PROCESO DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACIÓN
Canonizar es el acto pontificio por el que se declara santo a un siervo de
Dios ya beatificado. Es competencia exclusiva del Papa y mediante la
canonización se autoriza a los cristianos a la veneración del nuevo santo
conforme a las normas litúrgicas.
Hasta el siglo X los primeros santos venerados eran los discípulos de
Jesús y los mártires, más tarde se incluyó a los que confesaban su fe y a
los cristianos que demostraban su fidelidad a Cristo y a su iglesia.
La primera canonización solemne fue realizada por el Papa Juan XV en
993 al inscribir en el catálogo de los santos a Uldarico, obispo de
Augusta. Posteriormente, Gregorio IX (1227-1241) formalizó el proceso, y
en 1234 las canonizaciones se reservaron solo al Papa. Con
anterioridad canonizaban los obispos y antes que éstos, el pueblo.
En 1588 Sixto V puso ya el proceso en manos de la Sagrada
Congregación de los Ritos a la que confió la tarea de regular el ejercicio
del culto divino y de estudiar las causas de los santos, y en el siglo XVII,
siendo Papa Urbano VIII, introdujo la distinción entre beatificación y
canonización.
Otros papas que posteriormente modificaron el procedimiento de
canonización fueron Benedicto XIV (1740-1758), cuyas normas
estuvieron vigentes durante casi dos siglos; Pío XI que en 1930 creó en
la Sagrada Congregación de Ritos la “Sección histórica” a la que confió
el estudio de las causas “históricas” y Pablo VI que en su Constitución
“Sacra Rituum Congregatio” de 1969 dividió la Congregación de los
Ritos en dos, una para el Culto Divino y otra para la Causa de los Santos.
Posteriormente, Juan Pablo II durante su pontificado modificó y actualizó
en profundidad el procedimiento de las causas de canonización y
reestructuró la congregación encargada de ello, a la que dotó de un
colegio de relatores y que desde 1988 se denomina Congregación para
la Causa de los Santos.
El canon 1403 del Código de Derecho Canónico de 1983 establece en
su apartado primero que “Las causas de canonización de los Siervos de
Dios se rigen por una ley pontificia peculiar”.
El procedimiento a seguir en las causas de canonización y beatificación
está recogido en la Constitución Apostólica Divinis perfectionis Magíster”
de 25 de enero de 1983 y en las Normas Servandae in inquisitionibus ab
episcopis faciendis in causis sactorum del 7 de febrero de ese año.




















En el proceso oficial a hacia la canonización hay tres pasos:
- Venerable. Es el título con el que se reconoce que un fallecido vivió
virtudes heroicas.
- Beato. Se reconoce por el proceso denominado Beatificación, en el que
se requiere, además de los atributos personales de caridad y virtudes
heroicas, un milagro obtenido a través de la intercesión del siervo/a de
Dios y verificado después de su muerte. El milagro requerido debe ser
probado a través de una instrucción canónica especial, que incluye tanto
el parecer de un comité de médicos y de teólogos. En este caso no se
requiere el milagro si la persona ha sido reconocida mártir. Los beatos
son venerados públicamente por la iglesia local.
- Santo. Se reconoce como proceso de canonización, cuando al beato le
corresponde el título de santo. Para la canonización es necesario otro
milagro atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su
beatificación. En este caso, las modalidades de verificación del milagro
son iguales a las seguidas en la beatificación. El Papa puede obviar
estos requisitos. El martirio no requiere un milagro. La canonización
compromete la infalibilidad pontificia. Mediante la canonización se
concede el culto público en la iglesia universal. Se asigna un día de
fiesta y se le pueden dedicar al santo iglesias y santuarios.
Para iniciar el proceso de beatificación, el derecho exige que haya
transcurrido un plazo de cinco años desde la muerte del fiel.
Anteriormente el plazo superaba los cincuenta años.
En octubre de 2003 Juan Pablo II proclamó beata a la misionera
albanesa Teresa de Calcuta sólo seis años después de su muerte en lo
que se consideró el proceso de beatificación más rápido en la historia
de la Iglesia moderna. En esa ocasión, y de forma excepcional, Juan
Pablo II promulgó en una sola sesión los decretos por los que se
reconocían sus virtudes heroicas y el milagro.
No obstante ha habido otros procesos de canonización más rápidos en
la historia de la Iglesia, como el que elevó a la gloria de los altares a San
Francisco de Asís en 1228, dos años después de su muerte. Era papa
Gregorio IX.
En 2005, tras el fallecimiento del Papa Juan Pablo II el 2 de abril, se pidió
la canonización del pontífice e incluso se habló de la canonización por
aclamación popular. Esta fórmula, prohibida en la Iglesia desde el siglo
XV, la aplicaba el pueblo de forma espontánea a una persona que moría
mártir o con fama de santidad y antes de que fuera competencia de
obispos y papa. El pontífice tenía que ratificarlo y el culto comenzaba
espontáneamente, sin que se iniciara un proceso.
Al Papa Juan XXIII que ocupó la silla de Pedro entre 1958 y 1963
quisieron hacerle santo por aclamación, dos años después de su
muerte, durante el Concilio Vaticano II, que él convocó.