto, en la medida en que medios distintos de la pena de muerte y la guerra sean
suficientes para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger la paz pública,
estos recursos no sangrientos deben preferirse por ser más proporcionados y más conformes al
fin perseguido y a la dignidad humana.
De ahí que varias Conferencias Episcopales hayan tomado postura oficialmente a favor de la
abolición de la pena de muerte y en contra del carácter justo de cualquier guerra no puramente
defensiva, postura que este documento comparte, pues, si se debe defender la vida, este
principio es indivisible, y debe ser de aplicación en todos los casos.
92. ¿Por qué la Iglesia condena el suicidio y la eutanasia y, en cambio, exalta el martirio?
La vida humana en su dimensión corporal participa ciertamente, según se ha dicho antes, de la
dignidad de la persona y, por lo mismo, no se puede atentar contra ella por ningún motivo.
La Iglesia condena por ello el suicidio y el homicidio. en sus diversas formas y cualesquiera que
sean los motivos que se invoquen para cometerlos. Tan condenable es la eutanasia en cuanto
una forma de homicidio por motivo de piedad y compasión, como el atentado contra la propia
vida por un motivo religioso, que sería en ese caso, desde luego, un suicidio.
Pero es evidente que el mártir no es un suicida que atenta contra su vida por un motivo religioso.
El mártir no se quita la vida: se la quitan. No realiza un suicidio, sino que es víctima de un
homicidio. No quebranta, pues, en absoluto, el principio de la inviolabilidad de la vida humana
como bien fundamental de la persona.
Ahora bien: la vida humana en su dimensión corporal participa de la dignidad de la persona, pero
no se identifica con esta dignidad. La persona humana es cuerpo, pero es también más que
cuerpo. Forman parte, por ello, de la dignidad de la persona otros valores más altos que el de su
vida física, y por los que el hombre puede entregar su vida, gastarla y hasta acortarla mientras no
atente directamente contra ella. La vida humana, siendo un valor fundamental de la persona, no
es el valor absoluto y supremo.
La Iglesia, que condena el suicidio y el homicidio por atentar contra un bien fundamental e
inviolable de la persona, exalta el martirio por cuanto es una entrega que el mártir hace de su
vida física en aras de unos valores superiores a ella, como son su fidelidad y amor a Dios, dando
con ello testimonio heroico de vida coherente con las más altas exigencias de la dignidad de la
persona humana lejos de atentar contra esta dignidad hace una máxima afirmación de ella.
Que la entrega de la vida sea una muestra de la dignidad de la persona humana es, por otra
parte, fácil de advertir. La experiencia cotidiana nos brinda ejemplos de vidas que se entregan, se
gastan en cada momento en el ejercicio de las responsabilidades familiares, profesionales o
sociales. La madre que quebranta su salud pasando noches enteras junto al lecho de su marido
o su hijo; el bombero que arriesga su vida por sofocar un incendio; el empresario o el
sindicalista que sufren enfermedades derivadas de la tensión por mantener unos puestos de
trabajo; el socorrista que se pone en trance de morir ahogado... Todos éstos son ejemplos, entre
otros muchos, de formas de gastar, de acortar y de arriesgar la propia vida en aras de valores
solidarios. Cuando el valor que se pone en juego es un valor supremo, el ofrendar
supremamente la vida es una actitud coherente y admirable, y es evidente que nada de eso tiene
que ver con la eutanasia.
Es en esta lógica de la entrega, de la donación de la vida, donde se enmarca el martirio, y por lo
que merece ser exaltado.
93. ¿Puede decirse, entonces, que la vida humana no es para la Iglesia un valor absoluto?
La vida humana no es para la Iglesia un valor absoluto al que todos los demás se deban
subordinar; lo que es un valor absoluto para la Iglesia es la dignidad de la persona humana, que
está hecha a imagen y semejanza de Dios. Por eso el martirio o el arriesgar la propia vida por
salvar a otros no sólo no son pecado, sino que pueden ser algo valioso e incluso moralmente
obligatorio.
Así, la Iglesia ha elevado a los altares a una persona como Maximiliano Kolbe, que realizó, por
motivos sobrenaturales, un acto de suprema generosidad entregando su vida para salvar la de
otra persona.
No existe, en consecuencia, contradicción alguna entre el estricto criterio de rechazo a la
eutanasia por parte de la Iglesia y el que para ella existan valores superiores a la vida humana:
matar a un ser humano inocente es gravísimo pecado; que un ser humano asuma morir por
hacer el bien que debe o antes que verse obligado a hacer el mal, es virtuosa actitud.
94. ¿Se puede resumir en pocas palabras cuál es la doctrina de la Iglesia sobre la eutanasia?
La doctrina de la Iglesia sobre la eutanasia es la que ha quedado expuesta en este documento,
pero podemos resumirla ahora en forma de decálogo:
1. Jamás es lícito matar a un paciente, ni siquiera para no verle sufrir o no hacerle sufrir, aunque
él lo pidiera expresamente. Ni el paciente, ni los médicos, ni el personal sanitario, ni los
familiares tienen la facultad de decidir o provocar la muerte de una persona.
2. No es lícita la acción que por su naturaleza provoca directa o intencionalmente la muerte del
paciente.
3. No es lícito omitir una prestación debida a un paciente, sin la cual va irremisiblemente a la
muerte; por ejemplo, los cuidados vitales (alimentación por tubo y remedios terapéuticos
normales) debidas a todo paciente, aunque sufra un mal incurable o esté en fase terminal o aun
en coma irreversible.
4. Es lícito rehusar o renunciar a cuidados y tratamientos posibles y disponibles, cuando se sabe
que resultan eficaces, aunque sea sólo parcialmente. En concreto, no se ha de omitir el
tratamiento a enfermos en coma si existe alguna posibilidad de recuperación, aunque se puede
interrumpir cuando se haya constatado su total ineficacia. En todo caso, siempre se han de
mantener las medidas de sostenimiento.
5. No existe la obligación de someter al paciente terminal a nuevas operaciones quirúrgicas,
cuando no se tiene la fundada esperanza de hacerle más llevadera su vida.
6. Es lícito suministrar narcóticos y analgésicos que alivien el dolor, aunque atenúen la
consciencia y provoquen de modo secundario un acortamiento de la vida del paciente. Siempre
que el fin de la acción sea calmar el dolor y no provocar subrepticiamente un acortamiento
sustancial de la vida; en este caso, la moralidad de la acción depende de la intención con que se
haga y de que exista una debida proporción entre lo que se logra (la disminución del dolor) y el
efecto negativo para la salud.
7. Es lícito dejar de aplicar tratamientos desproporcionados a un paciente en coma irreversible
cuando haya perdido toda actividad cerebral. Pero no lo es cuando el cerebro del paciente
conserva ciertas funciones vitales, si esa omisión provocase la muerte inmediata.
8. Las personas minusválidas o con malformaciones tienen los mismos derechos que las
demás personas, concretamente en lo que se refiere a la recepción de tratamientos
terapéuticos. En la fase prenatal y postnatal se les han de proporcionar las mismas curas que a
los fetos y niños sin ninguna minusvalía.
9. El Estado no puede atribuirse el derecho a legalizar la eutanasia, pues la vida del inocente es
un bien que supera el poder de disposición tanto del individuo como del Estado.
10. La eutanasia es un crimen contra la vida humana y contra la ley divina, del que se hacen
corresponsables todos los que intervienen en la decisión y ejecución del acto homicida.
95. En las situaciones ¿No se plantean al médico, la enfermera o los familiares creyentes, unos
problemas morales muy difíciles de resolver?
Pueden plantearse tales problemas y pueden ser de difícil resolución, como sucede por otra
parte en otros muchos ámbitos de la vida (¿cuál es el salario justo?, ¿cuál la actitud respecto a
un hijo, un marido o una esposa delincuente?, ¿qué impuestos son justos? etc.), pero se puede
llegar a una solución justa si se tienen claros los principios morales, los bienes que hay que
respetar y los males que hay que evitar. En el caso del enfermo terminal, habrá que acudir al
contraste de opiniones con otros expertos en Medicina y en Moral, y habrá que reflexionar con
cuidado y lealtad sincera hacia el otro y sus derechos, antes de tomar una decisión.
Si a pesar de todo permanece la duda, la actitud moralmente prudente será la de abstenerse de
correr el riesgo de hacer algo inmoral, viejo principio de gran eficacia.
96. ¿Y no es demasiado ambiguo el dejar al puro criterio del médico, o del estado de la ciencia
en un momento concreto, la determinación de lo que son medios proporcionados o no para
mantener la vida?
No, no es ambiguo: es profundamente humano y realista. Pretender hacer un elenco casuístico
de todos los casos posibles es inútil, porque tal relación es imposible. La moral (como, por otra
parte, el Derecho, tanto eclesiástico como civil) define los principios del recto obrar, identifica los
bienes que han de ser respetados y pone de manifiesto los males que han de ser evitados.
Después es el sujeto del acto moral, el hombre con capacidad de conocer y querer, el que debe
decidir - según su conciencia, previamente formada - ante la situación concreta. Es esa - la
decisión - la responsabilidad de cada ser humano y debe ser asumida pensando en Dios,
porque Él es el que al final juzga.
Esto es así no sólo respecto a la eutanasia, sino en mil ámbitos más: el trabajador que se
plantea ir a la huelga, el empresario que fija salarios y condiciones de trabajo, el legislador o el
político que adopta decisiones que afectan a millones de ciudadanos, el vendedor que pone
precio a sus productos, el juez que dicta sentencia, el padre o la madre que se ven ante un hijo
problemático, son personas que tienen la obligación moral de adoptar decisiones justas, y para
ello no disponen de ninguna lista de casos que lo abarque todo, sino que deben basarse en los
principios morales que la Iglesia enseña, y también en las circunstancias diversas cambiantes,
a veces fugaces y otras difíciles de aprender de la realidad sobre la que su decisión va a incidir.
La doctrina es clara y segura; las circunstancias pueden no ser conocidas con total certeza, y la
decisión - el acto moralmente relevante - siempre será un acto del hombre enfrentado a la
situación conflictiva. Esta es la grandeza y la servidumbre de la libertad que caracteriza al hombre.
97. ¿Cuál es la doctrina de la Iglesia sobre el dolor y la muerte?
Para quienes tienen fe, el interrogante que sobre el mal se hacen todos los hombres es más
acuciante, pues la fe nos hace tener presente a un Dios todopoderoso que ama a cada hombre.
Pues bien, el conocimiento de que, en la realidad, la providencia amorosa de Dios respecto a
cada hombre es compatible con la existencia del dolor y el sufrimiento, nos indica que el dolor -
aunque no podamos explicarlo - tiene un sentido.
Cuando a Cristo se le preguntó por alguna de las facetas del dolor, fue parco en palabras:
prácticamente sólo explicó que no se trataba de un castigo divino (cfr. curación del ciego de
nacimiento; Jn. 9,2-4). Pero Jesús hizo algo mejor que pronunciar palabras sobre el dolor: sufrió
el dolor total en la Cruz convirtiendo ese dolor y esa muerte, por la Resurrección, en la Buena
Nueva, dándole el máximo sentido: ese dolor atroz hasta la muerte es el máximo bien de la
Humanidad y dio sentido al hombre, a la historia y al universo.
Quizá nosotros lo más que podarnos hacer sea imitar a Cristo: decir pocas palabras sobre el
dolor, pero vivir la experiencia de encontrarle sentido convirtiéndolo, con la esperanza en la
resurrección y la vida eterna, en fuente de amor y de superación de uno mismo, para unirnos en
espíritu con el sufrimiento de Cristo, que prometió la bienaventuranza a los que sufren: a los
pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos.
Cristo no teorizó sobre el dolor: amó y consoló a los que sufren y Él mismo sufrió hasta la
muerte, y muerte de cruz. La Iglesia no elabora teorías sobre el dolor, pero quiere aportar a la
Humanidad una vocación de donación preferente hacia los que sufren, y también la experiencia
del sentido del dolor que Cristo nos dio con su muerte, y que tantos millones de cristianos
intentan revivir todos los días desde hace veinte siglos.
98. ¿Cuál debe ser la actitud de un cristiano ante la eutanasia y, en general, ante el sufrimiento y
la muerte propios o ajenos?
Todos los cristianos podemos y debemos coadyuvar con nuestras palabras, nuestros actos y
nuestras actitudes y recrear en el entramado de la vida cotidiana una cultura de la vida que haga
inadmisible la eutanasia. En particular, y a título meramente de ejemplo, todos podemos ayudar
a esa inmensa tarea:
• aceptando el dolor y la muerte, cuando nos afecte personalmente, con la visión sobrenatural
propia de un católico que sabe que puede unirse a Cristo en su sufrimiento redentor y que, tras
la muerte, nos espera el abrazo de Dios Padre;
• ejercitando según nuestros medios, posibilidades y circunstancias, un activo apoyo al que
sufre: desde una sonrisa hasta la dedicación de tiempo y dinero mil cosas podemos hacer para
aliviar el dolor ajeno y ayudar al que lo padece a sacar amor y alegría honda de su dolor, y no
odio y tristeza;
• rezando por los que sufren, por quienes los atienden, por los profesionales de la salud, por los
políticos y legisladores en cuyas manos está legislar a favor de la eutanasia o a favor de la
dignidad del que sufre. La oración es el alma más poderosa y eficaz con que contamos los
cristianos;
• facilitando el surgimiento de vocaciones a las instituciones de la Iglesia que por su carisma
fundacional están específicamente dedicadas a atender a la humanidad doliente y que
constituyen hoy - como hace siglos - una maravillosa expresión del amor y el compromiso
práctico de la Iglesia con los que sufren;
• acogiendo con amor sobrenatural, afecto humano y naturalidad en el seno de la familia a los
miembros dolientes, deficientes, enfermos o moribundos aunque eso suponga sacrificio;
• estando presentes en los medios de comunicación social y demás foros de influencia en la
opinión pública para hacer patentes nuestras convicciones sobre el dolor y la muerte y nuestras
alternativas a la eutanasia homicida: cartas al director, llamadas telefónicas, estudios médicos,
conferencias, etc.;
• votando, en los procesos electorales de nuestro país, con atención responsable hacia la actitud
de cada partido político ante cuestiones como la familia, la sanidad, la política respecto a los
minusválidos y la tercera edad, la eutanasia, etc.;
• los médicos, enfermeras y demás profesionales sanitarios, promoviendo un tipo de Medicina y
de asistencia hospitalaria realmente centradas en el enfermo, en el trato digno al paciente.
En todo caso tenemos a nuestra disposición un sacramento - la unción de los enfermos -
específicamente creado por Dios para preparar una buena muerte.
99. ¿Qué es el Sacramento de la Unción de los Enfermos?
Es uno de los siete Sacramentos de la Iglesia destinado a reconfortar a los que están probados
por la enfermedad.
Este Sacramento otorga al cristiano un don particular del Espíritu Santo, mediante el cual el
hombre recibe una gracia de fortalecimiento, de paz y de valor para vencer las dificultades
propias del estado de enfermedad grave o de fragilidad de la vejez. Esta gracia renueva en el que
la recibe su fe y confianza en el Señor, robusteciéndole contra las tentaciones del enemigo y la
angustia de la muerte, de tal modo que pueda, no sólo soportar sus males con fortaleza, sino
también luchar contra ellos e incluso, conseguir la salud si conviene para su salvación espiritual;
asimismo, la unción de los enfermos le concede, si es necesario, el perdón de los pecados y la
plenitud de la penitencia cristiana. La Unción es Sacramento de enfermos y sacramento de Vida,
expresión ritual de la acción liberadora de Cristo que invita, y al mismo tiempo ayuda al enfermo
a participar en ella.
Es aconsejable recibir este Sacramento en enfermedad grave, vejez o peligro, como puede ser el
de una operación quirúrgica en que peligra su vida, pudiendo reiterarse aún dentro de la misma
enfermedad si ésta se agrava, no debiendo reservarse para cuando el enfermo está ya privado
de su conciencia.
Así dice el Concilio: "... no es sólo el Sacramento de quienes se encuentran en los últimos
momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano
ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez" (SC 73).
Unido a este Sacramento, el "Viático" o recepción de la Eucaristía que ayude a completar el
camino hacia el Señor, ("Viático", quiere decir "Vianda" para el camino), perfeccionará la
esperanza cristiana "asociándose voluntariamente (el enfermo) a la pasión y muerte de Cristo" (L.
G. 11).
100. ¿Cuál debe ser la actitud de un cristiano ante la muerte?
Los cristianos deben ver la muerte como el encuentro definitivo con el Señor de la Vida y, por lo
tanto, con esperanza tranquila y confiada en Él, aunque nuestra naturaleza se resista a dar ese
último paso que no es fin, sino comienzo. La antigua cristiandad denominaba, con todo acierto,
al día de la muerte, "dies natalis", día del nacimiento a la Vida de verdad, y con esa mentalidad
deberíamos acercarnos todos a la muerte.
En todo tiempo la piedad cristiana identificó en breves jaculatorias el deseo que a todos los
cristianos debe animar respecto a su muerte: que en la última agonía está muy cerca de
nosotros la Madre de Dios, como estuvo al pié de la Cruz cuando su Hijo moría.


